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A la caza del “oro rojo”: la oleada de robos de cobre que inquieta a Ourense

En las últimas semanas de marzo de 2026 Ourense ha registrado un repunte de hurtos y sustracciones de cobre que preocupa a vecinos, ayuntamientos y fuerzas de seguridad. Cables quemados en cunetas, esculturas de bronce desvalijadas en espacios públicos y cortes en redes de telecomunicaciones han puesto sobre la mesa un fenómeno que muchos en la provincia empiezan a llamar, con amargura, el “oro rojo”.

Robos y hallazgos: el mapa de la sustracción

Los métodos son cada vez más reconocibles: grupos organizados actúan de noche, localizan tendidos de cableado o piezas metálicas en iglesias y cementerios, las seccionan con herramientas industriales, extraen el cobre y, en ocasiones, prenden fuego a la envoltura para facilitar la separación del metal. Uno de esos hallazgos fue un tramo de cable de cobre quemado localizado en un paraje rural de la provincia; el fuego y las marcas de corte delatan la precipitación del expolio y el riesgo añadido de incendios.

No es la primera vez que Ourense sufre robos de este tipo, pero los casos más recientes muestran una mayor ambición: no sólo se apuntan a infraestructuras aisladas —tendido eléctrico, cableado de telefonía— sino también a bienes de patrimonio que contienen metales valiosos, como figuras de bronce en parroquias y plazas. Varios párrocos y responsables municipales han denunciado la profanación de enseres religiosos y la sustracción de piezas que formaban parte del mobiliario histórico local.

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La eficacia del modus operandi obliga a intervenciones rápidas. Técnicos de compañías de servicios y operarios municipales han pasado a reparar averías y proteger instalaciones con premura, pero la factura económica es alta: mano de obra, reemplazo de material y la logística de restablecimiento del servicio se suman en muchos casos a daños colaterales que no cubre el seguro. A falta de confirmación oficial sobre cifras agregadas en la provincia, ayuntamientos de municipios afectados hablan de cientos de intervenciones en los últimos meses.

El mercado que alimenta el delito

Detrás de estos robos no hay solamente oportunismo local. El cobre se ha revalorizado en los mercados mundiales por un déficit de oferta y una demanda sostenida en sectores como la construcción y las telecomunicaciones. Además, su reciclabilidad y la facilidad para comercializarlo en fragmentos pequeños lo convierten en una mercancía difícil de rastrear una vez fundida y mezclada con otros materiales. Esa combinación de alta cotización y trazabilidad limitada actúa como imán para el delincuente.

En Galicia, donde el paisaje rural y las villas pequeñas concentran gran parte del patrimonio histórico y de la red eléctrica ubicada en superficie, la exposición es mayor. Mucha infraestructura es antigua, con cables y elementos metálicos accesibles desde la vía pública; a ello se suman transformaciones tecnológicas, como los despliegues de fibra y el reordenamiento de redes, que a veces dejan al descubierto tramos de cableado susceptibles de ser robados.

El problema tiene, además, una dimensión internacional. Países y empresas mineras multiplican proyectos para asegurar el suministro de cobre, pero el tiempo que requieren las inversiones y la transición energética mantienen la presión sobre el precio. Mientras tanto, el mercado secundario —chatarrerías, redes informales de compra-venta— sigue siendo el eslabón donde se blanquea buena parte del material sustraído, con controles que aún son mejorables.

Impacto local y respuestas a corto plazo

Las consecuencias para la vida cotidiana son palpables: cortes en el suministro eléctrico o de internet en zonas rurales, retrasos en obras públicas, y un pequeño pero persistente incremento del gasto municipal en seguridad y reparación. Para comercios y vecinos, perder líneas de telefonía o suministro durante días puede suponer pérdidas económicas directas y un aumento de la sensación de inseguridad.

Ante la alarma, responsables municipales de diversos ayuntamientos ourensanos han reclamado actuaciones conjuntas: endurecimiento de los controles en puntos de compra de chatarra, coordinación entre la Guardia Civil y la Policía Local para intensificar patrullas nocturnas, y campañas informativas para que vecinos y trabajadores del sector alerten sobre movimientos sospechosos. Operadores de telecomunicaciones y empresas energéticas, por su parte, estudian medidas técnicas: blindajes de cableado, sensores de corte y protocolos de respuesta más ágiles.

La discusión política también aparece en los pasillos del Concello y la Diputación: hay quienes piden que se regulen con más rigor las transacciones de metales, obligando a identificaciones más estrictas y a registros que permitan cortar el circuito del mercado negro. Otros señalan que sin una coordinación real entre administraciones y el sector privado esas medidas serán insuficientes, porque la economía sumergida encuentra siempre resquicios para operar.

Qué puede pasar ahora: prevención y protección del patrimonio

Si no cambia el escenario global ni se refuerzan los controles locales, la previsión es que los episodios de sustracción sigan produciéndose, con especial incidencia en el entorno rural ourensano. La protección del patrimonio cultural emerge como una prioridad: no solo se pierde un pedazo de metal, sino memoria, identidad y, en algunos casos, objetos imposibles de recuperar.

La combinación de soluciones técnicas y normativas es la vía más realista: desde la instalación de sistemas de detección hasta una cadena de custodia para la venta de metales que desincentive el mercado ilícito. Mientras tanto, la ciudadanía y las instituciones han de coordinarse para que la ruina de una pequeña parroquia o el apagón de una aldea no sean el precio que pague Ourense por un mercado que beneficia a especuladores y expoliadores.

En una provincia donde las iglesias, los pazos y las plazas todavía conservan buena parte de la huella material de generaciones pasadas, la codicia por el cobre recuerda una paradoja amarga: un material imprescindible para el progreso puede convertirse, cuando se desboca su demanda, en motor de degradación. La respuesta, más que simbólica, pasa por proteger lo que es de todos antes de que el “oro rojo” se lleve también parte de la historia.

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Sofía Martínez

Periodista gallega especializada en información local y política. Licenciada en Periodismo por la USC. Redactora jefe de Galicia Universal.

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