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Tormentas en Ourense: el mapa que señala los pueblos más expuestos

Tormentas en Ourense: el mapa de la vulnerabilidad rural

Cada ciclo de tormentas en la provincia de Ourense revela una verdad incómoda: el medio rural gallego no está preparado para el envite del clima extremo. Lo sucedido este miércoles en el concello de Viana do Bolo, donde las riadas barrieron varias aldeas y los desprendimientos cortaron la vía principal de comunicación, no debe leerse como una fatalidad irremediable, sino como el reflejo previsible de un territorio que se ha ido deshabitando y desprotegiendo. La escena de caos vivida es el síntoma de un malestar geográfico profundo que se agrava con cada temporal.

Una geografía que se desmorona

La comarca de Viana do Bolo es un ejemplo paradigmático de los retos que afronta la Galicia interior. Sus carreteras, serpenteantes y talladas en laderas de fuerte pendiente, son el único cordón umbilical que une a sus pequeños núcleos de población con los servicios esenciales. Cuando la tierra se satura de agua, como ocurrió durante las intensas precipitaciones de las últimas horas, el terreno sencillamente cede. La OU-533, que enlaza esta zona con la limítrofe comarca de A Gudiña, se convirtió en un punto negro de la red viaria. Un gran desprendimiento, alimentado por la inestabilidad del monte y la falta de drenajes adecuados, cortó la circulación en ambos sentidos, aislando de facto a decenas de vecinos que vieron cómo su conexión con el exterior se desvanecía entre el barro.

Este corte de carretera no fue, sin embargo, un incidente aislado. La lluvia torrencial, al caer sobre un terreno sin la suficiente capacidad de absorción por la maleza acumulada en los cauces y laderas, generó violentas riadas que lo barrieron todo a su paso. Las aldeas de Pradocabalos, A Bouza, O Castro y Pixeiros fueron las más castigadas por la fuerza del agua desbocada. Viviendas, bodegas y bajos quedaron anegados por el lodo, testigos mudos de la crudeza de una naturaleza que reclama su espacio allanado por el abandono.

El precio del abandono y la despoblación

Detrás de la imagen de destrucción se esconde una realidad mucho más compleja y estructural. La crisis demográfica que azota el rural ourensano ha dejado una huella imborrable en el paisaje. La falta de actividad agrícola y ganadera en las laderas ha permitido que el monte se cierre, que los arroyos se obstruyan y que los márgenes de las carreteras se conviertan en trampas de agua. Cada aldea que pierde habitantes es una compuerta de seguridad que se cierra definitivamente. La capacidad de respuesta de los vecinos que resisten, muchos de ellos de avanzada edad, es muy limitada. La soledad ante la riada es una experiencia tan demoledora como la propia pérdida de los bienes materiales acumulados durante toda una vida.

Mientras la maquinaria pesada de la administración trabaja a destajo para restablecer la normalidad en la OU-533 y la ayuda comienza a llegar a los núcleos afectados, la pregunta que flota en el ambiente es si la sociedad está dispuesta a cambiar el modelo de gestión del territorio. La intervención de emergencia, la pala y el camión, son necesarios, pero resultan del todo insuficientes si no vienen acompañados de una estrategia a largo plazo que devuelva la actividad al monte y a las cuencas.

Mirar al futuro para no repetir el caos

Cada vez que el cielo se desploma sobre la provincia de Ourense, la crónica tiende a repetirse con ligeras variaciones. Los patrones climáticos están cambiando y los meteorólogos advierten de que las lluvias torrenciales serán más frecuentes e intensas. Negar esta realidad es condenar al rural gallego a un bucle interminable de catástrofes y reconstrucciones que agotan los recursos y la moral de los habitantes. La solución no pasa exclusivamente por el asfalto y el cemento. Pasa por recuperar la gestión activa del monte, por limpiar los cauces de forma continuada, por mantener una masa crítica de población que ejerza de barrera natural contra las riadas y los incendios.

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Redacción Galicia Universal

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