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La UE se endurece con China: ¿qué consecuencias para la economía gallega?

La UE se endurece con China: ¿qué consecuencias para la economía gallega?

La guerra comercial entre bloques se recrudece más allá del Atlántico, y Bruselas ha decidido plantar cara a Pekín con un paquete de medidas que recuerdan a los tiempos más duros del proteccionismo. Mientras los titiriteros de la política europea ajustan sus discursos, en las rías gallegas y en los polígonos de Ourense los teléfonos no paran de sonar. Porque lo que para la UE es «defensa estratégica», para Galicia puede ser un terremoto en sectores que ya tienen el agua al cuello.

Bruselas le pone el cascabel al gato chino

La Comisión Europea ha anunciado un endurecimiento sin precedentes en sus relaciones comerciales con China, que incluye aranceles del hasta un 30 % a los vehículos eléctricos y barreras a productos tecnológicos clave. La justificación oficial es «proteger el mercado único», pero los analistas no tardaron en señalar que detrás late la sombra de la dependencia: el déficit comercial de la UE con Pekín rozó los **300.000 millones de euros en 2023**, según datos de Eurostat. Ahora bien, este movimiento no ha sentado bien en todas las capitales. Mientras países como Francia o Alemania apuestan por el frente común, el Gobierno de Pedro Sánchez se ha erigido en el abogado del diablo, advirtiendo de que «un aislamiento comercial puede salir caro a todos».

Galicia en la primera línea del fuego

Para entender el impacto en nuestra tierra hay que recordar que Galicia es la comunidad con mayor exposición a China en España. El 18 % de las exportaciones gallegas tienen como destino el gigante asiático, según el Instituto Gallego de Estadística. Y no hablamos solo de marisco o vino, que también, sino de sectores estratégicos donde la competencia china ya está ahogando la industria local. Tomemos el textil: en los últimos cinco años, las importaciones de ropa y calzado de China han crecido un **45 %**, mientras las fábricas de A Coruña y Pontevedra cerraban sus puertas una tras otra. «Es como si alguien nos estuviera ahogando lentamente con una toalla mojada», confiesa un pequeño empresario de la comarca de Bergantiños que prefiere mantenerse en el anonimato.

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Pero si hay un sector que tiembla con solo oír hablar de aranceles, ese es la pesca. Galicia captura el 60 % del pulpo y el 40 % de la merluza que se consume en Europa, y China es su segundo mercado después de la UE. «Si Pekín responde con represalias, nos quedaremos sin salida para el 25 % de nuestro volumen», explica un directivo de un puerto de la ría de Arousa. La morriña por los buenos tiempos —cuando los barcos gallegos fondeaban en aguas chinas con cargas millonarias— se ha convertido en un mal sueño del que muchos no logran despertar. De hecho, el sector ya ha pedido al Gobierno que medie para evitar que la guerra comercial acabe con lo poco que queda del sector conservero y de transformación.

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La automoción, aunque menos dependiente, tampoco se salva. Aunque en Galicia no tenemos grandes fábricas de coches, sí somos un eslabón clave en la cadena de suministro: el 22 % de los componentes que se ensamblan en los modelos alemanes o franceses lleva sello gallego. Con los aranceles a los vehículos chinos, los fabricantes europeos podrían verse obligados a buscar proveedores locales, pero la capacidad de respuesta gallega es limitada. «Tenemos las empresas, pero nos faltan inversiones y mano de obra cualificada», señala un técnico de la Federación de Empresarios de la Automoción de Galicia.

«Bruselas está jugando al ajedrez geopolítico, pero nosotros somos peones en esta partida. Si mueven la torre equivocada, nos quedamos sin rey». — Un alto cargo de la Xunta de Galicia, bajo condición de anonimato

El Gobierno de Sánchez, entre la espada y la pared

Mientras la UE avanza con su estrategia, el presidente del Gobierno ha optado por un discurso de equilibrio: por un lado, apoya las sanciones a los subsidios desleales chinos; por otro, advierte de que «una guerra comercial no beneficia a nadie». La posición gallega, sin embargo, es más clara: desde Santiago se pide que se tengan en cuenta los sectores más vulnerables antes de tomar decisiones. «No es lo mismo subir aranceles a un móvil que a una partida de percebes», subraya un asesor económico de la Xunta. Ahora bien, el problema es que Bruselas no suele mirar con lupa los matices regionales.

Lo cierto es que Galicia ya arrastra una década de estancamiento industrial. Con la crisis del textil en los 90, la reconversión naval en los 2000 y ahora la presión china, muchos temen que el golpe final esté cerca. «Aquí no nos sobra el tiempo para ponernos de perfil», asegura un sindicalista de Ferrol. Y es que, mientras los políticos discuten en Bruselas, en los muelles de Vigo o en las naves de Lugo los trabajadores siguen contando los días hasta la próxima nómina.

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Pablo Rivas

Periodista deportivo con amplia experiencia en la cobertura del fútbol y deporte gallego. Redactor de la sección de Deportes.

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