Morrissey ofreció un concierto notable el sábado 14 de marzo de 2026 en la sala Mozart del Auditorio de Zaragoza, en una parada crucial de su gira. El veterano cantante británico llenó la sala y volvió a poner en evidencia su mezcla de presencia escénica y carácter imprevisible, tras su cancelación en Valencia unos días antes. La actuación combinó clásicos de su etapa con The Smiths, material de su último disco y una banda multinacional que sostuvo el espectáculo. La velada sirvió para constatar que, pese a las controversias y altibajos, su voz y su aura siguen siendo un reclamo poderoso.
El concierto, que no estuvo exento de tensión por la reciente ausencia en Valencia, discurrió sin más contratiempos apreciables y con una respuesta entusiasta del público. Los asistentes no se limitaron a aplaudir: bailaron, cantaron y corearon el nombre del artista, en una escena que el propio Morrissey pareció disfrutar cuando reclamó los aplausos. A lo largo de la noche mostró su habitual seguridad en el escenario, intercalando alguna arenga y comentarios que a veces rozaron lo trivial entre canciones.
La banda que le acompañó, formada por músicos de distintas nacionalidades —tres norteamericanos, una italiana y un colombiano—, ofreció un acompañamiento pulcro y eficaz. La formación, con dos guitarras, bajo, piano y teclados y batería, alcanzó momentos brillantes en los que permitió que las composiciones recuperaran intensidad y matices. El trato del cantante hacia sus músicos fue más respetuoso de lo esperado en un artista de su temperamento, lo que contribuyó a la solidez del conjunto.
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El repertorio mezcló temas de tres décadas y dejó espacio tanto para recuerdos de The Smiths como para piezas recientes. El público recibió con emoción canciones como How Soon Is Now, Half A Person y There Is A Light That Never Goes Out, que sonaron con arreglos que mantuvieron la esencia de los originales. Algunos seguidores sintieron la ausencia de determinados himnos más esperados, pero la selección general cubrió un amplio espectro de su carrera.
De su disco más reciente, Make-Up Is A Lie, sonaron tres composiciones: la sugerente «Notre-Dame», la canción que da título al álbum y «The Monsters Of Pig Alley». «Notre-Dame» destacó por un tratamiento electrónico más intenso que en la grabación y fue, según varios asistentes, uno de los momentos más logrados de la noche. El grueso del programa transitó por los ochenta, los noventa y los dos mil sin que se apreciara una ruptura estilística brusca.
Hacia el final del concierto subieron el tono con piezas especialmente celebradas: la sombría «Jack The Ripper», la melancólica «Everyday Is Like Sunday» —con una apertura de piano particularmente luminosa a cargo de la teclista— y la festiva «World Peace Is None Of Your Business», que se convirtió en una conclusión colectiva con el público entregado. Esas canciones sirvieron de colofón a una actuación que, en conjunto, alternó sombras y luces de manera equilibrada.
Voz, actitud y balance final
Una de las constancias de la noche fue la voz del cantante, que conservó buena parte de su timbre y capacidad expresiva. En piezas más líricas la prestancia vocal se combinó con una puesta en escena de cierta chulería, rasgo personal que el público parece aceptar como parte del personaje. En algunos pasajes, como en «Half A Person», la interpretación resultó algo más áspera, probablemente por la exigencia de adaptar textos con estructura recitada al directo.
La actuación mostró a un artista que, pese a su historial errático, sigue siendo capaz de movilizar a una audiencia y de ofrecer momentos de auténtica intensidad musical. La organización del concierto, inicialmente inquieta por la cancelación anterior, pudo respirar al ver la entrega de la sala y el correcto desarrollo del espectáculo. Para muchos fue una noche de reafirmación: Morrissey sigue siendo un reclamo generador de emoción y controversia a partes iguales.
En términos artísticos, la visita a Zaragoza confirmó que el intérprete mantiene recursos interpretativos suficientes para reivindicar su legado, aunque su presencia pública siga marcada por episodios impredecibles. Al terminar, el público se fue con la sensación de haber asistido a un concierto sólido, donde la voz y el carácter del protagonista convivieron, una vez más, en un delicado equilibrio.
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