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Manuel Jamardo dejó testimonio de su vida en un libro autobiográfico.

A un año de su fallecimiento, su esposa e hijos cumplieron con un anhelo que lo desveló en sus últimos momentos, dejar su testimonio de vida impreso en un libro autobiográfico.

Crónicas de la Emigración


Manuel Jamardo dejó testimonio de su vida en un libro autobiográfico

Mariana Ruiz, Buenos Aires | 13 de Julio de 2009


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La familia Jamardo: esposa, hijos y nietos de Manuel Jamardo.

 

A un año de su fallecimiento, su esposa e hijos cumplieron con un anhelo que lo desveló en sus últimos momentos, dejar su testimonio de vida impreso en un libro autobiográfico. La obra, señaló su propio autor, Manuel Jamardo Casal, nunca tuvo el afán de convertirse en un texto literario sino que quiere ser un testimonio que esté en las manos, en el pensamiento y en el corazón de cada persona con la que compartió pequeñas y grandes alegrías, tristezas, afanes, soledades, éxitos y fracasos.
Sus páginas son también testimonio de una vida de trabajo y esfuerzo, una vida que se hizo a sí misma y que quiso compartir, con la valentía y franqueza que siempre lo caracterizó, con sus seres queridos.
Elegir el título no le resultó difícil, “quiero contar la historia de un emigrante”, dijo, y en eso fue terminante, no quería un título ostentoso.
Su padre, Elisardo Jamardo Constenla, nació en la parroquia de Setecoros, ayuntamiento de Valga, era cantero. Era “un hombre trabajador, correcto y hogareño”, recordó. Sus ideas de izquierda le obligaron a exiliarse en Argentina, durante el golpe de estado de Franco, cuando él tenía 11 años. Cuando el golpe triunfó, su padre ya no pudo regresar a Galicia.
Su madre, Balbina Casal Campos, natural del ayuntamiento de Caldas de Reis, fue una madre y ama de casa dedicada, “dueña de un carácter magnífico”, cuenta Manuel.
Él y sus cuatro hermanos, María Esther, Elisardo, José y Benedicto, vivían junto a sus padres en una casa típica de aldea, de dos plantas, construida en piedra y con techo de tejas. Con apenas 12 años, ya manejaba el arado, un trabajo pesado con el que podía lidiar dada su contextura física. Sin embargo, vivió su infancia y su trabajo con alegría. Cuenta en su libro que, a pesar de su corta edad, ya empezaba a codearse con los hombres “en lo que a fuerza se refiere”. “Recuerdo –dice– que siempre andaba canturreando mientras trabajábamos”.
A lo largo de sus páginas, se van desgranado anécdotas, recuerdos y reflexiones, en un diálogo íntimo que entabla, más allá de las barreras físicas y del tiempo, con sus seres más queridos. Muchas de las cosas que cuenta allí, sus hijos Manuel y Mónica, no las habían escuchado. “Era un hombre de trabajo, pero hablaba poco”, dicen. A pesar de que tuvo contacto con personas, desde las  más sencillas hasta las más encumbradas, nunca hacía alarde de sus logros, por el contrario cultivaba un perfil bajo y siempre, a pesar de su éxito, fue humilde.
Entre sus recuerdos, Manuel relata con emoción cómo fue el reencuentro con su familia en Argentina. En septiembre de 1947, él y sus hermanos Elisardo y José  zarparon del puerto de Vigo rumbo a Cádiz y de allí a la Argentina, donde les aguardaban sus padres y hermanos. Nueve años antes, su madre, su hermana María Esther y su hermano mayor, Benedicto, habían viajado a Buenos Aires para reunirse con su padre, mientras que él, Elisardo y José se quedaron en Galicia al cuidado de sus abuelos maternos.
Nunca olvidaría la llegada a Buenos Aires. “Fue un momento maravilloso … miré a mi alrededor desesperado, con la sangre corriéndome por las venas como un torrente, el barco se acercaba más y más, ya se podían distinguir los rostros de las personas que por decenas de cientos aguardaban en el puerto”. “Los marineros tiraron las sogas para el amarre mientras yo trataba de ver por encima de un enjambre de manos que se agitaban ... El recibimiento fue una fiesta. Si nosotros estábamos contentos, nuestros padres lo estaban aún más. Todo lo que fui viendo durante esos primeros días superaba mi imaginación”.
Se casó en primeras nupcias con María Danza con quien tuvo dos hijos: Manuel y Mónica, quienes le dieron cuatro nietos: Enrique, María Sol, Joaquín y Lorenzo. En 1988, luego de una larga enfermedad ella falleció, lo que le empujó a una depresión que sólo pudo superar dedicando toda su energía en el trabajo. En 1996, contrajo matrimonio, nuevamente, con Avelina Casal Guimarey, madre de un hijo, Manuel, con la que compartió su vida hasta el final.
Su primer negocio fue un almacén y bar que estaba en calle Monroe 399, en Lanús oeste.  Dueño de un don especial para los negocios y de un carácter que no conoció el miedo –y en especial el miedo al trabajo– creó la exitosa cadena de comidas rápidas ‘La Continental’, entre muchos otros negocios que también significaban para él “hacer nuevos amigos”. En relación con la colectividad, queda como testimonio silencioso su aporte y desvelo para el rescate económico y restauración del Teatro Avenida, el que tuvo la satisfacción de ver reinaugurado en el año 1994. “Me siento orgulloso de haber sido uno de los principales impulsores para la recuperación de esta obra arquitectónica que forma parte de la mayor riqueza cultural de España en el Continente americano”, dijo en aquel momento.
Su historia, como la de tantos gallegos, estuvo marcada por la experiencia de la emigración, sobre esto reflexionaba Manuel Jamardo: “Suelo decir que tengo dos patrias, cuando estoy aquí quiero estar allá y cuando estoy en Galicia añoro volver a la Argentina”. 

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