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Damaso I- El papa gallego

Dámaso I, el papa gallego que derrotó a Prisciliano

Este Pontífice de la Gallaecia del siglo IV compiló la Biblia que hoy conocemos, incorporó la expresión «Aleluya», unificó la Iglesia y persiguió toda disidencia que se econtró por delante

Gran parte de la majestad que acompaña la figura de un papa es obra de un gallego. También la existencia de la Biblia que hoy conocemos. E incluso que sea popular la expresión hebrea aleluya. Todo ello se lo debemos a un señor nacido en Gallaecia en el 304, hijo de Laurencia y de un sacerdote llamado Antonio. Y que ha quedado para la historia con su nombre papal: Dámaso I. En las nieblas históricas del siglo IV, hay controversia con el origen del único papa gallego. Todos coinciden en que procedía de Gallaecia. Pero algunas fuentes lo hacen natural de Guarda, en el norte del actual Portugal. Y otras, del entorno de Lugo, donde su padre ejercía el sacerdocio, en una época en que el celibato no era obligatorio. Lo cierto es que emigró muy joven a Roma. Pronto comenzó a escalar en la jerarquía de la Iglesia, apoyándose en su vasta cultura, que lo llevó a ser secretario del papa san Liberio. Era, también, un hombre ambicioso, a decir de los chismes que circulaban. Su adversario, el patricio Praetextatus, se mofaba de san Dámaso atribuyéndole la frase: «Háganme obispo de Roma y me haré cristiano».
 

Las luchas por ser papa

A la muerte de Liberio, en el 366, Dámaso es elegido papa. Pero, simultáneamente, es designado otro sumo pontífice, llamado Ursino. La lucha entre ambos termina en derramamiento de sangre. En una refriega en una basílica romana llegan a morir 137 seguidores de uno y otro papa. Al fin, interviene el emperador Valentiniano, desterrando a Ursino a la Galia y confirmando a Dámaso como sumo pontífice. Sus enemigos continuarán conspirando e incluso lo acusarán de adulterio -los papas contraían matrimonio- ante la Corte Imperial. El emperador siguiente, Graciano, resolverá las disputas con nuevos destierros. Tras sortear estos conflictos, Dámaso tiene las ideas muy claras. Quiere dar unidad y grandeza a la Iglesia. Y entregará sus dieciocho años de pontificado a conseguirlo.

Para ello, su primera misión será unificar la doctrina y perseguir toda disidencia. Dámaso combate el arrianismo, muy extendido pese a su reciente condena, en el 325, en el Concilio de Nicea. Los seguidores de Arrio sostenían que Jesús era hijo de Dios, pero no Dios. Eran las enrevesadas «disputas cristológicas», muy populares en los primeros siglos del cristianismo. Durante el papado de Dámaso se persiguió y excomulgó a los arrianos, al igual que a los apolinaristas, luciferistas y macedonialistas. Pero su mayor batalla la dio contra otro gallego, Prisciliano.

Este obispo natural de Gallaecia comenzó a predicar una nueva forma de entender el cristianismo. Promovía el celibato, la pobreza, la participación de las mujeres y de los esclavos en la Iglesia y tenía un corpus litúrgico con notas esotéricas, ceremonias en bosques y ríos o la danza como protagonista en las oraciones. También denunciaba los excesos y lujos de una parte de la curia eclesiástica. Pero Dámaso no estaba dispuesto a tolerar ninguna disidencia.

En el 382, Prisciliano da un golpe de efecto y se presenta en Roma, para defender sus tesis. Dámaso I se niega a recibirlo. En Milán consigue, sin embargo, alguna simpatía del emperador Graciano, que le permite regresar triunfante a Hispania. Pero le durará poco la permisividad de Graciano, quien es asesinado por Magno Clemente Máximo, que se proclama emperador. Máximo se alía con la el papa Dámaso para reforzarse y carga contra Prisciliano. El obispo rebelde es convocado a Tréveris en 385. Allí es procesado bajo la acusación de brujería. Tras confesar mediante torturas, es decapitado junto a seis discípulos.

Buen gusto, tacto y olfato

Los restos de Prisciliano y sus discípulos fueron trasladados a Galicia. Varios autores, entre ellos Sánchez Albornoz y Unamuno, afirman que es el hereje quien está enterrado en la catedral de Santiago. Y que su tumba era venerada por su gran popularidad, que pervivió a su muerte. La leyenda del Apóstol sería así una forma de reconvertir en ortodoxo un culto que resultaba incómodo.

Pero el gallego Dámaso no solo perseguirá herejías. También quiso unificar los textos sagrados. Y su obra más ambiciosa fue la Vulgata, que encargó en el 382 al historiador Jerónimo de Estridón. Es prácticamente el libro que hoy conocemos. San Dámaso también incorporó a la liturgia voces tan populares como el hebreo aleluya. Dámaso I murió en Roma en el 384 como uno de los grandes papas de la historia. No está mal para el único pontífice gallego que, por cierto, es el patrón de los arqueólogos católicos, que lo festejan el 11 de diciembre.

Un encargo en la lengua del pueblo

Una de las grandes aportaciones del gallego Dámaso I fue la Vulgata. Se la encargó en el 382, dos años antes de su muerte, a Jerónimo de Estridón, historiador y erudito de la época (en el grabado). El futuro san Jerónimo compiló los textos antiguos y los unificó en una obra escrita en latín vulgar, para que la entendiese el pueblo llano. Esta Biblia, con su Viejo y Nuevo Testamento, es prácticamente la que hoy conocemos. Hasta la aparición de la Neovulgata, en 1979, se usó exactamente la que encargó Dámaso, el papa gallego.

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