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El incendio de Valdeorras deja una cicatriz negra en el corazón de la comarca

La comarca de Valdeorras, en la provincia de Ourense, encara las primeras semanas después del mayor incendio registrado en Galicia con un paisaje que duele a la vista y la memoria. Los focos que se iniciaron la tarde del miércoles 13 de agosto entre Seadur y Larouco calcinaban en pocos días más de 30.000 hectáreas, arrasando aldeas enteras y dejando a comunidades como la de San Vicente (Vilamartín) con el 80% de sus viviendas destruidas.

Cómo se desató y se combatió la catástrofe

Los primeros avisos hablaron de un fuego «pequeño» en torno a las 19:00 del 13 de agosto. Vecinos como Lucas Presedo, de Seadur, recuerdan que la mañana siguiente parecía controlado hasta que la tarde trajo calor y, sobre todo, viento. Fue entonces cuando las llamas cruzaron hacia Petín y la situación se desbordó. En ese avance imparable el fuego no respetó límites administrativos: afectó a concellos ourensanos —Larouco, O Barco de Valdeorras, O Bolo, Carballeda de Valdeorras, A Rúa, Petín, Rubíá, A Veiga, Vilamartín de Valdeorras— y llegó incluso a Quiroga (Lugo) y a municipios bercianos como Oencia.

La respuesta al desastre fue masiva y heterogénea. El dispositivo oficial reunió a 54 técnicos, 245 agentes, 319 brigadas, 254 motobombas, 12 palas, 6 unidades técnicas de apoyo, 15 helicópteros, 15 aviones y efectivos de la Unidad Militar de Emergencias (UME). Diez días después del inicio, y tras un trabajo extenuante, el incendio fue declarado estabilizado y, posteriormente, controlado. Sin embargo, los focos de calor y la imagen aérea de montes ennegrecidos han dejado claro que la contención no es lo mismo que la recuperación.

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En el terreno, la lucha fue también de los vecinos. Muchos critican la tardanza de algunos medios, y ante la ausencia de recursos se organizaron con tractores, cisternas y mangueras. Es el caso de hombres y mujeres que, sin más herramienta que cubos de agua, lograron frenar llamas en aldeas aisladas hasta que llegó una motobomba. Ahmed, de Cernego, subió a pie el 16 de agosto hasta su aldea desde la gasolinera donde trabaja para intentar apagar el fuego: «Si no estuviera aquí, el pueblo hubiera ardido», recuerda; esa frase resume la mezcla de angustia y determinación que vivieron decenas de pequeñas comunidades.

Un paisaje y un patrimonio devastados

Las cifras agrícolas y materiales espantan: en San Vicente quedaron reducidas a cenizas 120 de las 150 viviendas —un 80%— y unas 90 construcciones no residenciales como bodegas, alpendres y pajares. Desde el aire, las viñas que tradicionalmente dan carácter a Valdeorras sirvieron en muchos puntos como cortafuegos natural y evitaron que la cifra de destrucción fuera aún mayor, según los propios vecinos. Esa circunstancia, sin embargo, no evita que el paisaje haya cambiado de forma drástica: lo que eran laderas verdes hoy muestra un manto negro en el que apenas asoman tramos de vegetación que comenzaron a rebrotar con el paso de las semanas.

Además de la pérdida material, hay golpes simbólicos que pesan. En O Barco, la iglesia parroquial ardió, un golpe que ha movilizado a la comunidad. La vecina Manola Rodríguez relata cómo, tras intentar proteger la aldea regando cada veinte minutos, vio cómo el fuego saltaba hasta los laureles del cementerio y alcanzaba su tejado. Fue atendida por un ataque de ansiedad y su casa, finalmente, fue salvada por Protección Civil, pero la iglesia quedó dañada. «La virgen se quemó para salvarnos» es la expresión que han dejado algunas conversaciones en las calles; una frase que mezcla dolor y sentido de lo inexplicable en un momento de tragedia.

“Aparecía por todos lados y estábamos los del pueblo, pero no das hecho”, recuerda José García, vecino de Seadur.

Recuperación, debate y pasos administrativos

El Gobierno declaró varias zonas afectadas por una emergencia —la antigua figura de zona catastrófica—, una medida que facilita ayudas directas y exenciones fiscales. No obstante, la ciudadanía plantea cuestiones que van más allá de la ayuda económica: ¿qué obras preventivas deben ejecutarse y con qué criterios? Vecinos como José reclaman «caminos muy anchos» realizados en primavera con maquinaria pesada como bulldozers para frenar futuros avances; otros piden una vigilancia más estricta del cumplimiento de la normativa forestal y más inversión en prevención y lucha contra los incendios en zonas rurales con población envejecida y dispersa.

La llegada de voluntarios desde lugares tan lejanos como Malgrat de Mar, donde reside el militar Ezequiel González, que recorrió más de 900 kilómetros para ayudar, subraya la movilización ciudadana. A la par, surgen preguntas sobre la coordinación, la infraestructura para la extinción y los tiempos de respuesta, sobre todo en aldeas que se quedaron sin electricidad ni cobertura telefónica en los peores momentos.

El camino hacia la normalidad será largo. Restaurar viviendas y bodegas, recuperar suelos y dehesas, y replantar viñas son tareas que exigirán recursos y paciencia. A corto plazo, la prioridad pasará por asegurar las comunicaciones y el abastecimiento de agua para evitar que episodios como el desabastecimiento de la manguera vuelvan a repetirse. A medio y largo plazo, la gestión del monte, la creación de cortafuegos estratégicos y planes de humanización del paisaje rural volverán a ocupar el centro del debate en concellos y en la Xunta.

Valdeorras tiene memoria histórica y tradición vitivinícola que la hacen resiliente. Pero la imagen de San Vicente —con 120 casas hechas cenizas— y las historias de noches en vela, tractores con cisternas y vecinos que hicieron de primera línea de defensa dejan claro que, más allá de las cifras oficiales, lo que queda es una herida que tardará años en cerrarse. La reconstrucción, cuando llegue, deberá ser técnica y social: recuperar lo quemado y recuperar la confianza en que las administraciones y la sociedad están preparadas para proteger lo que estas tierras han cultivado durante generaciones.

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Sofía Martínez

Periodista gallega especializada en información local y política. Licenciada en Periodismo por la USC. Redactora jefe de Galicia Universal.

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