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La increible historia del emigrante gallego que se convirtió en El Rey de una tribu de la Amazonía.

Siempre se ha dicho que para los gallegos no hay fronteras que se le resistan.

La Increíble Historia Del Emigrante Gallego Que Se Convirtió En El Rey De Una Tribu Del Amazonas

Alejandro Tovar - Sociedad16 febrero, 2017

Siempre se ha dicho que a los gallegos no hay frontera que se les resista. Que allá donde van, triunfan. Que son aventureros, emprendedores, grandes negociantes. Y que no les asusta echarse a la mar en busca de nuevas oportunidades. Pero una cosa es ser osado y valiente y otra es terminar convertido en el jefe de una tribu amazónica conocida por dedicarse a reducir la cabeza de cualquier extraño que ose penetrar en su territorio mediante un tenebroso y cruento ritual. Y no, este no es el guion de una película ni el argumento de una novela. Esta es la historia del emigrante Alfonso Graña, un gallego que partió a hacer las Américas a principios del siglo XX y que murió en Perú después de haber reinado sobre más de 5.000 jíbaros. Esta es la historia de Alfonso I, rey de la Amazonia.

Ildefonso Graña Cortizo nació en la pequeña parroquia orensana de Amiudal en 1878. Como tantos otros gallegos, decidió embarcarse hacia América en busca de fortuna, recalando en la ciudad peruana de Iquitos y dedicándose al negocio del caucho. Pero una crisis del sector le empujó a escribir la primera página de su novelesca vida. Quebradas sus expectativas de negocio, se adentró en la selva buscando nuevas oportunidades y productos con los que comerciar. Jamás imaginó que en su camino se toparía con la tribu de los Shuar, rebautizada en tiempos de la conquista como los Jíbaros, y temidos en todo el Amazonas por su pericia para reducir cabezas. El aventurero tuvo la certeza de que su vida había terminado, pero su aspecto esbelto, su tez clara, su pelo rojizo y sus gafas redondas prendaron a la hija del apu, el jefe de la tribu, que quiso convertirlo en su esposo. Un año después, el jefe moriría, convirtiéndose él en el nuevo monarca de las tribus jíbaras, aguaruna y huambisa de la zona del Alto Marañón.

Antes de marchar a la selva, Graña había entablado gran amistad con Cesáreo Mosquera, el fundador de la librería Amigos del País, que servía como centro de reunión para los expatriados españoles. No es difícil imaginar la cara de sorpresa con la que Mosquera recibió, habiéndolo dado por muerto hacía meses, a su viejo amigo Graña, cuando este decidió volver a la civilización cargado de carnes y pescados en salazón, especias y plantas medicinales con las que comerciar. Porque el rey de los Jíbaros siempre mantuvo contacto con la ciudad, a la que visitaba cada cierto tiempo para continuar con sus negocios.

Pero en sus visitas Graña no viajaba solo. El rey llegaba a la ciudad acompañado de una corte de Jíbaros a los que vestía de frac, a los que invitaba al cine y a comer helados y a los que acompañaba al hospital para curar sus heridas y tratar sus enfermedades. Graña era considerado un dios para ellos y un héroe para los iquiteños, pero su leyenda todavía reservaba unos cuantos capítulos.

Porque el poder de Graña alcanzó cotas tan increíbles que incluso la propia familia Rockefeller, propietaria de la empresa Standard Oil, tuvo que pedirle permiso para realizar prospecciones petrolíferas en sus dominios. Aunque tal vez el episodio más relevante de todo su reinado, recogido por cronistas y biógrafos como Maximino Fernández Sendín o Víctor de la Sera, fuera el sucedido en torno al rescate de un avión de las Fuerzas Aéreas peruanas en 1933. Estrellada la aeronave en territorio jíbaro, el rey Graña se encargó de socorrer a los supervivientes, embalsamar al piloto —Alfredo Rodríguez Ballón, quien hoy da nombre al aeropuerto de Arequipa— y transportar en barcazas hasta el pueblo a la tripulación y al féretro del fallecido para poder así darle sepultura, gesto que fue recibido como una proeza digna de un semidiós.

Graña, claro, era mortal y, como tal, desapareció. Lo hizo en plena selva, rodeado de sus súbditos, y dejando tras de sí una historia tan novelesca como real. Graña no era un loco; tan solo fue un gallego con suerte. Al parecer, algunos de sus descendientes continúan viviendo en Iquitos, aunque ningún jíbaro vestido de frac les acompaña por las calles. Tan solo les sigue la leyenda de su bisabuelo, aquel que, sin saber leer ni escribir, sin tener en el bolsillo nada más que sus manos dispuestas a trabajar, logró convertirse en un rey, Alfonso I de la Amazonia.

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