Cadáveres en Leningrado tras el sitio alemán. / Boris Kudoyarov / Archivo Novosti
«Todos los dictadores son paranoicos. Desarrollan un sexo sentido para detectar a sus potenciales adversarios», sentencia el historiador francés Jean Lopez, coautor del premiado ensayo de cerca de 1.300 páginas ‘Barbarroja 1941. La guerra absoluta’ (Ático de los Libros). La lista sería larga, pero él apunta a Hitler y Stalin, «que probaban continuamente la fidelidad de quienes les rodeaban». Y ahí un ejemplo con el líder soviético, «que desconfiaba de todo el mundo». «Puso a prueba la lealtad de uno de sus secretarios personales ordenando arrestar a su mujer. Luego puso su nombre en una lista de gente a ejecutar y se la dio a él para firmar. No le decepcionó… firmó la ejecución de su esposa. Y sí, la fusilaron. Hizo lo mismo con la mujer de Mólotov , que era judía. La enviaron al Gulag, estuvo 5 años, pero ella sobrevivió».
Lopez firma junto a su colega Lasha Otkhmezuri este libro, fruto de 15 años de investigación en fuentes occidentales, soviéticas y alemanas, muchas inéditas. En él imbrican «la perspectiva política con la militar» para ofrecer una «historia total» de la operación Barbarroja, con la que Hitler rompió el pacto de no agresión que ambas potencias firmaron en 1939. Fue la mayor ofensiva militar de la historia, que el Führer lanzó el 22 de junio de 1941 contra la Rusia soviética. Envió a tres millones de soldados que llegaron a las puertas de Moscú. Pero el Ejército alemán reculó derrotado por el Ejército rojo tras una «guerra brutal» que se alargó varios meses a pesar de que los nazis auguraban una ‘blitzkrieg’ (guerra relámpago).
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Buena parte del ensayo se basa en las informaciones que Stalin recibía de sus tropas y que él no quería oír y que alertaban de una inminente ofensiva alemana, asume el historiador. «Cree que provienen de provocadores que quieren enemistarlo con Hitler. Es un reflejo paraoide. No creyó que Alemania quisiera abrir otro frente cuando ya tenía el del oeste con el Reino Unido, porque no era lógico ni racional. A Stalin, que era frío y calculador como un jugador de ajedrez, se le escapaba que Hitler era un jugador de póquer dispuesto a asumir todos los riesgos. Stalin nunca comprendió cómo pensaba Hitler».
Mucho se ha dicho y escrito sobre que los alemanes sucumbieron al «general Invierno»: los soldados no iban equipados para el frío extremo de hasta -23°C y las carreteras embarradas dificultaban la llegada de la logística (combustible y suministros) y el avance de los blindados. «Hitler halló en eso una explicación cómoda y fácil al fracaso de la operación Barbarroja. Si consultas los últimos 100 años en la oficina meteorológica rusa, ese invierno del 41-42 fue duro, pero no excepcionalmente duro, como él decía. La Wehrmacht ya estaba hecha añicos antes de la llegada del frío -explica el historiador-. El Ejército alemán no era lo bastante grande ni estaba suficientemente motorizado: la mayoría de soldados iban a pie o a caballo, y subestimaron la capacidad de resistencia del Ejército ruso», que, apunta, no se limitó a defenderse sino que «contraatacó incesantemente».
Tropas alemanas fusilan a prisioneros en los territorios ocupados en su avance hacia el Este. / Archivo
Otro factor, más político, del fracaso alemán, apunta, «fue que no hicieron ningún esfuerzo por ganarse a la población rusa, como suprimir los koljoses, reabrir las iglesias o restaurar la libertad de comercio. Hitler tampoco supo aprovechar los primeros compases nacionalistas y de independencia de Ucrania. No los apoyó y pasaron a engrosar la resistencia soviética. Realmente, creo que no tuvo oportunidad de ganar la guerra».
Opina Lopez que fue «una guerra ideológica y racista que sirvió de motor de la violencia y el salvajismo» que llevaron en 1941 a «medio millón de judíos, hombres, mujeres y niños, masacrados en el inicio del Holocausto, y tres millones de prisioneros soviéticos muertos de hambre, maltratos y enfermedades». Hitler, añade, «deshumanizó a los judíos, a los eslavos… A estos les despreciaba y les consideraba infrahumanos, pero también pesaba su análisis frío y más racional, de que representaban bocas que alimentar, cuando su obsesión real era alimentar las bocas alemanas. Para ello necesitaban el cereal y el trigo que con la URSS los rusos dejaron de exportarles».
«Hitler y Himmler pensaban que lo difícil no era matarlos sino hallar gente que fuera capaz de hacerlo de aquella manera brutal, ejecutándolos masivamente, pero la encontraron: en las SS y con los batallones policiales de los Einsatzgruppen, que fusilaron a hombres, mujeres y niños -constata sobre las masacres en Ucrania, Bielorrusia o los estados bálticos-. Era un trabajo atroz, pero lo hicieron sin más. ¿Cómo? Es un gran misterio. La gran sorpresa de ese exterminio en masa es que hallaran gente dispuesta a llevarlo a cabo».
Dentro de la operación Barbarroja, en septiembre de 1941 la Wehrmacht inició el asedio de Leningrado, ejemplo de manual del uso del hambre como arma de guerra. «Hitler les dijo a sus soldados que no se trataba de conquistar militarmente la ciudad sino de sitiarla, porque representaba tres millones de bocas que alimentar y no pensaba hacerlo, sino dejarla morir de hambre. Era un cálculo racional. Ordenó disparar a la población que interara salir del sitio». La población, sin embargo, resistió un asedio de 872 días: morían hasta 4.000 personas al día, la mayoría civiles, por el frío y el hambre y sucumbiendo al canibalismo.
Los planes nazis sobre lo que haría si ganaba la guerra «eran muy vagos», señala Lopez. «Pero la documentación indica que pensaban reducir un 50% de la población rusa exterminándola por hambre o enviándola a Siberia. Al resto la querían viva para convertirla en esclava».
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## Operación Barbarroja: «Stalin nunca entendió que Hitler era un jugador de póquer dispuesto a asumir todos los riesgos»
## Los historiadores Jean Lopez y Lasha Otkhmezuri publican un magno ensayo sobre el fracasado intento del líder de la Alemania nazi de conquistar la Rusia soviética en 1941 en lo que se convirtió en una «guerra brutal»
## ‘Barbarroja 1941’
## «Los alemanes subestimaron la capacidad de resistencia del Ejército ruso»
## «Fue una guerra ideológica y racista que sirvió de motor de la violencia y el salvajismo»
## Leningrado: el hambre, arma de guerra
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Fuente original: Faro de Vigo | Publicado: 07/03/2026 11:32
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