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El portaviones USS Gerald Ford se repliega a Creta tras un incendio y graves problemas logísticos que minan la moral de la tripulación

El portaaviones nuclear USS Gerald Ford puso rumbo a la base de Souda, en Creta, tras sufrir un incendio en su lavandería y una serie de fallos logísticos que han dejado a centenares de tripulantes sin camas ni servicio de lavandería y con múltiples inodoros fuera de servicio. El suceso, ocurrido el pasado 12 de marzo, precipita la retirada del navío después de casi diez meses consecutivos de despliegue en teatro de operaciones.

Incendio, escasez de camas y un problema persistente con los aseos

La alarma se desató por un incendio en la lavandería que, según el Pentágono, no fue provocado por un ataque enemigo sino por un siniestro accidental. El fuego se prolongó durante cerca de treinta horas y alcanzó compartimentos destinados al descanso de la tripulación, consumiendo uniformes y literas. Dos marineros resultaron heridos y decenas recibieron asistencia por inhalación de humo.

Tras el siniestro, más de 600 miembros de la dotación se han visto obligados a improvisar camastros en el suelo o sobre mesas, mientras que otros permanecen sin posibilidad de lavar la ropa, una incomodidad que se une a un problema previo: atascos reiterados en los aseos del buque. El cuadro describe una situación humana tensa en la que el cansancio y la frustración se han convertido en una parte cotidiana de la vida a bordo.

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La Marina ha respondido públicamente que los incidentes de obstrucción «son abordados rápidamente por personal capacitado de control de daños e ingeniería, con un tiempo de inactividad mínimo», pero en la práctica las colas ante los pocos servicios disponibles y la persistencia de fallos han alimentado el desánimo. Cuando la tecnología falla, la capacidad de un portaviones para proyectar poder no es lo único que queda en entredicho; la logística básica y la atención al personal se convierten en un termómetro de la eficacia operativa.

«Los incidentes de obstrucción son abordados rápidamente por personal capacitado de control de daños e ingeniería, con un tiempo de inactividad mínimo», señaló un portavoz de la Armada.

Un despliegue que ha puesto a prueba los límites de la Marina

El USS Gerald Ford desembarcó en este teatro tras una larga agonía de meses. Movilizado inicialmente en el Mediterráneo, el grupo de ataque ha encadenado misiones sucesivas —incluida una operación de presión sobre Venezuela y una misión de protección en torno a tensiones con Irán— hasta situarse en su décimo mes de despliegue. En la práctica, mantener un portaaviones más de seis meses en alta mar es una rareza en tiempos de paz por el desgaste físico y moral que genera en la tripulación.

Cabe recordar que la Marina registró un récord reciente con el USS Abraham Lincoln en 2020, que sumó 294 días desplegado, una cifra insólita desde la guerra de Vietnam. El caso del Gerald Ford podría acercarse o incluso superar esas marcas si las órdenes de permanecer en la zona se prolongaran hasta mayo, como apuntan las últimas instrucciones operativas.

El buque en cuestión es, además, uno de los proyectos navales más costosos de la era reciente: su coste se sitúa en torno a los 13.000 millones de dólares, una cifra que añade presión simbólica a la necesidad de mantenerlo operativo y sin episodios que dañen su imagen como punta de lanza de la flota estadounidense.

Repercusiones estratégicas y el relevo previsto

La retirada hacia la base de Souda en Creta —la única instalación cercana con capacidad para acoger un portaviones de su tamaño y propulsión— no solo busca reparar daños y asistir a la tripulación, sino también preservar la integridad operativa del grupo aéreo embarcado. Fuentes oficiales anticipan que el portaviones George W. Bush podría relevar al Gerald Ford en la zona, algo habitual en la rotación de activos para mantener la presión estratégica sin agotar a las dotaciones.

En la práctica, este tipo de incidentes recalca una tensión de fondo: la estrategia de presencia prolongada que requiere Washington para disuadir o responder en múltiples frentes choca con los límites humanos y logísticos de naves diseñadas para operar en ciclos de despliegue más cortos. Para los aliados europeos, incluidos los países que alojan instalaciones de apoyo logístico como España, la situación plantea interrogantes sobre la sostenibilidad de un ritmo elevado de operaciones navales.

En Galicia, donde la tradición naval y la industria marítima —con astilleros como los de Navantia en la ría de Ferrol— siguen de cerca las evoluciones de la flota estadounidense, el episodio resuena también en términos de reputación tecnológica. No es la primera vez que un portaaviones de nueva generación enfrenta problemas tempranos; la diferencia aquí es la prolongación del despliegue y el impacto humano sobre miles de tripulantes.

A nivel político, la prolongación del servicio y las condiciones a bordo han alimentado ya críticas públicas sobre las decisiones que han llevado a este escenario. Algunos sectores responsabilizan a la dirección política de Washington por mantener activos estratégicos en tareas continuadas sin las rotaciones necesarias para preservar la moral y la salud del personal.

El traslado a Souda permitirá, en teoría, realizar reparaciones más profundas y aliviar la presión sobre la tripulación. Sin embargo, la cuestión de fondo persiste: cómo compatibilizar la necesidad de presencia proyectada en puntos calientes del planeta con el límite humano y logístico de unidades tan grandes y complejas. Para la Marina, la lección no será solo técnica sino también de gestión humana; y para aquellos que siguen a la flota desde Galicia y el resto de Europa, la espera será por ver si el relevo anunciado llega a tiempo y si la imagen de invulnerabilidad que proyectan estos mastodontes navales sobrevive a las pruebas cotidianas.

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Pablo Rivas

Periodista deportivo con amplia experiencia en la cobertura del fútbol y deporte gallego. Redactor de la sección de Deportes.

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