En un sótano climatizado de Galicia, entre ultra congeladores y frascos de formol, se custodian cerca de 300 cerebros que han llegado al único biobanco de la comunidad con una colección neurológica. No son restos inertes: cada tejido es un préstamo de vida destinado a esclarecer enfermedades tan devastadoras como el alzhéimer, el párkinson o las encefalopatías por priones. La directora científica del centro, Teijeira, resume con sencillez la misión: mantener en condiciones y poner a disposición muestras que permitan confirmar diagnósticos y avanzar en terapias.
Cómo se procesan y conservan las muestras
El tratamiento de cada donación responde a una lógica práctica y científica. Los cerebros no se congelan enteros; se dividen en mitades para optimizar su uso. Una de ellas se fija en formol —y parte de ese material pasa a anatomía patológica para el diagnóstico—; el excedente queda en parafina o en conserva para estudios posteriores. La otra mitad se conserva en frío extremo, en ultra congeladores que alcanzan los -80 °C, y las láminas se congelan por separado para poder cederlas según la demanda.
Las piezas se almacenan en bolsas plásticas, identificadas con códigos alfanuméricos que permiten trazar su origen y la historia clínica asociada. No hay una única fórmula: algunos investigadores requieren tejido congelado para análisis bioquímicos o moleculares; otros piden material fijado o embebido en parafina para estudios histológicos. Esa versatilidad es clave para que una sola donación pueda servir a múltiples proyectos.
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Conoce más →«Debemos de estar cerca de los 300 cerebros; de donaciones en vida tenemos, en este momento, 200»,
confiesa Teijeira en voz baja, apuntando al volumen y a la procedencia heterogénea de la colección. La mayoría de esos cerebros pertenecen a personas que padecían patologías neurodegenerativas: aproximadamente la mitad en los depósitos corresponden a alzhéimer, casi un tercio a enfermedades por priones y el resto a párkinson, parálisis supranuclear progresiva (PSP) y otras variantes menos frecuentes.
Un tejido difícil de conseguir y por qué importa
En España solo hay 16 biobancos que custodian tejido neurológico, lo que convierte a cada muestra en un recurso escaso. Cuando los investigadores quieren estudiar una enfermedad concreta necesitan un número elevado de cerebros para obtener conclusiones robustas. Por eso las cesiones suelen coordinarse entre distintos bancos: la epidemiología de las enfermedades raras y la variabilidad genética obligan a trabajar en red.
Además, hay patologías que solo se confirman definitivamente mediante el estudio post mortem. La clínica ha avanzado y los diagnósticos ante mortem son cada vez más precisos, pero la histología y la química del tejido siguen siendo el estándar para certificar, por ejemplo, la presencia de placas amiloides o de priones patológicos. Las enfermedades por priones, como la enfermedad de Creutzfeldt-Jakob o el insomnio familiar fatal, tienen particularidades inquietantes: son infecciosas en sentido biológico, con largos periodos de incubación en los que el agente se replica en el sistema nervioso sin manifestar síntomas claros.
La información genética que se extrae de esos cerebros también ayuda a identificar variantes que modulan la respuesta a tratamientos. Conocer si una terapia es efectiva para un subtipo concreto de alzhéimer o si un marcador genético predice el curso de una PSP puede marcar la diferencia entre un ensayo clínico fallido y uno exitoso.
La logística humana que sostiene el banco
Detrás de los congeladores y las etiquetas hay una red amplia de profesionales: médicos que explican a las familias el sentido de la donación, técnicos que realizan la extracción, patólogos que procesan los tejidos y gestores que mantienen la trazabilidad. La directora insiste en no olvidar a los donantes que, por iniciativa propia, se inscriben en programas de donación en vida; su gesto multiplica el valor científico del biobanco.
«El biobanco, realmente, somos todos», suele decir el equipo. Y no es una frase retórica. Obtener el consentimiento informado, respetar creencias y tiempos familiares, y coordinar el traslado del cadáver al centro para una extracción en condiciones óptimas exige sensibilidad y protocolos claros. La calidad del tejido depende tanto de la técnica como de la rapidez en la intervención tras el fallecimiento.
En Galicia, una comunidad envejecida donde las enfermedades neurodegenerativas tienen notable presencia, disponer de una colección propia facilita estudios locales que pueden traducirse en políticas sanitarias o en terapias adaptadas a la población. Además, favorece la formación de especialistas y la atracción de proyectos de investigación que de otro modo partirían de centros foráneos.
Repercusiones y próximos pasos
La existencia del biobanco abre dos líneas urgentes de trabajo: mejorar el número y la representatividad de las donaciones, y consolidar la financiación para mantener equipos y cumplir normativas de bioseguridad. A falta de confirmación oficial sobre futuros planes autonómicos, fuentes cercanas apuntan a la necesidad de una estrategia coordinada entre hospitales, universidades y centros de investigación para potenciar la red española de biobancos y facilitar las cesiones interprovinciales.
También hay un debate pendiente sobre la digitalización de los datos y el acceso. Compartir muestras es esencial, pero requiere sistemas que garanticen la privacidad y la trazabilidad. La investigación genética añade una capa más: el potencial informativo de un cerebro no solo está en su anatomía, sino en el genoma que lo acompaña. Por eso proyectos de secuenciación y biología molecular necesitan acompañamiento jurídico y ético.
Para la sociedad, la lección es clara y casi íntima: donar un órgano, tejido o la propia voluntad de investigación post mortem —como hacen ya más de 200 personas en este biobanco— es una manera de prolongar la vida en sentido colectivo. No se trata de héroes anónimos sino de familiares que, tras la pérdida, eligen transformar dolor en ciencia. Galicia puede sentirse, en ese pequeño sótano helado, algo más cerca de comprender y combatir enfermedades que afectan a miles de familias.
El futuro que se perfila demanda más donantes, más coordinación y, sobre todo, más reconocimiento social. Si la investigación necesita tejido, la comunidad ofrece su confianza. Ese contrato silencioso entre quien dona y quien investiga es, a la vez, deuda y promesa: que el préstamo de vida acabe por devolver, en forma de mejores diagnósticos o tratamientos, algo de lo que tantas personas han entregado.
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