El oro líquido se dispara: una crisis con sabor amargo
El aceite de oliva, ese ingrediente que no falta en ninguna cocina gallega, se está convirtiendo en un lujo. El precio de la botella ha subido como la espuma y, aunque Galicia no es tierra de olivos, la subida se nota en cada compra y en cada menú de bar. En apenas dos años, el litro de aceite de oliva virgen extra se ha encarecido un 70 %, según datos del Ministerio de Agricultura. La sequía en Andalucía y otros factores internacionales han dejado las estanterías de los supermercados con etiquetas cada vez menos amigables.
Ahora bien, la situación no es exclusiva de nuestro país. La escasez de producción en los grandes exportadores mediterráneos —España, Italia, Grecia— ha disparado la demanda en todo el planeta. Un litro que antes costaba 4 euros en 2021, ahora supera los 9 euros en muchas tiendas gallegas, situándose un 30 % por encima de la media europea. De hecho, el aceite de oliva se ha colado en la lista de productos con mayor inflación alimentaria en Galicia, junto al azúcar y los huevos.
Galicia: consumidores y hosteleros con morriña de precios bajos
La retranca gallega no disimula la preocupación de las familias cuando ven la cuenta en la caja. “Antes compraba dos garrafas al mes, ahora me lo pienso”, resume una clienta habitual del mercado de Lugo. La situación es especialmente dura para los bares y restaurantes, acostumbrados a tirar de aceite en cada ración de pulpo o xoubas. Según la Asociación Provincial de Hostelería de A Coruña, el gasto en aceites se ha duplicado desde 2022, obligando a muchos negocios a ajustar menús o repercutir el coste en el cliente.
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Ver en Hotels.com → PublicidadLo cierto es que Galicia no es protagonista en la producción de aceite de oliva nacional, aportando menos del 1 % al total del país. Sin embargo, el consumo gallego es elevado: cada hogar gasta de media 24 litros al año, casi el doble que el consumo mundial per cápita. “El aceite de oliva aquí forma parte de la terra, aunque venga de fuera”, afirma el gerente de un supermercado compostelano.
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Ver servidores VPS →“El cliente gallego no renuncia al aceite de oliva, pero cada vez pregunta más por alternativas o formatos más pequeños”, apunta la responsable de compras de una cadena de alimentación regional.
Alternativas con sello gallego: nabiza y nuevos aceites locales
Mientras el precio sigue por las nubes, algunos productores gallegos exploran caminos menos transitados. En las comarcas del sur de Ourense y O Ribeiro, pequeños olivicultores han apostado por recuperar variedades autóctonas como la brava gallega o la mansa, logrando aceites de calidad que ya compiten en ferias nacionales. Eso sí, la producción sigue siendo testimonial. En 2023, toda Galicia produjo apenas 120.000 litros de aceite de oliva, una gota en el mar frente a los 1,3 millones de toneladas andaluzas.
Sin embargo, la creatividad gallega no entiende de fronteras. En los últimos dos años, ha crecido el interés por aceites alternativos como el de nabiza, extraído de los brotes de nabo típicos de nuestras huertas. Este aceite, usado tradicionalmente en la cocina rural, vuelve a las mesas como opción local, aunque su producción sigue siendo artesanal y de difícil acceso en grandes superficies. Además, algunos chefs gallegos experimentan con aceites de semillas y nuez, intentando mantener ese sabor de casa sin vaciar el bolsillo del comensal.
La morriña de precios bajos convive con la adaptación. Los consumidores gallegos, fieles a la dieta atlántica, buscan ofertas, apuestan por marcas blancas y, en algunos casos, vuelven a usar el aceite de girasol para freír. Un cambio que, aunque temporal, marca una tendencia: la de no renunciar al sabor, pero sí a la ruina.
¿Y ahora qué? El futuro del aceite en la mesa gallega
El panorama no invita al optimismo inmediato. Las previsiones agrícolas auguran que los precios seguirán altos, al menos, hasta la próxima campaña. Entretanto, la hostelería y las familias gallegas ajustan recetas y presupuestos, con un ojo puesto en el lineal del súper y otro en las alternativas de la terra. Queda la esperanza de que la innovación local y la recuperación de productos tradicionales ayuden a capear el temporal, sin perder de vista ese toque de aceite que da vida a nuestra cocina.
Como suele decirse por aquí, “hai que botarlle retranca”. Y, desde luego, mucho ingenio, para que el encarecimiento del aceite de oliva no amargue el sabor de Galicia.
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