Los que andaban pendientes de la letra pequeña del Boletín Oficial del Estado estos días se encontraron con una sorpresa de calado: el Gobierno acaba de meterle mano a la estructura del FROB y del Sepblac. No es una simple mudanza de cajones. La reordenación de estos dos organismos clave, el Fondo de Reestructuración Ordenada Bancaria y la autoridad contra el blanqueo, busca, según el Ejecutivo, aumentar la eficiencia y la coordinación en un momento en que la estabilidad financiera global no está precisamente para bromas.
Lo cierto es que la decisión llega en un contexto de revisión general de la maquinaria administrativa, y aunque desde Moncloa se insiste en que es una cuestión puramente técnica, no faltan quienes lo interpretan como un movimiento para ganar en agilidad ante posibles turbulencias. El FROB, ese gigante dormido que emergió durante la crisis de 2008 para rescatar entidades, ve ahora cómo se redefinen sus funciones, mientras el Sepblac, el servicio ejecutivo de la comisión de prevención del blanqueo de capitales, se integra de forma más orgánica en la estructura del Ministerio de Economía. La pregunta del millón para un gallego es: ¿afecta esto a Abanca? La respuesta, con matices, es que no debería, pero la experiencia nos dice que en esto de la banca nunca se sabe.
Abanca, un gigante con pies de barro (financiero) muy sólidos
Para entender el impacto local, conviene recordar de dónde venimos. Abanca es, en buena medida, un hijo del FROB. Nació de las cenizas de las extintas cajas gallegas, Novacaixagalicia y Caixa Galicia, que fueron intervenidas y luego vendidas al grupo venezolano Banesco. Esa operación, cerrada en 2014, fue uno de los pocos finales felices de la reestructuración bancaria española. Desde entonces, la entidad con sede en A Coruña ha crecido a base de compras (el Popular, el Deutsche Bank en España, el CajaSur) hasta convertirse en el séptimo banco del país y en el auténtico motor financiero de Galicia.
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Conoce más →Ahora bien, que el FROB ya no tenga acciones de Abanca no significa que la entidad viva de espaldas a lo que ocurra en Madrid. La reestructuración de los organismos supervisores tiene un efecto indirecto pero real: cambia el ecosistema de la regulación. El FROB, aunque ya no sea accionista, sigue siendo un actor clave en la resolución de crisis. Si mañana hubiera un problema sistémico, sería ese fondo, ahora con una estructura más ágil, el que tendría que intervenir. Y aunque Abanca presume de unos ratios de solvencia y liquidez envidiables —un 12 % de capital de máxima calidad, muy por encima de la media del sector—, nadie está a salvo de un contagio en el mercado interbancario.
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Ver planes de hosting →La supervisión gallega en la nueva era
Lo que más preocupa en los despachos de la praza de María Pita, donde Abanca tiene su cuartel general, es el refuerzo del Sepblac. La lucha contra el blanqueo de capitales es un terreno minado, y la banca gallega, con su fuerte implantación en el tejido empresarial local y su red de pymes, está en el punto de mira de cualquier auditoría. Una supervisión más coordinada y centralizada puede ser una ventaja, al unificar criterios, o una losa, si se pierde la sensibilidad por las particularidades del tejido productivo gallego.
“La reorganización del FROB es un paso necesario para adaptar la arquitectura financiera a los nuevos tiempos, pero en Galicia estamos tranquilos porque Abanca ha demostrado una gestión ejemplar. Ahora bien, no bajaremos la guardia”, señala un alto cargo de la Consellería de Facenda consultado por este diario.
Y es que, con la morriña de quien sabe lo que costó levantar un banco gallego de verdad, en la terra se respira cierta calma tensa. La entidad que preside Juan Carlos Escotet ha hecho de la prudencia su bandera, y no parece que vaya a ser un cambio burocrático en Madrid lo que le haga torcer el rumbo. De hecho, la operación no toca ni un ápice las competencias del Banco de España como supervisor prudencial, que es el que realmente mira las cuentas de Abanca con lupa cada trimestre. Lo que cambia es la retaguardia, la red de seguridad que, ojalá, no haya que utilizar nunca más. Pero en esto de la banca, como en la vida misma, más vale tener la casa ordenada por si llega la tormenta.
La sensación general es que la medida es más cosmética que otra cosa, un lavado de cara de la administración para ganar en eficiencia. Ahora bien, para un territorio como Galicia, que ya vivió en sus carnes el desastre de las cajas, cualquier movimiento en la superestructura financiera se mira con lupa. Abanca aguanta firme, con sus 700 oficinas y sus más de 6.000 empleados, pero el ecosistema en el que nada acaba de cambiar de corriente. Habrá que seguir navegando con la retranca de siempre, pero con un ojo puesto en el BOE.
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