Ourense vive estos meses una doble tempestad para los taxistas: la subida sostenida del coste de los carburantes y una caída pronunciada de la clientela, que los profesionales cifran en torno a un 20% respecto al año anterior. La combinación de ambos factores ha encogido los márgenes diarios de cientos de conductores que, además, se enfrentan a un problema logístico persistente en la estación ferroviaria que les impide planificar los servicios con normalidad.
Viajes que llegan a trompicones: la estación, un cuello de botella
La queja más repetida por los profesionales es la irregularidad en las llegadas y salidas de trenes en la principal estación ourensana, lo que convierte la parada de taxis en un escenario de picos repentinos. Según denuncia Francisco Javier Álvarez, presidente del colectivo de taxistas de la ciudad, los viajes «deberían llegar de forma escalonada, pero acumulan retrasos y terminan presentándose todos de golpe».
“Estamos a lo mejor parados una hora o hora y media y después llegan a la vez, nos lían mucho”,
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En la práctica, este desajuste obliga a muchos vehículos a permanecer ociosos largos periodos para, de pronto, afrontar una avalancha de solicitudes que ni la flota local ni la organización de los relevos pueden absorber. El resultado es que hay horas muertas en las que el taxista pierde ingresos y horas punta en las que el servicio no da abasto; el pasajero, fatigado por esperas o colas, recalcula sus opciones y a veces opta por alternativas como plataformas de movilidad o transporte público.
Vecinos y conductores señalan además que la situación se agrava en barrios como O Couto o en paradas ocupadas por bicicletas y vehículos particulares, lo que acaba por reducir la capacidad operativa de las paradas y complica aún más la gestión diaria. La coordinación entre Renfe, el Concello y los sindicatos del taxi, explican desde el sector, es hoy más necesaria que nunca.
Subida de costes y caída de la demanda: la cuenta no sale
El aumento del precio de los carburantes se ha convertido en un lastre directo para una actividad que ya trabaja con márgenes ajustados. Muchos taxistas dependen de jornadas largas para equilibrar la caja; cuando suben los costes de repostaje y cae la clientela, la ecuación deja de funcionar. Álvarez y otros representantes hablan de “rentabilidad lastrada” y de la dificultad para cubrir cuotas del vehículo, impuestos y seguros.
En este contexto, la transición tecnológica aparece como una salida lógica en boca de los propios conductores: la electrificación de la flota reduciría el gasto en combustible y podría aprovechar incentivos públicos. Sin embargo, los taxistas advierten de que la conversión inicial —compra o leasing de vehículos eléctricos, instalación de puntos de recarga— exige una inversión elevada que muchas licencias no pueden asumir sin apoyos económicos claros.
Además, la caída del volumen de clientes obliga a plantear medidas de corto plazo: horarios flexibles, turnos más cortos, o la búsqueda de acuerdos con hoteles y servicios turísticos de termalismo que históricamente han sustentado parte de la demanda ourensana. A falta de una estrategia coordinada, el sector afronta un presente donde los ingresos diarios no cubren, en muchos casos, lo indispensable.
De la historia local a la modernidad: por qué Ourense no es una ciudad más
Ourense tiene singularidades que condicionan el negocio del taxi. El flujo turístico vinculado a las termas, la celebración de eventos culturales y la dispersión del tejido urbano, con barrios dormitorio y un casco histórico que conserva un perfil peatonal y comercial propio, obligan a una red de movilidad flexible. En las últimas décadas los taxistas fueron, en buena medida, un pilar del transporte nocturno y de proximidad; perder ese papel tendría implicaciones sociales y económicas.
La relación con la administración local y autonómica vuelve al primer plano. Existen precedentes de ayudas para la renovación de flotas en otras ciudades gallegas, pero en Ourense los taxistas reclaman una hoja de ruta que incluya subvenciones directas, facilidades fiscales y colaboración para mejorar la logística en los entornos ferroviarios y de grandes paradas. Según fuentes cercanas al sector, sin medidas de apoyo algunos conductores valoran reducir jornadas o incluso abandonar la licencia.
Políticamente, el asunto también tiene recorrido. El Concello de Ourense y la Xunta recibirán en las próximas semanas demandas formales del sector; las peticiones combinan medidas inmediatas —control del uso de paradas, mayor coordinación con Renfe— y planes a medio plazo para la electrificación y la diversificación del servicio. No es la primera vez que el taxi convoca la atención municipal, pero la confluencia de inflación de costes y caída de viajeros coloca la cuestión en un plano distinto.
¿Qué decisiones vienen y cómo afectarán al ciudadano?
Los próximos pasos marcarán si la crisis se cronifica o si se logra una salida ordenada. Para los usuarios, un sistema de taxis más profesionalizado y sostenible sería una buena noticia: mayor disponibilidad, vehículos más modernos y tarifas estables. Pero la transición debe ser equitativa; sin apoyo público, el riesgo es que se concentren licencias en manos de quienes puedan asumir inversiones, reduciendo la pluralidad del sector y encareciendo el servicio.
En las alfombras del transporte ourensano confluyen intereses económicos, decisiones técnicas y hábitos de movilidad que han cambiado en apenas unos años. La solución exigirá diálogo entre administraciones, empresas ferroviarias y sindicatos del taxi, así como una apuesta por infraestructuras de recarga y ayudas que amortigüen el esfuerzo inicial. Si no, la escena que hoy se repite en las paradas —taxis parados durante horas y después una avalancha imposible de gestionar— puede convertirse en un síntoma irreversible.
Mientras tanto, los taxistas de Ourense siguen contando su jornada por kilómetros, recibos de combustible e incidencias en los andenes. A la espera de medidas concretas, la ciudad verá cómo un servicio tradicional busca reinventarse en la práctica: menos clientes al volante, más incertidumbre en la caja y la promesa, al fondo, de una flota eléctrica que todavía está por llegar.
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