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Albo, la conservera que vivió en primera persona las visitas de Verne a Vigo.

Fundada en 1869, esta compañía, con sede central en Vigo, cumple 150 años de historia muy ligada a la ciudad olívica.

 

Fundada en 1869, esta compañía, con sede central en Vigo, cumple 150 años de historia muy ligada a la ciudad olívica

23.05.2019 | 14:00

En 1869 Carlos Albo Kay empezó su gran aventura empresarial abriendo una pequeña fábrica de salazón de anchoa en salmuera en Santoña, uno de los puertos pesqueros más importantes del Cantábrico. Un año más tarde, el capitán Nemo realizaba su incursión literaria en la Ría de Vigo a bordo del Nautilus en busca del tesoro de Rande. Este viaje, plasmado por el escritor Julio Verne en "Veinte mil leguas de viaje submarino", fue seguido por el autor de la novela en dos ocasiones, en las dos visitas que realizó a Vigo con su yate Saint Michel III en 1878 y 1884. Hoy, 150 años después la conservera Albo, con sede principal en Vigo, celebra su siglo y medio de vida, con una historia muy vinculada a la ciudad olívica.

Los inicios de la compañía Albo en Santoña se enmarcan en un contexto de transformación de la villa cántabra, pasando de ser una plaza militar y comercial a centrar su actividad principal en la pesca y la fabricación de escabeches. Tras un tiempo de experiencias a pequeña escala, el gran cambio de la empresa se produce en 1887, cuando Carlos Albo funda con el abogado santoñés Manuel Arredondo la empresa Albo y Arredondo, que en poco tiempo destaca por sus envíos al mercado madrileño. La comunicación ferroviaria con la capital estatal, superior a la de sus competidores gallegos, y la proximidad de una planta de litografiado de envases propiciaron la conquista de Madrid, donde los precios de la marca eran imbatibles. En esos años Vigo vive un auge de la industria conservera, impulsado por la liberación de los aranceles para importar la hojalata que encarecía el producto, por la producción de un aceite de mayor calidad y por la apertura del ferrocarril en 1881, que permite el acceso a mercados con mucha demanda.
El crecimiento del negocio hizo que Albo y Arredondo instalase una segunda fábrica en 1895 en la localidad asturiana de Candás. Hacia 1901 esta factoría ya contaba con cuarenta trabajadores y elaboraba un millón y medio de latas de sardinas y anchoas que exportaba a países como Egipto o Italia y al continente americano. La expansión de la empresa le permitió abrir nuevas plantas de producción en Asturias, en Pravia (1898) y San Juan de la Arena (1900).
En 1902 la sociedad se disuelve y Carlos Albo arranca su carrera como industrial en solitario, acompañado de sus dos hijos mayores, José y Alfonso, y de Agustín García de la Medina. Cuenta con dos fábricas en Asturias y abre una nueva en Santoña. Con las miras puestas en el mercado exterior y para hacerse competitivo en la exportación de sardina, Albo decide establecerse en Galicia, que contaba con técnicas de pesca más modernizadas, y en 1906 abre una sede en A Coruña.

