En las últimas 48 horas, decenas de aldeas palestinas en Cisjordania han sufrido una oleada de agresiones protagonizadas por grupos de colonos. Los incidentes, registrados alrededor de ciudades como Nablus y YeníN, han dejado al menos 23 palestinos heridos, viviendas y vehículos calcinados y oficinas municipales incendiadas. Las autoridades israelíes investigan la muerte de un colono de 18 años ocurrida el sábado y que, según seguidores extremos, habría motivado una «campaña de venganza» contra la población palestina.
Ataques, daños y víctimas
Según el balance facilitado por la Media Luna Roja Palestina, en la localidad de Deir al Hatab, próxima a Nablus, un grupo de colonos irrumpió el domingo y agredió a varios residentes: diez personas resultaron heridas en las refriegas, entre ellas un hombre alcanzado por una bala en el pie y una mujer con fractura de fémur tras caer al intentar huir. Otra vecina sufrió intoxicación por gases lacrimógenos.
Las agresiones nocturnas se concentraron también en aldeas alrededor de YeníN, donde la atención sanitaria local atendió a seis heridos en enfrentamientos con asaltantes. En Fandaqumiya, testigos relataron cómo grupos de atacantes incendiaron casas y automóviles mientras los vecinos intentaban sofocar las llamas. En la localidad de Sebastia un artefacto arrojado provocó el fuego de dos edificios y tres vehículos. En Jalud, además de heridos por golpes, las oficinas del ayuntamiento fueron incendiadas y aparecieron pintadas con consignas que reclamaban «venganza» por el joven fallecido.
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Conoce más →«Este episodio de violencia no es una escalada aislada, sino una señal de lo que estos grupos creen que pueden hacer sin consecuencias», advierte el investigador y activista palestino Ihab Hassan. «Atacar aldeas, quemar viviendas y aterrorizar a civiles mientras el mundo observa envía un mensaje claro: hay margen para ir más lejos».
Los ataques, que se sucedieron durante la madrugada y la mañana, incluyen tanto agresiones físicas como campañas de intimidación en redes sociales y panfletos repartidos por zonas de colonos. En varios de esos mensajes, los ocupantes usan el término bíblico para referirse a Cisjordania —»Judea y Samaria»— y llaman abiertamente a salir a la carretera para «defender la tierra».
Contexto: una violencia que no es nueva
La ofensiva de este fin de semana no puede leerse al margen de la dinámica iniciada tras el estallido de la guerra en Gaza en 2023. Desde entonces se ha registrado un incremento sostenido de incidentes entre colonos y población palestina en Cisjordania. Naciones Unidas, en uno de sus informes recientes, contabilizó 86 ataques contra palestinos en apenas dos semanas de febrero, que afectaron a 60 comunidades. Es un dato que subraya una tendencia al ascenso de la violencia domiciliaria y a la impunidad frente a agresiones que buscan expulsar o intimidar a la población local.
Históricamente, la expansión de asentamientos y las llamadas «patrullas» de colonos han convertido tramos enteros de la ocupada Cisjordania en puntos calientes, donde el control sobre caminos y tierras se disputa día a día. Las autoridades militares y la policía israelíes sostienen que investigan los hechos —y en el caso del accidente mortal del sábado, estudian si se trató de un atentado o de un choque fortuito—, pero la percepción entre la población palestina y numerosos observadores es que la respuesta oficial es, como mínimo, desigual y tardía.
Desde Galicia, donde la palabra «aldea» evoca memoria histórica y una sensibilidad especial por la vida rural, resulta difícil no hacer analogías: cuando la violencia se normaliza en territorios pequeños y aislados, el tejido social —igual que en muchas parroquias del interior— queda expuesto y es más vulnerable a perder población. La diferencia, por supuesto, es que aquí hablamos de ataques deliberados con motivación política y, en muchos casos, de una intención declarada de expulsión.
Repercusiones y escenarios próximos
La respuesta internacional ha sido de condena por el aumento de la violencia, mientras en el terreno la situación puede seguir escalando. Hay riesgo real de que las acciones de represalia, tanto por parte de colonos como de milicias locales, desemboquen en una espiral de enfrentamientos más amplios en toda Cisjordania. Las fuerzas de seguridad israelíes, además, se encuentran en un aprieto político: por un lado deben mantener el orden; por otro, en el seno del Gobierno y de la sociedad hay voces ultranacionalistas que animan a seguir la línea de «venganza» y de ocupación efectiva.
Para la población palestina afectada, la consecuencia inmediata es humana: desplazamiento temporal o definitivo, pérdida de propiedades y el trauma de ver arder su casa. A medio plazo, estas campañas de hostigamiento complican cualquier perspectiva de reconstrucción social y alimentan la polarización entre comunidades. Organizaciones humanitarias advierten de la necesidad de acceso seguro a la asistencia y de medidas de protección para civiles, algo que hasta ahora ha resultado difícil de garantizar en áreas donde los controles y las restricciones de movimiento son moneda corriente.
En la arena política, la investigación sobre la muerte del joven colono será clave. Si las autoridades concluyen que se trató de un accidente, es probable que la dinámica de movilización de grupos armados se atenúe; si lo tildan de atentado, el riesgo de respuestas organizadas y más violentas aumentará. Mientras tanto, líderes locales y representantes internacionales llaman a la calma, aunque la eficacia de esos llamamientos pasa por medidas concretas que, hasta la fecha, han resultado esquivas.
Al cierre de esta crónica, las aldeas afectadas mantienen patrullas vecinales improvisadas y equipos de emergencia tratan de contabilizar daños. La imagen de casas y vehículos calcinados convive con la de niños y ancianos que preguntan por qué su vida se ha vuelto, de repente, invivible. Es un recordatorio amargo de que, como en muchas zonas olvidadas de nuestra propia tierra, la seguridad cotidiana es frágil y depende de decisiones políticas que, a menudo, quedan lejos del terreno donde se libra el sufrimiento.
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