
Morrissey ofreció anoche un concierto rotundo en la sala Mozart del Auditorio de Zaragoza, en una actuación que disipó cualquier duda sobre su estado tras las cenas de la pasada semana en Valencia. El británico salió puntualmente al escenario y, con una banda afinada, sostuvo un repertorio conocido que encendió a una sala llena y entregada. El recital, celebrado el 14 de marzo dentro de su gira europea, combinó clásicos de su carrera en solitario y de The Smiths con una entrega histriónica del cantante. La presencia del artista bastó para transformar cada tema en un momento de intensa conexión con el público.
La velada comenzó con energía y mantuvo un pulso sostenido gracias a la precisión del grupo y a la implicación del vocalista. Aunque el repertorio no sorprendió por novedades, la ejecución fue firme y diversa en registros, alternando piezas lentas y estallidos eléctricos que respondieron a la expectación del público. La sala Mozart mostró un ambiente de comunión: muchas personas de pie desde las primeras canciones y reacciones efusivas en los estribillos más celebrados.
El concierto tuvo además un componente de tensión festiva: al término de la función varios asistentes intentaron acceder al escenario pese a la instalación, por primera vez en la historia de la sala, de una valla antiavalanchas. La barrera no evitó que una espectadora lograse finalmente subirse y saludar al cantante, una imagen que sintetiza la devoción que despierta el artista. En conjunto, la noche dejó la sensación de una ciudad arropando a un músico que responde con oficio y espectáculo.
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Morrissey abrió con ‘Billy Budd’ y encadenó temas que forman ya parte de su cancionero habitual en gira: ‘I Just Want to See the Boy Happy’, ‘Suedehead’, ‘Notre-Dame’ y ‘Make-up Is a Lie’. Además recuperó piezas de su etapa con The Smiths, como ‘A Rush and a Push and the Land Is Ours’ y ‘Half a Person’, que provocaron algunos de los momentos de mayor euforia colectiva. La estructura del concierto alternó éxitos de larga duración con piezas menos coreadas, manteniendo un equilibrio que permitió a la banda lucirse instrumentalmente.
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Ver planes de hosting →En la mitad del concierto, el ritmo se mantuvo con clásicos como ‘Irish Blood, English Heart’, ‘Now My Heart Is Full’ y ‘How Soon Is Now?’, que fueron recibidos con aplausos y cánticos. Otros cortes como ‘I’m Throwing My Arms Around Paris’ y ‘The Bullfighter Dies’ contribuyeron a un tramo central en el que la intensidad fue en aumento. La puesta en escena favoreció la empatía entre intérprete y asistentes, con gestos y pausas que subrayaron el carácter teatral del espectáculo.
Puntualidad británica y entrega artística marcaron la tarde: el show estaba anunciado para las 20:40 y se inició con precisión, lo que ayudó a disipar los rumores que circulaban sobre la posible cancelación tras los acontecimientos de días anteriores. Muchos habituales se mostraron aliviados y entusiastas al comprobar que el concierto se celebró tal como estaba previsto. En el escenario, el cantante ofreció una versión concentrada y a ratos socarrona de sus habituales poses, algo que el público recibió con indulgencia y entusiasmo.
Cierre, bis y reacciones
En la parte final del concierto Morrissey y su banda elevaron la tensión con temas como ‘First of the Gang to Die’, ‘Last Night I Dreamt’ y ‘Jack the Ripper’. El bis estuvo compuesto por ‘Everyday Is Like Sunday’, ‘World Peace Is None of Your Business’ y la culminación con ‘There Is a Light That Never Goes Out’, que desató una ovación prolongada. Tras el último tema, el artista lanzó su camiseta al público, un gesto que cerró la noche entre vítores y aplausos.
La actuación en Zaragoza se suma a una gira europea donde el cantante ha repetido un repertorio clásico sin grandes variaciones, pero con una capacidad intacta para conmover a sus seguidores. La combinación de técnica musical, carisma escénico y complicidad con el público explican por qué, pese a las vicisitudes recientes, la figura de Morrissey sigue despertando una respuesta masiva. La sala Mozart, con su lleno, fue anoche testigo de ese efecto: un artista que, sin inventar, consigue renovar el interés por su obra cada vez que mira al público.
Para muchos asistentes, la noche sirvió también como reivindicación de un ritual compartido: corear canciones, acercarse al escenario y celebrar la música en vivo. En esa comunión se cifró el éxito del concierto, que quedará en la memoria de quienes llenaron la sala y guardarán, posiblemente, la imagen de una fan que logró abrazar al cantante al final de la función.
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