La posibilidad de que el cielo gallego se tiña de color la noche del viernes 20 de marzo ha movilizado a aficionados y curiosos. La causa es una combinación de incremento de la actividad solar y la coincidencia con el equinoccio de primavera, factores que, sobre el papel, pueden favorecer la aparición de auroras boreales fuera de las latitudes polares. Pero las advertencias de las agencias especializadas y los astrónomos locales invitan a la prudencia: la previsión actual no apunta a una tormenta geomagnética lo bastante intensa como para garantizar espectáculo en Galicia.
La predicción y el índice geomagnético
El pronóstico que ha despertado la expectativa procede del Centro de Predicción del Clima Espacial de la NOAA, que ha colocado la jornada en una categoría de tormenta geomagnética considerada moderada, la denominada G2. En lenguaje técnico, ese nivel suele equipararse a un índice Kp alrededor de 6, suficiente para provocar perturbaciones en señales de radio y flujos eléctricos, pero no necesariamente para que las auroras se extiendan con facilidad hasta latitudes como las de Galicia.
Para que el fenómeno se vea con claridad desde nuestra comunidad sería necesario un pico de actividad sensiblemente superior. En términos prácticos, un índice Kp sostenido por encima de 6 o picos hacia Kp 7-8 aumentan mucho las posibilidades de que las cortinas verdes o rojizas crucen el cielo a latitudes medias. Sin embargo, la predicción de la NOAA indica que, aunque habrá un repunte de partículas solares, no es probable que alcance ese umbral durante la madrugada del viernes.
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Conoce más →En la práctica, los modelos que manejan las agencias espaciales y los observatorios locales advierten de dos limitaciones: la magnitud del estallido solar y la orientación del campo magnético interplanetario. Incluso una erupción solar poderosa puede no traducirse en auroras visibles si la dirección del campo magnético no favorece la interacción con la magnetosfera terrestre. Así lo resume uno de los astrónomos de referencia en Galicia.
«non hai ningunha previsión de auroras para o 20 de marzo»,
La frase procede de José Ángel Docobo, catedrático de Astronomía de la USC y coordinador científico del Observatorio Astronómico Ramón María Aller, cuyo diagnóstico coincide con el de las agencias: no es imposible, pero sí improbable. Según Docobo y otros especialistas consultados por este periódico, la respuesta más honesta ante la expectación es subrayar la baja probabilidad, aunque la naturaleza siempre deja margen para sorpresas puntuales.
El equinoccio de primavera y el efecto Russell–McPherron
No sería la primera vez que el equinoccio alimenta rumores. El llamado efecto Russell–McPherron explica por qué en fechas cercanas a los equinoccios la configuración geomagnética favorece que partículas solares penetren con mayor facilidad en la magnetosfera terrestre. Esa mayor disposición no crea auroras por sí misma, pero aumenta la probabilidad de que una erupción solar, si llega en el momento oportuno, provoque tormentas geomagnéticas más eficaces.
La coincidencia temporal —equinoccio y actividad solar al alza— funciona como un amplificador teórico de posibilidades. En Galicia, donde las noches claras de marzo son aún frías y la contaminación lumínica variable según las comarcas, esa confluencia suele bastar para que las noticias y las redes se llenen de alertas y deseos. Aun así, los especialistas recuerdan que la física del fenómeno exige dos ingredientes claros: la energía suficiente procedente del Sol y una orientación favorable del campo magnético interplanetario. Si falta uno de los dos, no habrá auroras observables.
En octubre de 2024 se registraron imágenes de auroras desde puntos como As Neves, una prueba de que Galicia puede verlas en circunstancias excepcionales. Pero esos episodios han sido esporádicos y vinculados a eventos solares de magnitud inusual o a configuraciones magnéticas particularmente ventajosas.
Dónde y cuándo mirar — y qué esperar
Si finalmente se dieran las condiciones, la noche del viernes sería el momento para mirar. La franja temporal más favorable suele extenderse desde la medianoche hasta las primeras horas del alba, cuando la oscuridad es mayor y la ionización atmosférica permite que la luz emitida por las interacciones solares sea visible. La recomendación de los observatorios locales es clara: desplazarse a zonas de baja contaminación lumínica, como áreas montañosas o tramos de costa alejados de núcleos urbanos, y comprobar la previsión en tiempo real de los servicios especializados.
Serra do Xistral, la sierra de O Courel o puntos concretos de las rías bajas pueden ofrecer condiciones de cielo más propicias que las grandes ciudades. No obstante, incluso desde esos enclaves, la intensidad de la aurora —si llega— determinará si se distingue como una tenue cortina verdosa o como un mosaico de colores intensos. Las auroras rojizas, que a menudo se asocian con emisiones de oxígeno a mayor altitud, pueden apreciarse en ocasiones de máxima actividad, pero son menos frecuentes que los tonos verdosos.
Más allá del rastreo amateur en redes sociales, los observadores serios siguen las actualizaciones del Centro de Predicción del Clima Espacial de la NOAA y de los observatorios astronómicos regionales. En Galicia, la comunidad científica y los clubes de astronomía suelen emitir boletines y alertas cuando las condiciones cambian. A falta de esos boletines o de una confirmación de picos geomagnéticos inusuales, la recomendación práctica es contemplar la posibilidad con ilusión contenida y no organizar desplazamientos largos con expectativas firmes.
La historia reciente demuestra que las auroras en Galicia no son una utopía: han visitado nuestras latitudes en contadas ocasiones. Pero son, por definición, eventos que dependen de variables ajenas al control humano. Por eso, la mejor actitud es la de quien prepara la cámara y la bufanda: atento al cielo, pendiente de las previsiones oficiales y dispuesto a disfrutar de un regalo si la naturaleza decide concederlo.
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