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La vida en el rural, no siempre quedan “cuatro gatos".

  Un viaje al interior del rural saca a la luz los problemas del abandono, los tabúes de los censos fantasma, las iniciativas para mejorar y un libro de recetas para tener las aldeas como una patena sin esfuerzo. Una lucha diaria contra el abandono.

La vida en el rural, no siempre quedan “cuatro gatos".

Maruja, de Filgueira ( O Irixo) con sus vacas y sus ovejas, "as únicas que hai na zona", y que sirven de desbroce natural al pueblo. (Fotos: Miguel Ángel)

photo_cameraMaruja, de Filgueira ( O Irixo) con sus vacas y sus ovejas, "as únicas que hai na zona", y que sirven de desbroce natural al pueblo. (Fotos: Miguel Ángel)

 

Brais Iglesias – LA REGION - 09/feb./20

 

Un viaje al interior del rural saca a la luz los problemas del abandono, los tabúes de los censos fantasma, las iniciativas para mejorar y un libro de recetas para tener las aldeas como una patena sin esfuerzo. Una lucha diaria contra el abandono.

Menos mal que un veciño ten vacas e ovellas e van pastando por todos os montes, así están desbrozados". Florentino Pérez –"o auténtico, o outro copioume, que eu son maior ca el"– es uno de los siete únicos vecinos que residen durante todo el año en Marnotes (O Irixo), una aldea que ve pasar cada día los Alvia por encima de sus casas, desde que a principios de milenio viviese in situ la construcción de la vía de alta velocidad a Santiago.

 "Non molesta case nada, fai máis ruído o tren cando pasa pola vía vella, aínda que está máis lonxe", confiesa. Lo que sí notaron es que la construcción del AVE a Santiago, pese a dejar dinero con las expropiaciones, dividió aún más las fincas, ya de por sí mermadas por el minifundismo. "Aquí agricultura non queda, chegou a haber 14 familias, hoxe hai sete veciños", se resigna, mientras observa parte de las tierras, al fondo, sin cuidar.

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“As cabras, o mellor desbroce"

 Si no es por la poca ganadería que queda en esta zona, fronteriza con la comarca pontevedresa del Deza, la situación sería peor. Otro vecino que merodea el entorno le da la razón: "É que non entendo por que non apostan por iso as administracións, que se deixen de historias, unhas cabras soltas arredor da aldea deixan todo limpiño, é a mellor forma de desbroce que hai". 

Pero, claro, faltan los animales. En esta comarca del noroeste ourensano, nadie se explica "por que ao pasar uns quilómetros está cheo de gando, hai moitas explotacións e a xente quedou. Alí hai despoboación, pero ves outra cousa, está todo traballado, dice Pérez. 

A este lado, en territorio ourensano, predomina el vaciado de los pueblos. Manolo Cerdeira y Aurelio Lorenzo dan fe de ello. Conocen al dedillo los pueblos de la zona, como Cusanca, O Barrocal, Fabeiros, Pedrouzo... "Aquí en 10 anos non queda ninguén, no Barrocal só hai unha persoa xa en cada casa, isto é unha pena", afirma Cerdeira. Recuerdan que hace unas décadas "non había ningúen que non tivera vacas". Ahora, es la excepción. 

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Como el caso de Maruja, de Filgueira, a la que saludan a su paso  por la carretera principal mientras traslada a sus ovejas y vacas. Es la única de la zona que mantiene el ganado. Da vida al pueblo de Filgueira, y su ganado ayuda a mantener las parcelas. "Imos seguir o día", señala esta mujer mientras mueve el ganado desde Filgueira hasta el prado de una aldea vecina. Los residentes, contentos, al tener quien limpie el monte, sin quebraderos de cabeza.

El problema de la tierra

El abandono es una de las grandes afrentas del rural, la distribución de las parcelas en múltiples propietarios es algo que preocupa a los vecinos. Lo confirma Florentino desde Marnotes: "Aquí fomos herdando, cada vez as terras estaban máis repartida, hai que repartir entre máis xente e onde antes podías ter maís ou menos algo decente, agora é imposible polo tamaño....", lamenta.

Lo que sucede en Marnotes es extensible a buena parte de la provincia. La Federación Galega de Empresas Inmobiliarias (Fegein) cifra en 3,63 millones el número de parcelas rústicas en la provincia, la provincias españolas que más tiene,  muy por delante de otras gallegas. A esto se suma que hay ya casi 400.000 propietarios de fincas rústicas (399.428). Una comparación rápida con el Catastro da buena cuenta del problema de incremento de propietarios, ya que en 2010 eran bastantes menos (387.703).

