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La Borriquita y la ciudad que busca raíces en pleno cambio

Más que una procesión: un termómetro social de Vigo

Hay actos públicos que, más allá de su dimensión religiosa, funcionan como un espejo de la ciudad. La salida de la Borriquita en Vigo, cada Domingo de Ramos, pertenece a esa categoría: no es solo una cita de calendario, sino una escena donde se observa cómo conviven memoria, fe popular y vida urbana contemporánea. En una urbe marcada por el ritmo comercial, el tráfico y la agenda acelerada, detenerse para compartir un rito colectivo revela una necesidad cívica poco discutida: la de reconocerse como comunidad.

En los últimos años, la conversación pública se ha centrado mucho en obras, movilidad o vivienda, asuntos clave, sin duda. Pero también conviene preguntarse qué espacios simbólicos sostienen el vínculo entre vecinos. La Borriquita aporta justamente eso: una coreografía conocida por varias generaciones que transforma por unas horas el centro en un lugar de encuentro. No hace falta profesar una fe concreta para comprender su papel social. Basta observar quién acude: familias enteras, personas mayores, infancia, curiosos y visitantes que leen en el acto una identidad local compartida.

“Cuando una tradición se mantiene viva en la calle, no solo habla del pasado: explica cómo quiere convivir una ciudad en el presente”.

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Porta do Sol: de nudo de paso a plaza de pertenencia

Uno de los elementos más interesantes del Domingo de Ramos vigués es el uso del espacio urbano. Porta do Sol, habitual punto de tránsito y consumo, cambia de función durante la celebración. Donde normalmente predomina la prisa, aparece otra temporalidad: la de los gestos repetidos año tras año, la bendición de ramos y palmas y la expectativa de quienes esperan ver pasar la procesión. Ese cambio de ritmo tiene valor público porque recuerda que la ciudad no es solo infraestructura; también es relato, vínculo y significado.

Este fenómeno no es exclusivo de Vigo. En muchas ciudades españolas, celebraciones de Semana Santa han actuado como puentes entre memoria religiosa y ciudadanía plural. La diferencia está en la escala y en el tono. En Vigo, la Borriquita conserva un carácter cercano, menos monumental que en otros territorios, y quizá por eso conecta de forma tan directa con quienes la viven como costumbre familiar. La transmisión “de abuelos a nietos” no es una frase decorativa: es una forma de educación sentimental que ocurre en público, sin aula y sin pantallas.

Que esa transmisión siga funcionando en 2026, en plena era de consumo fragmentado y atención dispersa, no es un detalle menor. Habla de una ciudad que todavía encuentra en ciertos rituales un lenguaje común. Y también plantea una pregunta incómoda para el debate cultural: ¿estamos cuidando estas tradiciones por su valor social o solo por su capacidad de generar imagen y agenda?

Economía local, convivencia y calendario compartido

Otro aspecto de interés público es el impacto indirecto de estas jornadas. Cada acto multitudinario en el centro mueve actividad en hostelería, comercio y servicios; también exige coordinación municipal en movilidad, limpieza y seguridad. Aunque no conviene reducir la celebración a su dimensión económica, sería ingenuo ignorarla. En una ciudad que busca dinamizar su corazón urbano, los eventos con arraigo ofrecen algo que muchas campañas institucionales persiguen sin éxito: presencia real de gente en la calle y permanencia en el espacio común.

Además, la Borriquita cumple una función de calendario colectivo. Marca un inicio —el de la Semana Santa— y sitúa a Vigo en una conversación cultural más amplia de Galicia y del conjunto del país. Esa inscripción en un tiempo compartido, con sus símbolos propios, ayuda a combatir la sensación de que todas las ciudades acaban pareciéndose entre sí. Frente a la homogeneización de escaparates, estas prácticas introducen singularidad. La identidad urbana también

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Pablo Rivas

Periodista deportivo con amplia experiencia en la cobertura del fútbol y deporte gallego. Redactor de la sección de Deportes.

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