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Feijoo, el monje gallego que desafió la ignorancia

Un monje benedictino nacido entre la niebla y la piedra de Galicia se convirtió, hace tres siglos, en una de las voces más incómodas y lúcidas de la España ilustrada. Su empeño por desterrar supersticiones y defender la razón dejó huella en la historia cultural peninsular. No hay calle en Oviedo ni aula universitaria en Compostela que no haya escuchado su nombre: fray Benito Jerónimo Feijoo. Es difícil exagerar su influencia en el despertar intelectual de toda una época.

El religioso, conocido popularmente como “el padre Mestre”, fue mucho más que un erudito de claustro. Su palabra, a menudo polémica y siempre afilada, retumbó más allá de los muros monásticos, abriendo camino a una nueva forma de pensar. Su legado, aún hoy, sigue siendo motivo de debate en Galicia y fuera de ella.

Entre la clausura y el debate público

Quien imagine a un monje aislado del mundo se equivoca de pleno. Feijoo, nacido en Casdemiro, una aldea ourensana, pronto cruzó los límites de su tierra natal para recalar en Oviedo, donde la Universidad le acogió como catedrático. Allí, el benedictino se dedicó a la docencia y a la reflexión, pero también a escribir una obra monumental que sería leída y discutida en toda la península: los “Ensayos”, donde desmontó creencias populares a golpe de razón.

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Desde el convento de San Vicente, en la capital asturiana, el padre Mestre se convirtió en azote de charlatanes y defensores de lo irracional. No era habitual ver a un religioso enfrentarse abiertamente a supersticiones, milagros dudosos o bulos de la época. Pero Feijoo lo hizo. ¿Por qué? Según fuentes académicas, su obsesión era acercar el conocimiento científico —lo poco que cruzaba los Pirineos entonces— a una sociedad anclada en el dogma y el miedo.

Basta con repasar sus textos para advertir la ironía y la paciencia con la que desmontaba leyendas de brujas, curanderos y prodigios varios. Una tarea ingrata. Demasiado tiempo soportando la incomprensión de sus propios colegas de hábito y las críticas de sectores conservadores, que veían en él un peligro para el orden establecido.

La Ilustración, en clave gallega

Pocas veces Galicia se asocia con el movimiento ilustrado, ese despertar europeo de la ciencia y la razón. Sin embargo, la figura de Feijoo actúa como puente entre el espíritu gallego y ese ansia de modernidad. Conviene recordar que, en pleno siglo XVIII, la mayoría de las aldeas gallegas apenas contaban con escuelas y el analfabetismo superaba el 70 %. La cifra habla por sí sola.

En ese contexto, el impacto de los escritos del benedictino fue enorme. Gente de Lugo a Tui, pasando por la Compostela universitaria, comenzó a hablar de sus ideas. Su defensa del método científico y del escepticismo ante los poderes mágicos no solo incomodó a la Iglesia: también supuso un revulsivo para la élite intelectual gallega, que veía en Feijoo un modelo a seguir.

No es menor el dato de que, aún hoy, buena parte de su obra se estudia en facultades de Humanidades de toda Galicia. Para un responsable del sector educativo, “su ejemplo demuestra que el pensamiento crítico también tiene raíces profundas en nuestra tierra”.

Un legado incómodo pero imprescindible

Difícil encontrar, en el panorama cultural español, una figura tan incómoda para el poder como Feijoo. Sus críticas a la ignorancia institucionalizada y su defensa de la educación pública chocaron con la mentalidad dominante. Lo cierto es que su obra fue traducida a varios idiomas y llegó a manos de algunos ilustrados franceses, que vieron en el monje gallego un aliado en la lucha contra el oscurantismo.

En Galicia, su memoria sigue viva. Desde el nombre de una céntrica calle en Ourense hasta la estatua que preside una de las plazas universitarias en Oviedo, hay huellas de Feijoo por todas partes. Cada año, asociaciones culturales y centros educativos organizan jornadas en su honor. A nadie se le escapa que,

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Carmen Dorado

Periodista especializada en cultura y sociedad gallega. Colaboradora habitual en medios digitales del noroeste peninsular.

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