Traslado a Vigo

Tras la muerte de Carlos Albo, la compañía atraviesa un periodo de consolidación y se ve beneficiada por la Primera Guerra Mundial, que le abre la oportunidad para el suministro de ambos bandos y le supone un crecimiento de las exportaciones hasta un 75% en el segundo año de la contienda. Para afrontar esta demanda, la empresa abre dos nuevas plantas en 1917, en Vigo y Bermeo. Ambos puntos productivos tienen carácter de permanentes en los planes de la compañía, por eso realiza en ellos importantes inversiones. En ese mismo periodo, Albo se instala en otros puertos del litoral cantábrico, pero no se consolida en todos ellos. Es el caso de Funterrabía (1911- 1917), Lastres (1916-1929) o Cudillero (1918-1926). La empresa también se asienta en la localidad asturiana de Ribadesella y el puerto gallego de Celeiro.
En el momento de la transformación en sociedad anónima, Hijos de C. Albo contaba con siete plantas activas entre Galicia, Asturias y Cantabria, siendo las más destacadas las de Candás y Vigo. En ésta última el principal producto era la sardina, pero también se producía bonito, mejillón y berberecho. En 1916 la producción diaria era de 100.000 latas, cifra que se triplicó hasta alcanzar las 350.000 en los años 30, época en que la plantilla oscilaba entre los 1.200 y 1.600 trabajadores, siendo un 75% mujeres.
Esta gran producción le permitió abastecer tanto el mercado nacional como el internacional. En España, su amplia red comercial le llevaba a situar sus productos con facilidad en más de dos mil pequeños clientes en ciudades como Madrid, Barcelona, Valencia, Bilbao, Cartagena, Alicante y localidades de Canarias. En el exterior sus ventas se centraron en tres grandes áreas: Latinoamérica, especialmente en Buenos Aires y La Habana, norte de África, desde El Cairo
hasta Tánger, y Europa con Bélgica, Italia, Grecia y Suiza. También áreas como Nueva York o Pittsburg recibían algunas cantidades de anchoas.
A principios de los años treinta, la empresa realizó una de sus inversiones más importantes, creando una gran fábrica de 6.300 m2 en pleno puerto de Vigo, según un proyecto del arquitecto Jenaro de la Fuente inspirado en un pazo gallego. En ella se introdujeron modernos sistemas de producción de la época, llegados de Estados Unidos, Inglaterra y Alemania. Una vez terminado el complejo, en 1934, la compañía traslada su sede central a Vigo, cerrándose así el primer periodo cántabro.
El auge de la industria conservera en Vigo, ciudad que se convierte en principal productora y exportadora de conservas en 1905, propicia una auténtica revolución industrial. El sector arrastra la creación de astilleros, empresas consignatarias e industrias auxiliares (litografías, fábricas de envases, etc). Se requiere mano de obra y la ciudad recibe miles de inmigrantes del interior de Galicia que abandonan sus trabajos de autónomos en el campo o el mar para emplearse en las fábricas. La clase obrera, cada vez más numerosa, comienza a organizarse. Por su parte, los empresarios del sector ya plenamente consolidado crean la Unión de Fabricantes de Conservas, de la que Francisco Albo Abascal forma parte de la directiva.
La escasez de sardina entre 1909 y 1912 provoca el cierre de seis de las 46 fábricas de conserva que existían en Vigo y obliga a la industria a desplazarse a caladeros más lejanos. Una flota de vapores de altura sustituye entonces a pequeñas embarcaciones costeras de vela.

La Guerra Civil y postguerra

Cuando estalló la Guerra Civil española, la fábrica de Alabo en Candás quedó enclavada en la zona republicana, pasando a estar gestionada por organismos de carácter obrero. Sin embargo, en las plantas gallegas de Vigo y Celeiro la producción se multiplica para atender la Intendencia Militar y los mercados bajo el control del bando sublevado.
En el periodo de postguerra, durante la Segunda Guerra Mundial y tras la finalización de ésta la empresa, gracias a su gran número de plantas y a una estructura de ventas equilibrada, consiguió suavizar el impacto de estos hechos históricos. Hacia finales de los años cuarenta la exportación suponía la mitad de las ventas. En 1947 la producción anual era de 20 millones de latas.

