José María Vicente recuerda con la misma naturalidad de siempre el día en que, al picar la tierra para levantar un galpón en Leiro (Rianxo), topó con algo que brillaba. Era el 7 de abril de 1976. Aquella pieza de 270 gramos, hoy identificada como un objeto ritual de la Edad de Bronce (entre el 1000 y el 800 a.C.), pasó de ser una “lata vella” para su hermana a convertirse en una pieza clave del patrimonio gallego. Medio siglo después, el hallazgo sigue teniendo peso político, social y sentimental en la comarca del Ulla.
Del azar a la vitrina: cómo transcurrieron las primeras horas del hallazgo
La secuencia de los hechos tiene el pulso de un relato popular. José María estaba excavando a orillas del Ulla cuando salió a la luz una pieza cubierta de toxos, limpia como si el tiempo la hubiera protegido. No era un casco militar, explican los expertos: su función era simbólica, vinculada a rituales y ofrendas. El descubrimiento no alteró de inmediato la jornada de trabajo; la pieza permaneció a simple vista hasta que un vecino, Sobradelo, pronunció la primera palabra que hizo temblar la aldea: «Eso é ouro».
La anécdota con su hermana —«Tira con esa lata vella! No leves máis escombro para a casa»— y la broma de cambio, «Cámbioche esta lata por un porco», han quedado en la memoria colectiva como muestra de la mezcla entre incredulidad y sentido del humor popular. A pesar de lo pintoresco, la pieza fue puesta a buen recaudo: estuvo tres días en la casa de José María y luego 18 días en el cuartel de la Guardia Civil, hasta que un sargento se quejó de que aquello no podía quedar allí ni una hora más por seguridad.
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Conoce más →«Esto non pode estar aquí nin unha hora máis; non podemos durmir. Estamos facendo garda día e noite na porta», llegó a decir el sargento.
Tras los trámites, José María firmó el acta de entrega con Manuel Chamoso, entonces director del Museo Arqueolóxico e Histórico do Castelo de San Antón (A Coruña). La pieza fue tasada inicialmente en un millón de pesetas, y la intervención de Chamoso logró duplicar la valoración para que al rianxeiro le correspondiera la mitad: al final recibió un millón de pesetas. El dinero, dice con ironía, tardó casi un año en gastarse.
Rememoración en el galpón: la comunidad recupera la memoria
Este jueves, en el mismo galpón donde apareció la pieza, la escena volvió a cobrar vida. Rodeado de vecinos, familiares y amigos, José María rememoró entre risas y silencios aquel descubrimiento que atrajo no sólo curiosos sino también a especialistas. Al acto asistieron el alcalde Julián Bustelo, el secretario de la asociación etnográfica Castelao, Xusto Ordóñez, el investigador Juan Carlos Collazo y la arqueóloga Bea Comendador, quienes subrayaron el valor científico y simbólico del hallazgo.
En un gesto cargado de simbolismo, en el lugar se soterró una cápsula del tiempo, como si la aldea quisiera devolver a la tierra un mensaje para futuros habitantes. En la foto del acto, Bustelo y Ordóñez posan junto al agujero ya tapado; detrás, el galpón permanece como testigo inmóvil de un pasado que aún late en la memoria local.
Conviene recordar que en 1976 el país atravesaba una etapa de transición política y social. La explicación ayuda a entender por qué un hallazgo arqueológico de tal calibre pudo mezclarse con chistes de vecindario y procedimientos administrativos improvisados: la protección del patrimonio, las leyes y la concienciación pública estaban todavía en proceso de consolidación.
Significado arqueológico y debates sobre el patrimonio
El casco de Leiro no es un mero objeto decorativo. Los estudios lo sitúan en la Edad de Bronce y lo interpretan como un elemento ritual, probablemente depositado intencionadamente en la vasija de barro que lo acompañaba. Este tipo de depósitos son habituales en Galicia y, más ampliamente, en la fachada atlántica de la península, donde las comunidades del segundo milenio a.C. practicaban ofrendas en contextos funerarios o de culto. La pieza de Leiro aporta datos sobre metalurgia, redes de intercambio y prácticas ceremoniales en la ría del Ulla.
Además, el episodio plantea cuestiones que siguen vivas: la relación entre descubridores particulares y museos, la tasación de bienes arqueológicos y la responsabilidad local en la custodia del patrimonio. que en aquellos años asumieron profesionales como Chamoso, pero que hoy exigen protocolos más rigurosos y una mayor participación municipal y comarcal para preservar hallazgos y gestionar su exposición pública.
Hoy el casco se exhibe en el Museo Arqueolóxico e Histórico do Castelo de San Antón, donde puede verse y estudiarse, pero su llegada a la vitrina pasó por aquel proceso humano, lleno de dudas y pequeñas tensiones, que convierte el objeto en puente entre la prehistoria y la vida cotidiana de Rianxo.
La conmemoración no fue sólo para el objeto: sirvió para reivindicar la memoria colectiva de un pueblo que, como tantos en la ría del Ulla, ha vivido de cultivar la tierra, del mar y del recuerdo. Los asistentes recordaron a quienes estuvieron entonces y contaron anécdotas que enriquecen la historia oficial con matices domésticos: chanzas familiares, la presencia del cura José Cambeiro aconsejando prudencia y el rumor que corrió «como la pólvora» por la aldea.
Mirando al futuro, la cápsula enterrada este jueves es también una apuesta simbólica. No sustituye a la investigación científica ni a la conservación, pero sí reafirma el empeño de una comunidad por mantener vivo su pasado. En un tiempo en que la protección del patrimonio choca con intereses turísticos y urbanísticos, el casco de Leiro recuerda que los objetos tienen una vida pública y otra íntima: la del que los encuentra, la del pueblo que los acoge y la de los técnicos que los interpretan.
Al cumplirse 50 años, la historia de aquel «lata vella» que pudo cambiar de manos por un cerdo ha pasado de anécdota a lección. Conservación, participación y memoria: esos son los retos que deja el hallazgo para las nuevas generaciones de Rianxo y para la Galicia que aún sigue desenterrando su propio pasado.
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