A mi abuela
Isaac Pedrouzo publicó el 14 de marzo de 2026 en Ourense un artículo íntimo en el que rinde homenaje a su abuela y describe cómo la ausencia se instala en los huecos de la vida cotidiana. En unas líneas, el autor resume recuerdos, anécdotas y pequeños gestos que explican por qué escribe: para conservar la memoria y confrontar el dolor que aún no ha terminado de llegar. El texto, nacido de la experiencia personal, busca también compartir una reflexión sobre la pérdida y la persistencia de los vínculos familiares.
El relato parte de una constatación sencilla: el duelo no siempre estalla en el momento del adiós, sino que se instala después, en los silencios y en las conversaciones que ya no tendrán interlocutora. La voz del autor repasa episodios cotidianos que muestran a una mujer llena de matices, capaz de ser tierna, obstinada y algo pícara a la vez. Esa mezcla de rasgos, según describe, fue lo que sostuvo muchas de las tardes familiares y convirtió pequeñas rutinas en una forma de protección frente a las desgracias.
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Conoce más →En la última visita, cuenta, ella le regaló una mentira conveniente: le dijo que era el más guapo de la familia, como solía hacerlo con sus hijas y nietos. Aquellas exageraciones suaves funcionaban como bálsamo y se recibían sin escepticismo; no eran falsedades dañinas, sino maneras de calmar, de mantener la autoestima en un hogar que siempre necesitó consuelos. Para el autor, esa costumbre muestra la voluntad protectora de su abuela y explica muchas de las rutinas afectivas del clan.
Las tardes de domingo con cartas aparecen como un ritual que todavía perdura: jugar a hacer escaleras y tríos, tratar de engañar y, sobre todo, compartir el tiempo. El periodista admite que intentó hacer trampas y fue descubierto en seguida, porque no heredó la audacia que atribuía a su abuela. Esa anécdota sirve para subrayar la personalidad afable de la mujer y su capacidad para imponer reglas entre risas, en un entorno donde la complicidad familiar prevalecía sobre la competitividad.
Otra imagen recurrente en el texto es la del brebaje medicinal que preparaba para curar resfriados, una pócima que, según rememora, funcionaba pese a las molestias que provocaba. También rememora la adolescencia cuando, hambriento tras el instituto, robaba chorizos de la nevera y culpaba al abuelo; ella, más madre que abuela en ocasiones, le encubría con una mezcla de enfado y comprensión. Esas escenas cotidianas se convierten en el material afectivo con el que el autor reconstruye la figura de su pariente.
El artículo reúne además recuerdos que sitúan a su abuela en lugares concretos: fotografías que la muestran como piloto de rally en escenarios tradicionalmente masculinos, imágenes tomadas en Portonovo y Madrid y en el salón del piso sobre la farmacia Bayón. También evoca la vivienda de Outeiro Calvo que acabó en manos del banco, y pequeños detalles de su carácter, como el orgullo por su aspecto y la molestia cuando la llevaban en silla de ruedas sin sus labios pintados. Son recuerdos que mezclan resistencia y coquetería, presencia y pérdida.
Una de las escenas más tiernas que relata es aquella noche en la que el autor bebió de más siendo joven y ella se quedó a su lado hasta que pudo dormirse, cuidando de él como quien vela a un hijo. Al despertarse, la encontró allí aún, un gesto que resume la dedicación cotidiana que muchas veces pasa inadvertida hasta que falta. Es esa atención sencilla y persistente la que el autor reivindica como ejemplo de amor familiar no grandilocuente, sino hecho de actos reiterados.
El artículo termina con una reflexión sobre la imposibilidad de aceptar la ausencia absoluta y con un deseo lleno de humor y nostalgia: si hay más allá, que no les falte una copa de vino en la cena. Con esa mezcla de ironía y ternura, el autor transforma el duelo en narración: no tanto para encerrar la pena como para compartir la vida de una mujer que, a través de sus pequeñas mentiras, sus cuidados y sus historias, dejó huella en quienes la rodearon.
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