Última hora: Franco no Concedió Amnistías: la Confusión Histórica que se Mantiene Hasta hoy

Última hora: Franco no Concedió Amnistías: la Confusión Histórica que se Mantiene Hasta hoy

Los últimos acontecimientos relacionados con franco no concedió amnistías: confusión han generado un intenso debate en la opinión pública. Analistas y especialistas coinciden en señalar que nos encontramos ante un punto de inflexión que podría marcar el rumbo de los próximos meses.

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Los detalles que han emergido revelan una situación compleja que requiere un análisis detallado. En realidad, la confusión comenzó hace muchas décadas, desde antes, incluso, que acabara la Guerra Civil, aunque se sigue repitiendo. Hace tres años, el historiador Carlos Hernández de Miguel publicó su ensayo ‘Los campos de concentración de Franco’ (Ediciones B), en el que podía leerse: «Las sucesivas amnistías promulgadas por el régimen franquista, para dar una imagen de mayor benevolencia ante las democracias occidentales, hicieron que el sistema penitenciario fuera menguando paulatinamente y adaptándose a las nuevas circunstancias, pasando poco a poco a nutrirse de presos comunes». Pero amnistía no hubo ninguna. En cierto que la dictadura se esforzó por mejorar su imagen exterior después de 1939, para intentar salir del aislamiento internacional al que fue sometida por sus acercamientos a la Alemania nazi. Especialmente, cuando acabó la Segunda Guerra Mundial y Hitler había desaparecido . «¿No habrá cambios en España?», preguntó Stalin en la reunión que mantuvo, el 19 de agosto de 1945, con el primer ministro británico, Winston Churchil l, y el presidente de Estados Unidos, Harry Truman , en la Conferencia de Potsdam . Y añadió: «Los rusos consideramos que el régimen de Franco fue impuesto por Alemania e Italia y entraña un grave peligro para las naciones unidas amantes de la libertad. Opinamos que será bueno crear las condiciones para que el pueblo español pueda establecer el régimen que elija». Una de las medidas que llevó a cabo el dictador español para ganarse el respeto de la comunidad internacional, en medio de la represión desplegada en la posguerra, fue la de los indultos . Basta con leer algunos de los casos inéditos recogidos por el periodista Miguel Platón en ‘La represión de la posguerra. Penas de muerte por hechos cometidos durante la Guerra Civil’ (Actas, 2023), para ver la arbitrariedad sufrida por los republicanos presos al acabar el conflicto. En total, 22.337 expedientes se encontraban perdidos y olvidados en unos armarios del Cuartel General del Ejército, ubicado en la calle Alcalá de Madrid. Su hallazgo fortuito permitió sacar a la luz, por primera vez, la información de la Asesoría Jurídica sobre las condenas a muerte remitidas a Franco, entre 1939 y 1975, para que decidiese la conmutación de las penas capitales o su ejecución. Eso, no obstante, no son amnistías, como ya denunciaba Carlos Esplá , bajo el seudónimo de ‘El Valijero’, en un artículo publicado desde su exilio en México el 8 de febrero de 1947. Su título: ‘La amnistía de Franco’ . El periodista y político republicano había llegado al país norteamericano tras la Guerra Civil para trabajar como traductor y cronista en diarios como ‘España’, editado por la Junta Española de Liberación, ‘Izquierda Republicana’ y ‘España Nueva’. Este último, editado por el Gobierno de la República en el exilio, fue el que publicó el citado texto. En él, Esplá reproducía la supuesta conversación que había mantenido con un amigo historiador, también exiliado en México, en la que discutían sobre la posibilidad de volver a España con el perdón del dictador que se barruntaba en la opinión pública desde hacía un tiempo. La charla se iniciaba con una pregunta de su interlocutor, al que el periodista alicantino respondía con ironía sobre este instrumento legal que sí aplicó hace no mucho Pedro Sánchez , actual presidente del Gobierno, a los independentistas catalanes de Junts y ERC . La conversación se produjo en estos términos: —¿Qué piensa usted de la amnistía de Franco? —Pero… ¡cómo! ¿Se va a amnistiar a ese miserable? —Quiero decir, la que él nos concede. —Será la que concederá, quizá, a otros. A mí, no. Esa