"El interior de la Galicia vaciada lo será más aún en esta década, ya que se prevé el mayor abandono absoluto de tierras agrícolas", apunta el presidente de Fegein, Benito Iglesias. Estas tasas de abandono del rural en beneficio de otras ciudades con más posibilidades, "sumado al desmantelamiento de servicios en el rural, nuestras características topográficas, la fragmentación de las propiedades y el minifundismo de las explotaciones, junto a la falta de empleo y expectativas en el rural, son el caldo de cultivo que presagia la desertización", añade Iglesias. 

La belleza y el feísmo

Acceder a la aldea de Marnotes cambia el gesto de la cara a cualquier ourensano. La entrada a este pueblo de O Irixo, a priori, uno cualquiera, deja boquiabiertos a los visitantes. Con más hórreos en pie que personas –a primera vista, los vecinos nos cuentan más de 10– , todo dispuestos unos al lado de otros; muchas casas rehabilitadas –"da xente que vén a fin de semana"–, algunas casas a ladrillo visto, "desas que nunca se acabaron, como se facía antes"  y, lo más importante, sin maleza en el interior del pueblo: "Os veciños poñemos cartos para pagarlle a quen limpe todo iso". 

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Un poco más lejos, también en el occidente ourensano, descubrimos otra de las caras de la provincia. En Gabián (Boborás) vivían hasta hace dos meses dos mujeres, pero ya no queda nadie. "Leváronas para O Carballiño", apunta la única persona que, durante el día, está en el pueblo, un obrero que realiza unos apaños en una vivienda. "Aquí só vos quedan gatos", dice. Literal. Cuatro felinos son los que dominan la aldea, paseando entre los escombros de casas derruídas y otras entreabiertas. 

Robos en el silencio

"Aquí entraron a roubar nalgunha casas e nin nas noticias saíu", subraya este albañil. En el pueblo, por no quedar, no queda en pie ni la señal del topónimo, tirada y aplastada, un buen símil del futuro de una aldea condenada al olvido.

Solo los gatos fueron testigos de los robos . Allí, son los reyes del mambo. La marquesina, otrora usada para coger el autobús, ha quedado para su uso a modo de cobertizo para dar de comer a los animales. Algún vecino de la zona les trae comida y la resguarda del agua en la parada del autobús, tapándolo con un contenedor que ya nadie usa más que para depositar los restos de la comida  de felinos. Frente a la lucha contra el feísmo que, por ejemplo, domina la aldea de Marnotes, en Gabiás un paseo entre sus calles da la sensación de que más de uno ha tirado la toalla. 

Cuando el censo engaña

Lo que aquí sucede refleja, también, otro de esos tabúes que nadie se atreve a comentar. Mientras las estadísticas son crueles con el rural ourensano, quizás podrían serlo todavía más sin esos censos "fantasma" que, por ejemplo, en la aldea de Gabiás sitúan a cinco mujeres como residentes habituales. ¿Dónde estaban? Quizás solo los gatos pudieran dar respuesta a esta pregunta.

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La soledad

A más de 30 kilómetros, Manolo Cerdeira y Aurelio Lorenzo dan su paseo diario por sus dominios. "Todo este radio nós coñecémolo ben", presumen. "Aí na aldea detrás deses piñeiros, en Orosa, chegamos a ser 34 veciños, hoxe cóntanse cos dedos dunha man", dice Cerdeira. Es pesimista. "Un día arderá todo, cando só quede maleza", añade. Le dan 10 años al pueblo, las viviendas son todas unipersonales.

"Novos non hai ninguén, o último que naceu na zona foi hai 26 anos. Os vellos? O que ten onde ir, arrea; e o que non ten que onde ir é o que queda", añade Lorenzo, que junto a su compañero de andaina, son dos de los que viven aún todo el año. "Ao ser xubilados, hai máis tempo", aseguran.

Lucha contra el abandono

Más cerca de la ciudad, los problemas, si no los mismos, también son parecidos. En Ribela (Coles), lo saben bien. El abandono acecha y ayer mismo, al alba, sus vecinos, acompañados de los voluntarios de Amigas das Árbores daban el pistoletazo de salida a un proyecto histórico, la creación de una fraga en el Monte da Eirexa, otra de esas iniciativas que merecen la pena. Desde lo alto, se ve una panorámica inédita, con el río Miño en primer plano y la ciudad al fondo. "O obxectivo é crear un mirador e ir facendo unha fraga pouco a pouco".

El primer paso está dado. Un grupo plantó árboles como pradairos, loureiros, avellanos... mientras otra parte de la expedición trabajaba en una de las zonas masacradas por los incendios, poniendo barreras antierosión con material que da el propio monte. Un nuevo proyecto ha visto la luz. Porque en el rural, pese a todo, siempre hay de dónde tirar.

Couso Galán
Adolfo Dominguez
Blusens
Astilleros Barreras

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