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Cuatro lucenses con síndrome de Down rompen etiquetas y consolidan su puesto de trabajo

En el Día Mundial del Síndrome de Down, cuatro jóvenes de Lugo ponen rostro y palabra a un proceso que no es ni breve ni sencillo: conseguir y mantener un empleo. Son mujeres con historias distintas pero un denominador común, la persistencia. Iria Villamarín, Carla Pereira, Alba Abuín y Sabela Arias cuentan cómo llegaron a su actual trabajo, los apoyos que recibieron y lo que les ha cambiado la vida laboral en más de una década para dos de ellas.

De las prácticas al contrato: trayectorias que hablan de continuidad

No siempre hay una línea recta entre aprender a hacer un oficio y obtener la estabilidad contractual. En el caso de Sabela Arias, la puerta se abrió en 2014 con unas prácticas en un laboratorio de análisis y control de calidad situado en el polígono industrial de la ciudad. De aquellas prácticas nacieron tareas concretas —auxiliar administrativo y de servicios— y un proceso formativo que se mantiene hoy. Sabela lo resume con claridad: entré para hacer prácticas y desde entonces continúo; «me forman, me van explicando lo que tengo que hacer».

La historia de Alba Abuín es la de la constancia. Trabaja en la sección de deportes de una gran superficie y es, según compañeros, la trabajadora con más antigüedad en esa tienda en Lugo. Son ya 11 años los que acumula en el mismo puesto, cuidando que no falte mercancía, doblando ropa y presentando las estanterías. Comenzó evitando el trato directo con el público, pero con el tiempo ha superado ese recelo: «Cuando un cliente se dirige a mí, de forma cordial, le pregunto: ¿En qué puedo ayudarle?» —dice—. Ese gesto, aparentemente simple, es la llave que abre muchas conversaciones.

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Hace apenas un año, Carla Pereira encontró empleo en una residencia de mayores. Para ella —afirma— era importante ser útil y tener actividad. Compagina el trabajo con las tareas del hogar en su casa y con su afición por el baloncesto; es seguidora del CB Breogán y no se pierde los partidos. Además, la música y la escritura asoman como aspiraciones personales con las que expande su vida más allá del horario laboral.

En este mosaico de realidades, Iria Villamarín aparece como ejemplo de autonomía: se organiza para ir en autobús al trabajo, prepara su comida y mantiene la rutina cuando su familia no está. Es reponedora en una sección que conoce «como la palma de la mano», y su independencia cotidiana es parte del relato de normalidad que buscan estas mujeres.

Un andamio de apoyos que no se limita a la contratación

Detrás de estos contratos hay una red de acompañamiento que marca la diferencia: preparadores laborales, programas de empleo con apoyo y la disposición de empresas locales a adaptar responsabilidades. El programa denominado Emprego con apoio emerge como una pieza clave: ofrece acompañamiento desde el primer día, tanto al trabajador como al empleador, y mantiene el seguimiento mientras dure la relación laboral.

«Demostrar que nos valemos por nuestros medios es tan importante como ganar un sueldo», dice una de las participantes en la iniciativa. Esa idea captura el doble efecto del empleo: aporta autonomía económica, claro, pero también integración social, rutinas y autoestima. Los preparadores ayudan a crear estrategias cotidianas —desde cómo afrontar el contacto con un cliente hasta la organización de una jornada— y sirven de puente entre la empresa y la persona con discapacidad intelectual.

Las empresas, por su parte, se benefician de trabajadores que conocen bien sus funciones y que, con los apoyos adecuados, resultan fiables. En algunos de estos casos la transición de prácticas a contratos indefinidos fue posible gracias a la adaptación progresiva de las tareas y a la voluntad de mandos intermedios. «Cuando me hicieron el contrato indefinido en mi casa hubo un subidón», recuerda con orgullo una de las protagonistas; una frase que resume lo simbólico del reconocimiento laboral.

Más allá del trabajo: deporte, música y vida social

El empleo no es el único ámbito donde se construye la independencia. Sabela compagina el laboratorio con el fútbol adaptado y con tocar en un grupo de música; la agenda se llena de actividades que le permiten socializar y ampliar su círculo. Carla, además del turno en la residencia, colabora en casa y encuentra en la música un refugio creativo. Iria, por su parte, asume responsabilidades familiares cuando es necesario y mantiene su vida con discreta autonomía.

Estas actividades —deportivas, culturales, sociales— no son decorativas. Funcionan como un entramado que refuerza habilidades sociales, disciplina y autoconfianza. También abren vías para viajar, quedar con otras personas o implicarse en la vida comunitaria de Lugo. No es casual que muchas asociaciones locales que trabajan en inclusión vinculen empleo, deporte y ocio como ejes complementarios para una inserción plena.

En la Galicia reciente hay señales de avance: más centros de formación, alguna empresa que ha apostado por puestos adaptados y programas que facilitan la transición entre aula y empleo. Pero la inscripción estadística aún muestra tasas de ocupación más bajas entre personas con discapacidad intelectual que en la población general. Por eso estos relatos lucenses tienen un valor doble: son historias individuales de éxito y, a la vez, ejemplo de políticas que funcionan cuando se aplican con rigor.

A la hora de mirar hacia adelante, las protagonistas reclaman más oportunidades estables, formación continua y el mantenimiento de los apoyos en el tiempo. La experiencia demuestra que la inversión en preparadores y en ajustes razonables compensa: reduce la rotación, mejora la convivencia y genera trabajadores implicados. Empresas pequeñas y grandes en Lugo han empezado a asumir esa lógica y, en algún caso, a recibir el beneficio práctico de contar con empleados que conocen bien su puesto.

La rutina laboral, el sueldo y las actividades fuera del empleo configuran una vida que muchas veces queda fuera de los titulares. Estas cuatro mujeres, sin embargo, convierten lo cotidiano en noticia: su presencia en un mostrador, en una residencia o en un laboratorio es una reivindicación silente de que la normalidad se construye día a día. A falta de grandes cambios legislativos, la suma de contratos estables, redes de apoyo y el compromiso de los vecinos y empresas locales es el camino más tangible para que historias como las suyas dejen de ser excepción y pasen a ser lo habitual.

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Carmen Dorado

Periodista especializada en cultura y sociedad gallega. Colaboradora habitual en medios digitales del noroeste peninsular.

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