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Xisela Franco pide a Vigo un homenaje para su padre: «Habría que hacerte una calle, papá, un grafiti o escultura»

La despedida laica de Fernando Franco reunió en la tarde del miércoles en el tanatorio de Emorvisa en Pereiró a cerca de 400 personas. Fue un acto cargado de emoción y de recuerdos compartidos, en el que su hija, Xisela Franco, lanzó en voz alta una propuesta que puso sobre la mesa la manera pública de mantener viva la memoria del periodista: dedicarle una calle en la plaza de la Constitución, bordear su nombre con un grafiti popero o erigir una escultura de bronce con un bolígrafo apuntando al cielo y un gin tonic en la otra mano.

Una despedida multitudinaria y con voz propia

La sala multiconfesional del tanatorio quedó pequeña. Gente en la antesala y en las escaleras, rostros conocidos de la vida pública viguesa y amigos íntimos formaron una comitiva que incluyó al alcalde, Abel Caballero, al concejal de Cultura, Gorka Gómez, al secretario xeral de Cultura, Anxo Lorenzo, y al presidente del Parlamento, Miguel Santalices. También estuvieron presentes el director del diario en el que pasó gran parte de su carrera, Rogelio Garrido, y el director general en Galicia de Prensa Ibérica, Juan Carlos Dasilva. La concurrencia puso de manifiesto el lugar que ocupaba Franco en el entramado cívico y cultural de la ciudad.

El acto arrancó con el «Ave María» interpretado por la mezzosoprano Nuria Lorenzo, acompañada al piano por Alejo Moedo. Música y silencios marcaron el preludio de intervenciones cargadas de cariño, alguna sonrisa para alumbrar lo inevitable y también el humor seco que era marca de la casa. Xisela pronunció un discurso de prosa cuidada que alternó el dolor íntimo con la imbricación pública del duelo: «Ya nada será igual, ni yo volveré a ser la misma», dijo en un momento que arrancó palpables muestras de afecto entre los asistentes.

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«Habría que hacerte una calle, papá, en la plaza de la Constitución; o un grafiti popero o una escultura de bronce con un bolígrafo apuntando al cielo en una mano y un gin tonic en la otra».

El homenaje no fue ajeno a la ironía y la ternura que caracterizaban al homenajeado. En los exteriores, su esposa, Lupe, reconoció mareada por la emoción los cuidados y el cariño compartido durante años. Xisela evocó a los nietos, a su hijo Iñaki, a la hermana María José, a sobrinos y yernos, y mencionó afectos más lejanos, desde la familia asentada en Nueva York hasta parientes en Astorga y Salamanca. Emergió así una imagen de familia extensa y de redes de amistad que parecen haber sido la médula de la vida pública de Franco.

Legado periodístico y palabras que resistirán

Muchos de los que tomaron la palabra recordaron a Franco como una «eminencia de la palabra» y un cronista de la ciudad que puso la crónica viguesa en primera fila. El párroco Alberto Cuevas lo definió como «un sprinter del vivir», fiel a la amistad y notario de causas perdidas; palabras que buscan resumir una manera de estar en el mundo: intensa, crítica y afectuosa. El tono de las intervenciones osciló entre la anécdota chispeante y el elogio mesurado del oficio, señalando su genio y la carga ética con que ejerció el periodismo.

Quienes siguen de cerca la vida cultural gallega saben que la figura de Franco se inscribe en una larga tradición de cronistas que hicieron de Vigo un observatorio imprescindible. No es la primera vez que la ciudad debate cómo plasmar en el espacio público la memoria de sus creadores: desde placas y calles a esculturas y murales, Vigo ha ido construyendo un mapa simbólico que actúa como espejo colectivo. La sugerencia de Xisela —una calle, un grafiti o una escultura— pone el acento en formas muy distintas de homenaje, que van desde lo institucional a lo popular y efímero.

Repercusiones y pasos a seguir

La propuesta de la hija tuvo una respuesta inmediata de aplausos y aprobaciones entre los asistentes, y abre ahora un camino que, a falta de confirmación oficial, deberá transitar por los cauces municipales. En la práctica, cualquier iniciativa para denominar una vía pública o encargar una obra de arte conmemorativa pasará por el Concello y por los trámites administrativos que rigen este tipo de reconocimientos. También pueden surgir iniciativas privadas o colectivas —una campaña ciudadana para un mural, por ejemplo— que complementen el gesto institucional.

Más allá del trámite, la discusión es sobre el modo de recordar. Una calle con su nombre en la plaza de la Constitución sería una señal estable y visible en el centro de la ciudad; un grafiti popero permitiría una memoria más inclusiva y cercana a nuevas generaciones; una escultura de bronce colocaría al cronista en la tradición clásica de los monumentos. Cada opción conlleva una estética y una política de la memoria diferente y plantea la cuestión de qué mensaje quiere dejar Vigo sobre sus cronistas y su propia historia reciente.

La despedida terminó con una petición íntima de Xisela: que su padre vuele «alto hacia la luz» y, si puede, le haga una «señal». Quizá esa señal empiece por una placa en la acera, por un bolígrafo levantado en bronce, o por un grafiti que los jóvenes reconozcan al pasar. Lo cierto es que la ciudad tiene ahora sobre la mesa una invitación a convertir el afecto privado en memoria pública, y en los próximos meses se verá si la propuesta fructifica en forma de calle, escultura o mural. Mientras tanto, quienes leyeron y escucharon a Franco —y a quienes lo conocieron— seguirán reclamando que su voz no se pierda; que su crónica continúe siendo faro para generaciones venideras.

La jornada dejó otra constatación evidente: la fuerza de la palabra para contener el dolor y, a la vez, para abrir debate sobre cómo construir homenajes que merezcan a quienes dedicaron la vida al oficio de contar la ciudad. En Vigo, esa conversación acaba de comenzar.

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Carmen Dorado

Periodista especializada en cultura y sociedad gallega. Colaboradora habitual en medios digitales del noroeste peninsular.

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