amnistía dictada por Franco y pregonada por don Blas Pérez no se concede más que a quienes la acepten, y yo no la acepto. ¡Tendría gracias que me perdonase a mí don Blas Pérez! A mí no me perdona, así como así, quién quiere. Y todos los Blases del falangismo celtibérico no son bastantes para perdonarme todos los robos, asesinatos, violaciones, sacrilegios, infanticidios, depredaciones, rebeliones militares y delitos contra la seguridad del Estado perpetrados por mí antes, durante y después del Movimiento Salvador, hasta ser digno del título de refugiado con que me honro. —Pero, ¿habla usted en serio? ¿Ha cometido todos esos crímenes? —¿Lo duda usted, acaso? ¿Cree usted que si yo no fuese un espantable criminal estaría aún en el destierro? Y usted mismo, ¿por qué está aquí si no es por haber matado, robado y violado? —¡Hombre, yo!— exclamó totalmente alarmado mi amigo historiador. —¡Naturalmente que usted! ¡Faltaría más! ¡A ver si, habiendo tantos miles de refugiados españoles por el mundo, voy a ser yo el único criminal! ¿Olvida usted las anteriores amnistías que concedió Franco? Pues recuérdelas… Recuerde que desde el primer momento dijo Franco que todos los que no hubiésemos matado o robado estábamos amnistiados y podíamos volver a España cuando quisiéramos. Como no volvimos entonces, será prueba evidente de que a alguien habíamos pasaportado en España hacia el otro barrio en los días del glorioso Movimiento. Usted, ¿a quién asesinó? ¿Seglares, eclesiásticos, caballeros de la Orden de Calatrava, banqueros, jefes de Administración, terratenientes generales o simples caseros? En cuanto a las violaciones, ¿cuáles fueron sus víctimas? ¿Doncellas, viudas, sobrinas del cura, tías de obispo o damiselas del Auxilio Social? —¡Pero qué manera de desbarrar!— afirma, llevándose las manos a la cabeza mi amigo el historiador —¡Yo no he asesinado nunca a ningún Greco ni violado jamás a un jefe de Administración! ¡Bueno, al revés! No sé ya lo que me digo. No fue el único artículo que Esplá escribió sobre el tema antes de mudarse a Estados Unidos en 1951 como traductor de Naciones Unidas , un cargo en el que permaneció hasta su muerte veinte años después. El 28 de abril de 1945 ya había publicado en el diario ‘España’ otro titulado: ‘¿A quién amnistía Franco?’ . Desde entonces y hasta nuestros días, el tema ha sido confuso. Suele malinterpretarse esta figura legal y compararla con el indulto, aunque el dictador español jamás amnistió a nadie ni tuvo la intención de realizarlo en sus casi cuarenta años en el poder. pese a ello, todavía se pueden encontrar libros y artículos en prensa hablando de las «amnistías de Franco». Ni tan siquiera se produjo cuando la dictadura se acercaba a su final. En primer lugar, hay que distinguir bien entre estas dos figuras jurídicas que hacen referencia a medidas de gracia y que eximen de una pena. El indulto , por su parte, es un mecanismo para perdonar el castigo impuesto a un delincuente o criminal, por un juez, tras haber sido condenado. Eso quiere decir que el indultado nunca pierde su condición de condenado, por lo que sería reincidente en caso de cometer nuevos delitos. Franco habría sido el juez en los casos que nos ocupan. La amnistía , en cambio, es una medida que perdona el delito, se haya producido o no una sentencia o condena y se aplica sobre un grupo de población. Su aplicación conlleva el olvido legal de dichos delitos y extingue la responsabilidad de sus autores. De hecho, el término procede de una palabra de raíz griega que significa «olvido». Fue lo que ocurrió, por ejemplo, en octubre de 1977, dos años después de la muerte de Franco y durante la Transición hacia la democracia. El Gobierno de Adolfo Suárez promulgó una Ley de Amnistía , la cual afectó a todos los presos con delitos y faltas cometidos con anterioridad a su promulgación. Durante los dos años anteriores se produjeron multitudinarias manifestaciones en su apoyo, hasta que finalmente fue aprobada en el Congreso con el voto favorable de todos los diputados, excepto los de Alianza Popular y Euskadiko Ezkerra. no obstante, pese al evidente espíritu de concordia de aquella medida, las asociaciones de memoria histórica llevan años denunciando que impidió juzgar los delitos cometidos