La Galicia de dos velocidades: cuando el futuro llega tarde a la aldea
Un territorio que se pelea consigo mismo
Galicia vive, esta semana de octubre de 2026, una paradoja que ya no admite eufemismos: mientras las ciudades del eje atlántico encadenan ciclos de pleno empleo relativo, obras de regeneración urbana y una oferta cultural cada vez más ambiciosa, buena parte del rural gallego se apaga con la misma lentitud con la que se llena de maleza el monte que nadie ya cuida. Esta doble realidad —una Galicia que crece y otra que se apaga— es la tensión de fondo que atraviesa cualquier análisis honesto de la comunidad en estos momentos. No hace falta acudir a estadísticas para percibirla: basta con recorrer la N-634, con pararse en cualquier feria comarcal de interior, con mirar la iluminación de las casas en una noche de invierno en la comarca de Terra de Melide o en las montañas orientales de Lugo.
El propietario de este diario no lo dirá con números, y con razón: lo verdaderamente relevante no está en las cifras sino en la dirección del viento. Y el viento, en mi opinión, sopla en dos direcciones contradictorias al mismo tiempo.
El mar que sostiene y la industria que duda
Comencemos por la economía, porque es donde las contradicciones se hacen más visibles. El sector naval gallego atraviesa uno de esos periodos en los que la incertidumbre se convierte en modo de vida. Los astilleros de Ferrol, Vigo y Baiona dependen de una cadena de decisiones —militares, europeas, autonómicas— que llegan siempre tarde y siempre a medias. La industria auxiliar, esa malla de pequeños y medianos talleres que constituye el verdadero tejido del naval gallego, vive pendiente de la cartera de pedidos como un enfermo pendiente del parte médico. Y sin embargo, en mi criterio, el naval gallego conserva algo que no se fabrica: una tradición técnica y una cultura del trabajo marítimo que ni Portugal ni el norte de África pueden replicar con facilidad. El problema no es de capacidad, sino de planificación pública errática. Un Estado que contrata de golpe y luego calla durante años condena a la industria a la supervivencia, no a la estrategia.
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Conoce más →El mar, precisamente, está también en el centro de la paradoja turística. La Costa da Morte, las Rías Baixas, el Camiño: Galicia ha dejado de ser un secreto. El turismo desestacionaliza poco a poco, y eso es en general una bendición para la economía costera. Pero un analista debe señalar el coste oculto: la presión sobre la vivienda en municipios costeros, donde la casa que antes alojaba a la familia del pescador se convierte ahora en apartamento turístico que vacía el pueblo en invierno. El turístico y el residencial están en conflicto abierto, y las administraciones locales —con recursos menguantes— están perdiendo esa batalla. Si no se interviene con decisión en la regulación del alquiler vacacional, Galicia corre el riesgo de construir su propia versión del problema que ya carcome al Mediterráneo.
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Ver planes de email →Monte, fuego y la deuda ambiental de décadas
No se puede escribir sobre la Galicia de hoy sin hablar del monte, y no solo porque la autumnal sucesión de incendios se haya convertido en un ritual tan trágico como recurrente. El incendio gallego no es, en el fondo, un problema forestal: es un problema demográfico y de gobernanza del territorio. Donde no hay manos que limpien, no hay ganado que paste ni joven que herede una explotación viable, el monte crece desordenado y el fuego encuentra el combustible perfecto. Cada verano vuelve la misma discusión sobre los medios aéreos y los dispositivos de emergencia, y cada verano se evita la discusión de fondo: quién es el dueño del monte gallego, esa maraña de minifundio hereditario, parcelas abandonadas y propietarios que emigraron hace medio siglo o que directamente fallecieron sin testar.
En mi opinión, la Xunta y los ayuntamientos deberían plantearse con valentía una política de paisaje, no solo de extinción: gestionar activamente el monte, incentivar el pastoreo extensivo, recuperar especies autóctonas frente a monocultivos forestales altamente inflamables. Es más caro, más lento y menos mediático que un operativo de emergencia, pero es la única respuesta seria.
Y junto al monte, la energía. Galicia se ha convertido en escenario de una carrera eólica y fotovoltaica que enfrenta dos legítimas aspiraciones: la descarbonización y la defensa del territorio. Los parques que se levantan en sierras de Ourense o las plantas solares que ocupan tierras de labradío en el sur de la provincia de Lugo plantean una pregunta incómoda: ¿a quién beneficia la transición energética y a quién cambia el paisaje? Mientras la energía generada alimente en gran medida las demandas de fuera y los municipios anfitriones vean pasar los beneficios de largo, la fractura social en torno a las renovables crecerá. Una comunidad sensible a la palabra morriña y al arraigo no puede permitirse que la transición ecológica se perciba como un nuevo despojo.
Demografía: la pregunta que lo condiciona todo
Todas las tensiones anteriores convergen en una sola pregunta: ¿quién quedará en Galicia para habitarla? La despoblación rural y el envejecimiento no son una tendencia: son una herida histórica que se cronifica. La emigración, que durante décadas fue gallega hacia América y luego hacia Europa, hoy se ha invertido parcialmente —recibimos población retornada y extranjera—, pero el flujo de jóvenes hacia Madrid, Barcelona o el extranjero no se ha detenido. Galicia retiene a quien encuentra aquí motivos profesionales o vitales, y expulsa a quien no los encuentra. La diferencia entre una región que atrae y una que expulsa no la marcan las subvenciones, sino la existencia de proyectos vitales viables: un empleo cualificado, una vivienda accesible, servicios públicos de calidad, un transporte que comunique.
Aquí es donde las infraestructuras pendientes dejan de ser un asunto técnico y se vuelven un asunto civilizatorio. Las reivindicaciones históricas —la alta velocidad plena, el corredor atlántico ferroviario de mercancías, el cierre de las autovías del interior, la modernización de los puertos— no son caprichos territorialistas: son la condición para que la Galicia interior deje de estar a horas de distancia de las oportunidades. Cada tramo pendiente de autovía en la Ribeira Sacra o en A Fonsagrada es una senda más hacia el abandono.
Conclusión: gobernar la complejidad
Este octubre de 2026, Galicia no tiene un problema, tiene varios entrelazados, y sería un error abordarlos por separado. El fuego, la despoblación, la vivienda turística, el naval, la energía y el ferrocarril son caras de una misma cuestión: cómo se distribuye el futuro en el territorio. Mi diagnóstico es claro: la comunidad dispone de capital humano, identidad y recursos más que suficientes para cerrar la brecha entre sus dos velocidades. Lo que le falta es una visión estratégica sostenida más allá de las legislaturas, que entienda que cuidar el monte es cuidar la gente, que atraer industria es retener hijos y nietos, y que ninguna comunidad puede prosperar mientras su territorio se convierta, por omisión, en un paisaje para ser contemplado desde fuera en lugar de un hogar para ser vivido desde dentro.
La Galicia del futuro se decidirá menos en los titulares que en las decisiones silenciosas sobre el monte, la vivienda y el tren. Ojalá la prudencia no siga venciendo a la ambición.
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