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La base que se estrecha: Ourense pierde cerca de 2.000 niños en una década

Ourense ha entrado en lo que muchos vecinos describen ya como un invierno demográfico. Entre enero de 2016 y el mismo mes de 2026 la provincia ha pasado de tener 7.505 niños de hasta tres años a apenas 5.578, una caída del 25,6% que devuelve a la comunidad a debates que parecían superados: cierre de aulas, envejecimiento acelerado y la dificultad para garantizar el relevo generacional en municipios del interior.

Retroceso en la base: números que marcan aulas vacías

Los datos del Instituto Nacional de Estadística y del Instituto Galego de Estatística no dejan lugar a eufemismos. En apenas diez años se ha perdido una cuarta parte de la población infantil en la franja 0-3 años, un hundimiento que se traduce en menos matrículas en las guarderías y en las primeras etapas escolares. En Ourense ciudad la disminución también se nota, pero es en las comarcas rurales donde las consecuencias son más visibles: concellos que han dejado de tener aulas de infantil completas y centros que funcionan con grupos muy reducidos.

Administraciones educativas y equipos directivos de colegios afrontan decisiones complicadas. Fuentes de la Delegación Provincial de Educación explican que el descenso obliga a reajustar plantillas y a replantear el mapa escolar, con la consiguiente preocupación por la accesibilidad de las familias que viven en zonas dispersas. «Ya no hablamos solo de números, hablamos de servicios que se desmantelan y de la pérdida de vida social en los pueblos», señala una responsable educativa, a falta de una confirmación oficial con nombres propios.

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La pérdida de aproximadamente 1.927 menores —la diferencia entre los dos censos— no es solo estadística: se traduce en comunidades con menos niños en las plazas públicas, menos actividad en comercios locales relacionados con la infancia y presiones presupuestarias para mantener infraestructuras que antaño eran imprescindibles.

«Es una fractura silenciosa: cada aula que se queda vacía es una puerta menos para que una familia joven quiera quedarse», apuntan expertos consultados en Ourense.

Factores locales e históricos que explican la caída

Las causas del descenso son múltiples y entrelazadas. El envejecimiento poblacional, común a buena parte de Galicia, convive con la emigración histórica que dejó huella en Ourense: durante décadas muchos ourensanos buscaron destino en América —Argentina y Venezuela entre ellos— y esa pérdida generacional pesa todavía. A esto se suma la salida de jóvenes a grandes núcleos urbanos —Vigo, A Coruña, Madrid— en busca de empleo cualificado, algo que vacía el tramo de población en edad reproductiva.

La economía local, a pesar de activos como el termalismo de As Burgas o un tejido empresarial pujante en determinadas comarcas, no ha alcanzado una generación de empleo que fije a las nuevas familias en la provincia. Tampoco han sido suficientes, por ahora, las políticas de incentivo natal o de conciliación para cambiar la tendencia. En ese escenario, la inmigración ha jugado un papel amortiguador: la llegada de familias extranjeras y el asentamiento de población foránea han evitado que la caída demográfica fuera aún más pronunciada, especialmente en los núcleos urbanos donde se concentran servicios y empleo.

Repercusiones en servicios y en la vida comunitaria

Cuando la pirámide se estrecha por la base, las consecuencias llegan rápido. Los presupuestos municipales deben contemplar cada vez más partidas para atención a la dependencia y menos para políticas de juventud por falta de demanda. Centros de salud con menos pediatría especializada, transporte escolar que pierde rentabilidad y un mercado inmobiliario con menos dinamismo para viviendas familiares son efectos que ya se constatan en varias localidades ourensanas.

La educación rural, uno de los pilares de la vida municipal, sufre un particular efecto dominó. Menos alumnos implican agrupaciones de centros, desplazamientos mayores para familias y una sensación de declive que, paradójicamente, empuja a más jóvenes a marcharse. Desde la sociedad civil se reclama una estrategia integral: no bastan medidas aisladas; hacen falta incentivos para la vivienda, coordinación entre administraciones y mejoras de infraestructuras que permitan teletrabajo y atraigan talento joven a los municipios interiores.

En clave de infraestructuras, tanto vecinos como alcaldes de comarcas interiores recuerdan que inversiones en comunicaciones —por carretera y conectividad digital— son decisivas. No es casual que la mejora de carreteras como la A-52 y la extensión del internet de alta velocidad sean hoy argumentos recurrentes en los ayuntamientos cuando se habla de fijar población.

Escenarios y soluciones: ¿qué se puede hacer desde Galicia y desde Ourense?

Las soluciones no son sencillas ni de aplicación inmediata. Políticas de natalidad con incentivos económicos, guarderías públicas gratuitas, programas de vivienda asequible y apoyos al emprendimiento rural figuran entre las recetas más repetidas por expertos. También el refuerzo de la inmigración ordenada y la integración de las familias foráneas que ya viven en la provincia pueden convertirse en palancas para estabilizar las cifras.

Asimismo, la promoción de actividades económicas ligadas al medio rural —agroalimentación de calidad, turismo sostenible, energías renovables— se alza como alternativa para generar empleo local. A medio plazo, conseguir que los jóvenes perciban oportunidades reales de arraigo será clave. Desde la política autonómica se reivindican planes más ambiciosos y también la implicación del Estado para medidas de calado que modifiquen la estructura demográfica.

Si la tendencia observada en la última década continúa, Ourense afronta un reto que va más allá de las aulas: se trata de recomponer la trama social de pueblos y ciudades para que no se conviertan en lugares de paso. La demografía no se arregla con titulares; exige voluntad política sostenida, recursos y, sobre todo, una apuesta colectiva por recuperar la confianza de las familias. Mientras tanto, las cifras —como las 5.578 personas menores de tres años que refleja el último recuento— seguirán siendo la mejor brújula para medir la salud de una provincia que antes supo sostener generaciones y hoy reclama poder hacerlo de nuevo.

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Sofía Martínez

Periodista gallega especializada en información local y política. Licenciada en Periodismo por la USC. Redactora jefe de Galicia Universal.

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