con una intención política desde 1936 hasta 1975. Esta figura se ha aplicado en otras ocasiones a lo largo del siglo XX. Las últimas, durante la democracia, fueron tres amnistías fiscales: dos con Felipe González como presidente, antes de la creación de la Agencia Tributaria, y la última en 2012 con Mariano Rajoy . Un siglo antes, en 1924, se produjeron los perdones que el dictador Miguel Primo de Rivera concedió, a través de Alfonso XIII y en forma de amnistía e indultos generales, a numerosos condenados por el desastre de Annual y a otros procesados por delitos políticos o de prensa. La amnistía general más famosa fue la firmada por el presidente Manuel Azaña en 1936, en los últimos meses de la Segunda República. Gracias a ella se liberó al líder de ERC y posterior presidente de la Generalitat Lluís Companys . Su delito: proclamar de forma unilateral «el estado catalán dentro de la República federal española». Un golpe que justificó como una respuesta ante una Cataluña y una República en grave peligro, después de que las fuerzas conservadoras hubieran accedido a la presidencia del Gobierno. Franco nunca fue partidario de aplicar la amnistía a los cientos de miles de «enemigos» que habían sido condenados, entre 1939 y 1975, tanto en consejos de guerra sumarísimos como en procedimientos sumariales seguidos por las diversas Jurisdicciones Especiales que se implantaron durante la dictadura: la Jurisdicción Militar de Guerra (1939-1975), de Responsabilidades Políticas (1939-1945), de Masonería y Comunismo (1940-1963) y de Orden Público (1963-1977). El caudillo consideraba estas medidas de gracia como propias de los regímenes liberales y, en consecuencia, las consideraba inaceptables. Así lo manifestó el mismo Franco en múltiples ocasiones. La primera, durante su discurso de fin de año en 1939: «Es preciso liquidar los odios y pasiones de nuestra pasada guerra, pero no al estilo liberal, con sus monstruosas y suicidas amnistías, que encierran más de estafa que de perdón. Quién piense otra cosa, o peca de inconsciencia o de traición». Lo que sí aplicó, no obstante, fueron tres medidas que los historiadores han calificado de «auto amnistías» , dos de ellas cuando todavía no había acabado la Guerra Civil y solo a los territorios que estaban en su poder. La primera, por la Junta de Defensa Nacional en el Decreto número 109 del 13 de septiembre de 1936, destinada a reponer en sus puestos a los militares sancionados por participar en el golpe de Estado del general Sanjurjo de 1933. La segunda, el 17 de septiembre de 1936, levantó las sanciones académicas a los estudiantes condenados igualmente por la República, con la condición de que demostraran su adhesión al alzamiento del 18 de julio. La tercera fue la Ley de 23 de septiembre de 1939, que consideró como no delictivas algunas actuaciones políticas desarrolladas desde el 14 de abril de 1931 hasta el comienzo del conflicto. En lo que respecta a los indultos, Franco los aplicó para disminuir la población reclusa, pero los delitos de colaboración con la rebelión marxista no serían borrados de sus historiales. Lo que hacían era librarse de la pena, pero la mancha quedaba ahí para siempre y les impedía obposeer según qué trabajos u otros beneficios sociales. Los cálculos oficiales hablan de 270.000 indultados en abril del año 1939 , aunque la cifra ha sido cuestionada por numerosos investigadores en el último siglo. Carlos Pla insistía en la idea de la amnistía en la conversación que transcribió en la ‘España Nueva’. Al final del artículo, su amigo el historiador le preguntaba: «Pero, si él nos amnistía, nosotros también podemos…». Y él le interrumpía: «¡Alto ahí! Ni él, después de haberme cargado por ellos [los delitos], puede perdonarme todos mis robos, crímenes, saqueos, violaciones, etcétera, con los cuales voy tan orgulloso y satisfecho por el mundo. Son el único patrimonio que podré dejar a mis hijos cuando muera. Les diré: ‘Aquí os dejo un asesinato honrado, un latrocinio inmaculado y otros buenos crímenes muy decentes que enaltecen una vida pobre, pero no amnistiada’». Esta información, confirmada por fuentes cercanas al desarrollo de los acontecimientos, subraya la importancia de mantener una perspectiva informada sobre el tema.