La concentración de fábricas

Hasta los años sesenta, Hijos de Carlos Albo presentó una estrategia de producción basada en varias ubicaciones para sus plantas. De esta forma tenía acceso a materias primas en diversos puntos, lo que no tensionaba los precios, y dado que gran parte del proceso era hecho a mano, el acceso a economías de escala era más bien escaso.
Sin embargo, a finales de los años sesenta, la materia prima empezó a escasear y los costes de producción se dispararon, pero los precios finales seguían sometidos al control gubernamental. Además, las plantas sufrieron un proceso de mecanización, lo cual redujo la mano de obra y aumentó la producción. Así, desde 1970 hasta 1985, la empresa comenzó un proceso de reestructuración de la producción, con el cierre de algunas fábricas, hasta
quedarse con un total de seis.
Este proceso se extendió hasta la actualidad, y hoy en día la compañía cuenta con tres fábricas en las que diversifica su producción. La de Celeiro, especializada en túnidos, la de Tapia de Casariego, que mantiene en sus líneas platos elaborados, principalmente fabada, y finalmente Vigo, la central, donde la versatilidad de producción es una de sus señas de identidad.
En los que años que Albo lleva ubicada en Vigo, la ciudad protagonizó el mayor salto demográfico protagonizado por una urbe en Europa. De los 35.000 habitantes que la poblaban en 1904 se pasó a más de 65.000 en 1940, 137.873 en 1950 y los casi 300.000 a finales del siglo XX y en la actualidad. Puerto de origen y destino de los emigrantes de toda a España que partían a América y regresaban al viejo continente, la ciudad se convirtió en asentamiento de muchos de ellos. A medida que aumentaba la población, la urbe se fue expandiendo y fue testigo de los grandes avances del siglo XX. La llegada del tranvía en 1911 y su desaparición en 1968 dando paso a los autobuses urbanos, el apogeo de las grandes salas de cine a principios de hasta su cierre a finales del siglo pasado, los planes urbanísticos, las transformaciones económicas con la llegada de la industria de la automoción y la flota congeladora, el movimiento obrero, la reconversión naval, la implantación de la universidad, la apertura del aeropuerto de Peinador o la construcción del Puente de Rande han sido algunos de los hechos históricos de los que Albo ha sido testigo en la ciudad olívica.

El futuro en el puerto seco

La conservera gallega Albo quiere seguir creciendo y poder abastecer todos los mercados en los que opera. Por eso se instalará en una parcela (necesita 70.000 metros cuadrados) de la Plataforma Logística de Salvaterra-As Neves (Plisan), también conocida como puerto seco de Vigo.
La inversión prevista es de 25 millones de euros, y el proyecto, ya licitado, está a la espera de recibir presupuestos. La fecha de inicio de las obras sería el 2020.

El fundador

Carlos Albo Kay fue el fundador de Conservas Albo. Nació en 1848 en Burdeos. Su padre, Venancio Albo Bernales, originario de la localidad cántabra de Limpias, trabajó durante varios años en la banca londinense. Allí conoció a la que sería su esposa, la irlandesa Mary Kay Hudden. Ambos, debido a la quiebra de la institución en la que Venancio trabajaba, se mudaron a Burdeos, donde nació su hijo Carlos. A los pocos meses decidieron regresar a España, para establecerse en Santoña. Fue en esa villa cántabra donde Carlos pasó su infancia, hasta que en 1866 decidió viajar a Ceilán, antigua colonia del Imperio Británico, para perfeccionar su inglés. Pasó un par de años allí antes de regresar a Santoña, para ingresar en el Cuerpo de Telégrafos como Jefe de estación local. Su dominio de los idiomas le permitió acceder posteriormente al Colegio de Segunda Enseñanza de la Institución de Manzanedo, como profesor de inglés y francés.
Durante ese espacio de tiempo Carlos Albo se había casado, a la edad de 22 años con Juliana Abascal Lavín, natural de Santoña. Fruto del matrimonio nacieron cuatro hijos, de los cuales sobrevivieron tres: José (1876-1962), María (1874-1936) y Juliana (1879-1964).
Sin embargo, Juliana Abascal murió prematuramente en 1879. Dos años después Carlos Albo se casó con su cuñada Manuela. Junto a ella tuvo otros siete hijos, aunque solo seis alcanzaron la adolescencia: Alfonso (1882-1957), Carlos (1884-1959), Francisco (1888-1958), Manuela (1883-1953), Josefa (1890-1920) y Laura (1894-1965).
Con poco más de sesenta años, y una gran trayectoria empresarial a sus
espaldas, Carlos Albo Kay fallecería en marzo de 1909. Tras de sí dejaba una
empresa consolidada, con fábricas en Santoña, Candás, San Juan de la Arena
y Coruña, y una amplia familia. Viuda y nueve hijos debían repartirse la
empresa familiar.

Premios y reconocimientos

Ubicada en diferentes puestos del grupo de los primeros diez fabricantes españoles durante un siglo, Conservas Albo atesora varios premios y reconocimientos. En 1906 alcanzó el título de Proveedor de la Casa Real. En 1922 se distinguió como Proveedor oficial de la Santa Sede. Fue también Gran Premio en las Exposiciones Internacionales celebradas en Barcelona y Lieja en 1930.

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