Rosalía abrió en Lyon la primera parada de su nueva gira Lux tour, donde combina ballet clásico, danza contemporánea y movimientos urbanos para trasladar al escenario las distintas capas de su último trabajo. El concierto, celebrado en marzo de 2026, desplegó una puesta en escena simbólica y sobria que buscaba traducir las tensiones del álbum en imágenes y coreografías. La artista alternó momentos de contención y virtuosismo operístico con secuencias desatadas y físicas, apoyada por un cuerpo de baile fundamental en la narración del espectáculo.
Sobre el escenario, la cantante se apoyó en un elenco de bailarines provenientes del colectivo (La)Horde, formado en 2013 por Marine Brutti, Jonathan Debrouwer y Arthur Harel. Harel, además, es quien dirige el Ballet de Marsella, lo que explica la experiencia técnica y la mezcla estilística que mostró la compañía. Los intérpretes no solo acompañaron vocalmente y en movimiento a la artista, sino que también actuaron como maquinaria escénica que transformaba el espacio en cada número.
La primera parte del concierto apostó por una estética más clásica y recogida, con Rosalía situada a veces como una figura casi inmóvil, vestida con tutú y zapatillas de punta, que enfatizaba la pureza y la vertiente operística de algunas piezas. Temas como «Sexo, violencia y llantas» y «Divinize» recuperaron esa atmósfera contenida, en la que la voz ocupó el centro mientras los bailarines dibujaban la emoción alrededor. La transición hacia un cuerpo más visceral y urbano se fue haciendo evidente con la evolución del repertorio.

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Conoce más →Una puesta en escena de contrastes
Los contrastes entre quietud y frenesí fueron el hilo conductor de la noche: movimientos estáticos se alternaron con secuencias desenfrenadas que respondían al pulso de la música. En varios momentos, los coreógrafos recurrieron a metaescenas simbólicas; por ejemplo, un bailarín sacó a Rosalía de su pedestal y la hizo girar como si fuera una figurita de porcelana, subrayando el juego entre inmovilidad y caótico dinamismo. El cambio de registro fue definitivo a partir de «Berghain», que concluyó con un desmelene colectivo y una intensidad física que rompió la compostura inicial.
El vestuario y la escenografía siguieron esa misma lógica de sencillez y contraste: elementos sobrios y orgánicos que se adaptaban tanto a los momentos íntimos como a los más exaltados. Los bailarines utilizaban detalles como guantes blancos para crear efectos visuales sobre fondos negros, jugando con la iluminación y la posición de los cuerpos para convertir fragmentos instrumentales en imágenes memorables. La escenografía también facilitó cambios rápidos de ritmo y ayudó en la realización de soluciones coreográficas de gran precisión.
Danza al servicio de la música
La coreografía cumplió la función de dar sentido físico a las canciones, integrando recursos de ballet, contemporáneo y danza urbana en un lenguaje híbrido que reforzó la narrativa del disco. Hubo números en los que la compañía logró composiciones de gran belleza plástica, como las secuencias que evocaban una versión modernizada de la jota, o las formaciones en las que los cuerpos se amalgamaban para construir imágenes complejas. En esas escenas Rosalía se integró en la masa sin perder protagonismo, mostrando cómo su presencia vocal y su figura escénica se benefician del trabajo colectivo.
No todo funcionó con la misma cohesión: algunas transiciones sonaron más teatrales que coreográficas, con los intérpretes adoptando papeles de actores en escenas que rozaron la parodia. Se señalaron momentos concretos, como la recreación de «Mio Cristo piange diamanti» o las entradas de intérpretes llorando entre bambalinas, que sintieron desafinadas respecto al resto del montaje. Esos instantes rompieron la fluidez rítmica del concierto y llamaron más la atención por su intención dramática que por su aportación al movimiento.
La presencia de (La)Horde y la influencia de la danza académica en la propuesta confirman la apuesta de Rosalía por integrar lenguajes escénicos distintos en su obra en directo. Tras su aplaudida coreografía en los Brit Awards, esta gira busca consolidar una fórmula en la que la danza no es mero acompañamiento sino elemento narrativo capital. Si el objetivo era mostrar una artista capaz de transitar entre la tradición y la vanguardia, el arranque en Lyon presentó un espectáculo ambicioso que alterna aciertos visuales y momentos más discutibles.
En términos generales, el Lux tour apunta a ser una parada clave en la evolución escénica de Rosalía: un proyecto donde la puesta en escena y la coreografía dialogan con la música para construir un discurso artístico complejo. Habrá que ver cómo se afina la cohesión entre teatro y danza a medida que la gira avance, pero la propuesta ya demuestra la intención de tratar la performance pop como un campo abierto a la experimentación coreográfica y a la hibridación estilística.
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