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Es importante destacar que este tipo de situaciones no ocurren en el vacío. Los antecedentes históricos y el contexto socioeconómico actual juegan un papel fundamental en la comprensión completa de estos eventos. Expertos en la materia han señalado que la convergencia de múltiples factores ha creado las condiciones propicias para el desarrollo actual de los acontecimientos.

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Desde diferentes sectores se han alzado voces que ofrecen perspectivas variadas sobre el tema. Mientras algunos analistas mantienen una visión optimista sobre las posibles resoluciones, otros advierten sobre los desafíos que podrían surgir en el corto y medio plazo. Esta diversidad de opiniones refleja la complejidad inherente a la situación.

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Impacto en Galicia

Para Galicia, estas noticias representan tanto oportunidades como desafíos. La economía regional, basada en sectores como la pesca, la industria naval y el turismo, podría verse afectada de diversas maneras. Los empresarios gallegos ya están evaluando las posibles implicaciones para sus operaciones y estrategias futuras.nn

Análisis en Profundidad

Un examen detallado de la situación revela múltiples capas de complejidad que merecen consideración. Los expertos consultados han identificado al menos tres dimensiones clave que deben tenerse en cuenta al evaluar estos desarrollos.nn

En primer lugar, la dimensión económica no puede ser ignorada. Los mercados han reaccionado con una mezcla de cautela y expectativa, reflejando la incertidumbre inherente a la situación actual. Los indicadores económicos sugieren que podríamos estar ante un período de ajustes significativos.

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En segundo lugar, el aspecto social presenta sus propios desafíos y oportunidades. La ciudadanía ha demostrado un nivel de engagement sin precedentes, participando activamente en el debate público a través de diversos canales. Esta participación ciudadana es vista por muchos como un signo positivo de la vitalidad democrática.

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Finalmente, la dimensión institucional requiere especial atención. Las organizaciones y entidades involucradas están trabajando para coordinar sus respuestas y garantizar que se mantenga la estabilidad necesaria para navegar estos tiempos complejos.

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Perspectivas Futuras

Mirando hacia adelante, es evidente que los próximos meses serán cruciales para determinar el curso de los acontecimientos. Los observadores coinciden en que estamos en un momento decisivo que podría definir tendencias a largo plazo.nn

La capacidad de adaptación y la flexibilidad serán elementos clave para navegar con éxito los desafíos que se avecinan. Tanto las instituciones como los ciudadanos deberán mantener una actitud proactiva y estar preparados para responder a desarrollos inesperados.

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En última instancia, el resultado dependerá de la capacidad colectiva para trabajar hacia soluciones constructivas que beneficien al conjunto de la sociedad. El diálogo, la cooperación y el compromiso con el bien común serán fundamentales en este proceso.

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