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El exjefe antiterrorismo de EEUU afirma que Israel convenció a Trump de atacar a Irán pese a la falta de pruebas

Joe Kent, exdirector del Centro Nacional Antiterrorista, rompió el silencio esta semana para asegurar que la decisión de la Casa Blanca de autorizar ataques aéreos contra objetivos iraníes se basó en la presión de un reducido grupo de asesores y en el influjo de aliados externos, sobre todo israelíes, y no en inteligencia concluyente sobre un proyecto nuclear iraní. Kent, que anunció su dimisión hace días, dijo además que a funcionarios con dudas no se les permitió exponer sus objeciones al presidente.

Revelaciones desde el corazón de la toma de decisiones

En una entrevista televisiva que ha desatado polémica, Joe Kent relató que existió una deliberada limitación del acceso a la información y del diálogo interno en los momentos previos a los ataques. «A una buena parte de los responsables clave de la toma de decisiones no se les permitió acudir y expresar su opinión al presidente», afirmó, y subrayó que, por ello, «no hubo un debate sólido» sobre la idoneidad y la urgencia de la acción militar. Kent añadió que, como responsable de analizar amenazas terroristas, su oficina no vio indicios fiables de que Irán estuviera desarrollando armamento nuclear inminente.

El exalto funcionario acusó a interlocutores externos —funcionarios israelíes y comunicadores estadounidenses— de haber contribuido a enrarecer la percepción de amenaza. Según Kent, representantes de Israel llegaron a prometer que actuarían primero, lo que al parecer precipitó la decisión de Washington y puso en riesgo intereses estadounidenes en la región. También citó comentarios de dos representantes electos de peso en Washington, Marco Rubio y Mike Johnson, que según él ayudaron a moldear la narrativa sobre la amenaza iraní.

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«No hubo un debate sólido», dijo Kent. «A una buena parte de los responsables clave… no se les permitió acudir y expresar su opinión al presidente.»

Preguntado por el presentador sobre quién bloqueó su acceso a la mesa presidencial, Kent se negó a dar nombres. Esa ausencia de identificación directa añade una capa más de opacidad a una crisis que ya de por sí cuestiona la manera en que se toman decisiones de vida o muerte a escala global.

Antecedentes y la vieja desconfianza sobre el programa nuclear iraní

La historia política y diplomática que rodea a Irán y su supuesto programa nuclear tiene muchas capas. Tras el acuerdo nuclear de 2015 y su posterior abandono por la administración Trump en 2018, las acusaciones repetidas sobre actividades clandestinas han servido de telón de fondo a episodios de alta tensión. Washington y Jerusalén comparten inquietudes estratégicas, pero también han discreto en el pasado sobre métodos y tiempos. La afirmación de Kent reaviva un debate conocido: hasta qué punto los aliados influyen en decisiones operativas que condicionan la estabilidad regional.

Desde Galicia, la noticia no es abstracta. Ferrol conserva una larga tradición naval y Vigo continúa como puerto clave para el comercio y la pesca; cualquier escalada bélica que altere el precio del combustible o la seguridad marítima repercute en la vida diaria de familias y empresas de la costa. Además, en comunidades con fuerte conexión transatlántica, como las que mantienen lazos con la diáspora gallega en Estados Unidos, la política exterior estadounidense siempre se mira con atención y cierta inquietud.

La credibilidad de los servicios de inteligencia también queda en entredicho. Si las voces que ahora renuncian y denuncian fueron sistemáticamente silenciadas, tal y como sostiene Kent, se abre una herida institucional: analizar amenazas requiere debate, contraste de fuentes y, sobre todo, transparencia frente al poder civil que autoriza el uso de la fuerza.

Repercusiones políticas y escenarios abiertos

Las declaraciones de Kent colocan a la Administración en un terreno pantanoso. Internamente, pueden alimentar críticas desde sectores que llevan tiempo reclamando mayor control parlamentario sobre decisiones militares. En el Capitolio ya se escuchan llamadas a investigaciones y, a falta de confirmación oficial sobre las afirmaciones concretas de Kent, varios legisladores podrían solicitar audiencias para aclarar quién formó parte de ese «pequeño círculo» y qué información concreta se compartió con el presidente.

En el plano internacional, la acusación de que un aliado logró arrastrar a Estados Unidos a una acción militar sin pruebas concluyentes podría tensar aún más la relación entre la Casa Blanca y otras capitales aliadas que defienden procesos más colegiados. Para Israel, la difusión de estas afirmaciones plantea un dilema: explicar su papel público y privado en la campaña de presión o dar por asumida la controversia y centrarse en gestionar las consecuencias inmediatas en el terreno.

El propio Ejército y las agencias de inteligencia afrontan un problema de credibilidad ante sus propios profesionales. Las dimisiones, como la de Kent, suelen ser un síntoma de fracturas internas que pueden traducirse en pérdida de talento, avisos de agentes retirados y una mayor reticencia a participar en procesos que perciben como politizados. En última instancia, esto disminuye la capacidad del país para anticipar y contrarrestar amenazas reales.

Para la opinión pública estadounidense, las revelaciones alimentan el debate sobre la concentración de poder en el entorno presidencial y el rol que juegan los ecos mediáticos y los lobbies externos en momentos de crisis. Queda por ver si el asunto prospera en investigaciones formales o si, como otras controversias recientes, se diluye entre tuits, comunicados y filtraciones controladas.

Desde la perspectiva gallega y española, la lección es clara: decisiones que se toman a miles de kilómetros pueden tener efectos materiales y políticos en nuestras costas. La democracia exige que la guerra —o la amenaza de ella— se bargotee con más luz y menos silencios. Si las palabras de Joe Kent se confirman, estaremos ante un episodio que obliga a revisar no solo relaciones bilaterales, sino los mecanismos de control que impiden que decisiones de tanto calado queden en manos de unos pocos.

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Pablo Rivas

Periodista deportivo con amplia experiencia en la cobertura del fútbol y deporte gallego. Redactor de la sección de Deportes.

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