Profesionales de la asociación viguesa Alborada, a través del programa Panacea, están ofreciendo desde el curso pasado sesiones terapéuticas individuales a estudiantes de institutos del área de Vigo ante el auge de consumos problemáticos como los vapers con sabores, las bebidas energéticas, el alcohol y el cannabis. El trabajo, que se desarrolla semanalmente en centros de Val Miñor —con presencia en Nigrán, Baiona y Gondomar— busca atender de forma personalizada a quienes muestran un trastorno adictivo y evitar la cronificación de esas conductas. El proyecto se puso en marcha en agosto y combina intervenciones uno a uno con charlas grupales y acciones orientadas a las familias.
El principal valor del programa, explican quienes lo gestionan, es la atención individualizada: un profesional se reúne en un aula habilitada por el instituto con el alumno para conocer su historia, sus circunstancias familiares y sociales, y diseñar un itinerario de acompañamiento que no siempre coincide en duración. Según la educadora social, cada caso requiere tiempos distintos; hay estudiantes que mejoran en pocas sesiones y otros para los que el proceso se complica y exige un seguimiento más prolongado. Además de las entrevistas personales, Panacea organiza actividades colectivas y sesiones informativas dirigidas a progenitores para que comprendan riesgos y señales de alarma.
Adriana Tabares, educadora social del programa, subraya que el acceso directo al alumnado en el propio centro facilita la detección temprana y evita barreras para pedir ayuda. Junto a ella acude semanalmente al instituto la trabajadora social Nuria Álvarez, con quien comparte la labor de evaluación y derivación cuando el caso lo requiere. Estas entrevistas se desarrollan con la confidencialidad y el espacio que ofrecen las aulas cedidas por los centros, y procuran implicar al estudiante en objetivos concretos y alcanzables.
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Conoce más →Los hábitos que centran ahora buena parte de las consultas no son siempre los ligados a drogas más conocidas: las latas de bebidas energéticas de diseño llamativo y los vapers de sabores dulces resultan especialmente atractivos para adolescentes, enmascarando el amargor de la nicotina y facilitando su uso continuado. Aún así, el alcohol y el cannabis mantienen su peso como consumos recreativos habituales y siguen siendo motivo de intervención cuando afectan al rendimiento, al comportamiento o a las relaciones familiares. El equipo recalca que detectar patrones de consumo en edades tempranas es clave para evitar problemas de salud más serios en el futuro.
El programa arrancó con una pequeña plantilla compuesta por dos psicólogas, una trabajadora social y una educadora, pero la retirada de una parte de las subvenciones ha forzado la reducción de sesiones y ha limitado la capacidad de actuación. Los responsables de Panacea avisaron de que la disminución de recursos obliga a priorizar casos y reduce la continuidad en el acompañamiento, con el riesgo de perder el efecto positivo que genera la intervención sostenida en el tiempo. Ante esta situación, la asociación busca fórmulas para garantizar la continuidad del servicio y reclama mayor apoyo institucional.
En paralelo al trabajo con los estudiantes, el equipo pretende ampliar la intervención a cursos previos porque la transición de Primaria a Secundaria es, según los educadores, un momento crítico en el que emergen muchos de los problemas comportamentales que pueden derivar en consumo. Por ello aspiran a incorporar al programa al alumnado de 6º de Primaria, cuando los jóvenes afrontan el cambio de etapa y se multiplican las situaciones sociales que pueden facilitar la experimentación con sustancias. La intención, sostienen, es combinar prevención universal con intervenciones más intensivas para quienes ya presentan un consumo problemático.
Los impulsores de Panacea subrayan que la colaboración con los centros educativos es esencial: facilitar espacios, horarios y el enlace con los equipos docentes permite una detección más ágil y una respuesta coordinada. Sin embargo, advierten, esa colaboración sólo no basta si no se acompaña de financiación estable y de políticas públicas que integren la salud juvenil en el ámbito escolar. El equipo confía en que la evidencia del impacto positivo en alumnado atendido sirva para ampliar la cartera de apoyos.
La experiencia en Val Miñor pone de relieve la creciente complejidad de los consumos entre la juventud y la necesidad de reforzar programas que combinen prevención, intervención temprana y apoyo familiar. Mientras tanto, los profesionales mantienen el calendario semanal en los institutos donde trabajan y reclaman que la respuesta educativa y sanitaria se traduzca en recursos suficientes para no dejar desatendidos a quienes empiezan a sufrir las consecuencias de una adicción. Para Alborada, la apuesta es clara: intervenir en la escuela para evitar que un problema pasajero se convierta en una carga duradera para el joven y su entorno.
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