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El Concello reparte 16 ceniceros especiales entre bares del Casco Vello para frenar las colillas en la vía pública

El municipio ha entregado esta semana 16 recipientes «especiales» a establecimientos hosteleros del casco histórico con el objetivo de reducir el número de colillas que acaban en las aceras y plazas. La acción, escueta en recursos pero con ambición práctica, se estrenó en terrazas de la plaza de la Constitución y en la zona de la Reconquista: espacios donde el trasiego de viandantes y clientes es constante.

Cómo se ha implantado la medida y la reacción en los bares

Los ceniceros, distribuidos por el Concello, aparecieron en las terrazas esta misma semana y fueron instalados por el propio personal de los locales. «Nos los trajeron ayer. Lo pusimos en la terraza para que la gente que fuma no tire las colillas al suelo», explicaba una camarera de uno de los bares de la plaza. Esa voz, a pie de calle, resume la apuesta municipal: soluciones sencillas para problemas cotidianos de convivencia.

«Aunque haya en la mesa donde ponerlos, mucha gente lo lanza igualmente», confesaba la trabajadora.

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En varios establecimientos, los recipientes han sido colocados en puntos visibles —junto a las mesas o en la barra exterior— con la intención de facilitar el gesto de depositar las colillas. La iniciativa se articula como una prueba: si los recipientes se llenan y se aprecia una reducción del rechazo en el pavimento, el plan contempla su continuidad en el tiempo y una posible ampliación a otras calles con intensa actividad nocturna y diurna.

No todos coinciden en que la prueba elegida sea la más representativa. La Reconquista, con sus pendientes, terrazas y corrillos, mezcla clientes habituales con turistas y transeúntes; su carácter de escaparate del ocio vigués puede deformar los resultados. Fuentes cercanas a restauradores admiten que sería útil comprobar el rendimiento en zonas menos «festivas» para medir la verdadera incidencia sobre la suciedad urbana.

Una experiencia que no es nueva: el precedente de Bouzas

No es la primera vez que el Concello recurre a dispositivos de recogida de colillas. A finales del año pasado se puso en marcha un programa piloto en el barrio de Bouzas dentro del Plan de Sostenibilidad Turística, donde se dispensaron 55 ceniceros entre locales y en la vía pública. Ese proyecto se acompañó de otras medidas de compostaje y gestión de residuos que convirtieron al barrio en laboratorio de buenas prácticas urbanas.

El paquete puesto en marcha en Bouzas fue más ambicioso: además de los 55 ceniceros, se entregaron 70 cubos marrones para fracción orgánica, se instalaron 20 papeleras bicompartimentadas, se dotó al barrio con 25 contenedores móviles que se colocan y retiran diariamente, y se distribuyeron 2.500 compostadores domésticos y embudos para el reciclaje de aceite. Aquella intervención fue recibida con colaboración por parte de la hostelería local y servidores municipales, y sirvió para testar logística y aceptación ciudadana.

La experiencia de Bouzas aporta enseñanzas claras: la combinación de dispositivos físicos, campañas informativas y colaboración con hosteleros facilita la implantación de hábitos. También dejó en evidencia que la simple presencia de contenedores no garantiza cambios: hace falta mantenimiento regular, recogida efectiva y un seguimiento que permita corregir puntos débiles.

Qué se espera y cuáles son los retos

Los responsables municipales han planteado la intervención como una fase de observación que durará varias semanas. A falta de confirmación oficial sobre indicadores concretos, la evaluación tendrá en cuenta la limpieza de aceras, el número de reposiciones de los ceniceros y la opinión de los hosteleros. Si los resultados son positivos, la intención es replicar el modelo en otras áreas del centro y en barrios con alto tránsito de personas.

Sin embargo, la pieza crucial sigue siendo el comportamiento individual. En ciudades portuarias como Vigo, con un casco histórico que convive con comercio, turismo y vida nocturna, las soluciones técnicas deben combinarse con educación cívica. Las sanciones por abandono de residuos existen, pero su aplicación es costosa y polémica; por eso el estímulo al gesto responsable y la implicación de los establecimientos se presentan como la vía preferida.

La estética urbana también pesa en la decisión. En el pasado, reivindicaciones vecinales sobre la ocupación del espacio público y la degradación por colillas han marcado debates en las juntas de barrio. Recuperar aceras limpias es, para muchos, tanto una cuestión de salud pública como de imagen: una ciudad que cuida su patrimonio y su paisaje urbano facilita la actividad económica y la calidad de vida de residentes y visitantes.

Otro desafío es la logística: quién vacía los recipientes, con qué frecuencia y cómo se tratan los restos. En Bouzas se comprobó la ventaja de coordinar la recogida con los servicios de limpieza urbana y de contar con un plan claro de mantenimiento. Repetir esa coordinación en el Casco Vello, con calles estrechas y afluencia irregular, exigirá sensibilidad operativa.

En términos políticos, la medida llega en un momento en que la gestión del centro histórico figura en la agenda pública. Mantener limpio el Casco Vello es un compromiso recurrente de equipos de gobierno y colectivos vecinales. Por eso, más allá de la eficacia técnica de los ceniceros, la iniciativa puede funcionar como termómetro de la colaboración entre administraciones, hostelería y ciudadanía.

Las próximas semanas serán decisivas para saber si la apuesta de colocar 16 ceniceros, modesta en apariencia, logra crear un efecto tangible en la limpieza del casco antiguo. Si el gesto se generaliza y la recogida se organiza con regularidad, la ciudad ganará en pulcritud y en imagen; si no, la experiencia servirá, como la de Bouzas, para ajustar fórmulas y no repetir errores. En todo caso, la solución pasa por combinar dispositivos y hábitos, porque la calle se respeta tanto con recipientes más visibles como con ciudadanos dispuestos a utilizarlos.

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Carmen Dorado

Periodista especializada en cultura y sociedad gallega. Colaboradora habitual en medios digitales del noroeste peninsular.

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