Las Palmas de Gran Canaria, 09 MAR 2026. A sus 92 años, Dolores Campos Brito —conocida como Lola— es la alumna de mayor edad del Centro de Educación de Personas Adultas (CEPA) de Las Palmas. Dejó la escuela con seis años para cuidar de familiares y retomó las clases con cerca de 77, aprendiendo a leer, escribir y resolver operaciones. Hoy, en su cumpleaños, mantiene intactas las ganas de aprender y comparte una vida dedicada al cuidado de los demás.
## Una infancia dedicada al cuidado
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Conoce más →Lola empezó la escuela con seis años, pero solo estuvo unos meses en el pupitre. Pronto dejó las aulas para ayudar en la casa de su madrina, donde pasó gran parte de su infancia.
La familia que la acogió le dio cariño y responsabilidades. Ella no percibe esa etapa como un sacrificio, sino como una entrega propia de la época.
Poco después enfermó su madre. Con apenas ocho años asumió su cuidado. Estuvo a su lado hasta que ella falleció a los 51 años.
Esas dos décadas de dedicación interrumpieron cualquier intento de volver a estudiar. Aun así, su curiosidad siguió viva: de niña intentaba descifrar palabras en los libros a escondidas.
## Volver al aula en la madurez
Décadas más tarde, ya con el pelo canoso, decidió regresar a estudiar en el CEPA de Las Palmas de Gran Canaria. Tenía alrededor de 77 años cuando comenzó su formación para adultos.
Con algunas pausas, continuó las clases hasta hoy, y se convirtió en la alumna más veterana del centro. Sus profesores destacan su constancia y vitalidad.
- Lectura y escritura: aprendió a leer y escribir en el aula de adultos.
- Operaciones matemáticas: practica cálculos y resolución de problemas.
- Motivación: asiste con sus apuntes y las ganas de seguir aprendiendo.
En clase ha trabajado las competencias básicas que no pudo completar en la infancia. Su progreso ilustra la función social de la educación para adultos.
## Mirar atrás sin remordimientos
Lola no lamenta los años dedicados a cuidar. Reconoce que, si hubiera tenido otra vida, le habría gustado formarse como enfermera o ser narradora de historias.
Conserva recuerdos afectivos de la familia que la acogió; incluso mantuvo contacto cuando la madrina emigró a Argentina. Para facilitar la comunicación usaba cabinas telefónicas, una costumbre que evoca con ternura.
Hoy combina la rutina doméstica con las clases. Sus cuadernos y apuntes son testigos de un aprendizaje que llega en la vejez y que rompe estereotipos.
Su historia pone de relieve varios aspectos:
- La brecha educativa que obligó a generaciones a posponer la formación por responsabilidades familiares.
- La importancia de los programas de educación de adultos para ofrecer una segunda oportunidad.
- El valor social del cuidado no remunerado, normalmente asumido por mujeres.
En su barrio de San Nicolás, su ejemplo inspira a vecinos y docentes. A sus 92 años sigue yendo a clase con la misma curiosidad que la llevó a abrir un libro siendo niña.
Su recorrido muestra que nunca es tarde para aprender y que la educación puede ser un acto de reparación personal y comunitaria.
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