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«A mis 96 años necesito conducir todos los días» Alfredo.

HACE MÁS DE 70 AÑOS QUE SACÓ EL CARNÉ y sigue poniéndose al volante como el primer día. No necesita ni gafas, y eso que solo utiliza las luces cuando no le queda más remedio. Lo hace por pura protección a su coche, porque conducir «es su vida».

«A mis 96 años necesito conducir todos los días»

HACE MÁS DE 70 AÑOS QUE SACÓ EL CARNÉ y sigue poniéndose al volante como el primer día. No necesita ni gafas, y eso que solo utiliza las luces cuando no le queda más remedio. Lo hace por pura protección a su coche, porque conducir «es su vida»

https://i.avoz.es/sc/Zg2HBdT_kqNpRHIyQfJUHsIcmmI=/x/2019/02/13/00121550062803393578439/Foto/SYF9P20F1_135932.jpgMARCOS MÍGUEZ  - María Vidal  - 18/02/2019 11:58 h

Tiene 96, camino de los 97 años, y ninguna excusa o impedimento para no ponerse al volante a diario. Una parte pequeña responde a la necesidad, ya que tiene una finca en Santa Cruz (Oleiros) donde acude todos los días con su mujer, y otra muy grande, al placer que le produce la carretera. Solo alguien que lleva más de 70 años haciéndolo puede decir que «lo de hoy no es conducir ni es nada». «Antes te salían callos en las manos, hoy entre la dirección asistida y el embrague automático, no es como antes».

Alfredo sacó el carné de conducir a los 23 años, «porque no se podía antes». Con 18 años ingresó en el ejército como voluntario para evitar marcharse de A Coruña, su ciudad natal, y le entregaron un permiso militar. Pero él ya llevaba unos cuantos kilómetros encima. «Tendría 14 años cuando le cogí el coche a mi padre por primera vez. Me subí con los amigos del cole con tan mala suerte de que me fui contra una ventana», recuerda Alfredo. De este primer incidente se libró de las culpas, las llevó un hermano, ya que sus padres no se podían imaginar que a sus 14 años se atreviera a coger el coche. «Él dijo que no había sido, pero cargó igual con la culpa», apunta.

La segunda vez ya no le salió tan bien la jugada. La trastada infantil acabó en tres vueltas de campana y el coche hecho un cuadro. Quiso reparar los daños antes de que trascendiera, pero no manejó del todo bien la situación. «Llevé yo el coche al taller de reparación, le dije al mecánico que venía de parte de mi padre. Del taller llamaron a mi padre para decirle que el golpe no era una tontería, y que iba a salir en un ojo de la cara», explica. Su padre, que no tenía ni la más remota idea de lo que le había sucedido a su coche, -que imaginaba en su garaje- preguntó en el taller quién lo había dejado. «Alfredito, lo trajo Alfredito», le replicaron. Inmediatamente llamó a su hijo por la ventana para que regresara a casa, pero este en vez de coger esta dirección, corrió en la contraria. «Recuerdo que llamó a mi madre y le dijo: ‘Este, del golpe que llevó, le debió de afectar a la cabeza, porque escapa», dice Alfredo.

Puede presumir de un historial limpio, no solo conserva todos los puntos, sino que solo le han puesto una multa, o ni eso, viendo cómo fue la cosa. «Volvía de Valencia, de esto ya hace muchísimos años, con dos niños en el coche, que me venían diciendo que tenían mucha sed. A la altura de Cacabelos, paré en la carretera, fui a una leira y cogí un racimo de uvas. En ese momento, me viene la Guardia Civil y me dice: ‘Perdone pero le tenemos que sancionar’. «Pero, hombre, por dos racimos de uva me va a multar», les respondió Alfredo. «No, por aparcar en la carretera pudiéndolo hacer fuera de ella», le dijeron. «Es la única multa que me han puesto, pero me pareció muy injusta».

MUCHA PACIENCIA

Lleva 73 años conduciendo, y aunque ahora le exigen renovar el permiso anualmente, no se imagina que un día no se lo den. «Dejaré de hacerlo el día que no pueda», confiesa. De momento, queda lejos ese día. No sé si será cosa del café con leche y la naranja, cuando la hay, que desayuna, que cualquiera diría que los años corren por él. Le gusta conducir de noche, aunque por circunstancias lo hace de día, pero no tendría problema porque no necesita gafas ni cuando se baja de su Mercedes, al que cuida como a un hijo. «Siempre me gustaron los coches buenos, y es verdad que cuando pruebas un Mercedes ya no te vale otro», explica Alfredo. Fue a raíz de un susto que tuvo en la carretera volviendo de A Capela con su R-11, cuando se convenció de la importancia de ir seguro. «El coche me hizo un trombo, y por mucho que miré y remiré no había nada en la carretera, había sido cosa del coche. Pensé: ‘El dinero no me vale para más que para eso’, y fue cuando lo compré», explica.

Dice que es un conductor paciente, «cosa que mi mujer no», bromea. No le abruman ni los pitidos, ni los atascos. Se nota que le gusta. «Es mi vida», reconoce. Y se nota. Sale del garaje sin luces. «Lo protejo mucho, si veo, para qué las voy a poner. Así no sufre la batería».

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