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El Auditorio Mar de Vigo cumple 15 años: aquel «faro» que quiso iluminar la ría

El 26 de marzo de 2011, la ciudad estrenó una infraestructura que pretendía cambiar su frente marítimo y su agenda cultural. Con la voz de Luz Casal y la soprano viguesa Begoña Salgueiro como apertura, el Auditorio Mar de Vigo inició una vida pública llena de expectativas: regenerar Beiramar, atraer congresos y conciertos y convertir en disfrute ciudadano lo que fue, durante décadas, un paisaje industrial y pesquero. Quince años después, es momento de repasar por qué nació, qué dejó atrás y qué aporta hoy a la ciudad.

Un faro proyectado después de una década de concurso

El origen del auditorio se remonta a un concurso convocado por el Concello a finales del siglo XX cuyo fallo, celebrado el 28 de marzo de 2001 —coincidiendo con la Reconquista—, proclamó ganador a César Portela. No era una decisión menor: al certamen se presentaron nombres de peso como David Chipperfield, Francisco José Mangado y José Valcárcel; incluso Santiago Calatrava figuró entre los finalistas antes de renunciar.

El proyecto de Portela se definió desde el principio como un “faro”. Él mismo llegó a asegurar que el edificio «va a iluminar la ciudad y toda la ría» y que «brillará con el sol», imagen que entroncaba con la voluntad de transformar una parcela de 26.000 m2 en el buque insignia de la regeneración del frente marítimo. La inversión prevista entonces rondaba los 12.000 millones de pesetas —unos 85 millones de euros—, una cifra que subrayaba la dimensión del proyecto para la Vigo del nuevo siglo.

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«El auditorio transmitirá la potencia de Vigo, una urbe imparable», dijo Portela en la presentación de su propuesta, asociando la pieza arquitectónica a la identidad de la ciudad.

Hubo demora: entre el concurso y la inauguración pasaron diez años de trámites, replanteamientos y financiación. Aun así, para muchos vigueses la ambición estaba clara: sustituir viejas factorías por equipamientos culturales y abrir el frente portuario al uso ciudadano, siguiendo el modelo de otras ciudades atlánticas.

De Casa MAR al auditorio: memoria de industria y pérdidas patrimoniales

La parcela de Beiramar que ocupa hoy el auditorio fue durante décadas la factoría de Casa Mar, el emporio creado por Motopesqueros de Altura Reunidos (MAR), S.A. La empresa, fundada en 1939, llegó a ser el mayor grupo pesquero privado de España, con una factoría inaugurada en 1955 que contaba con muelles propios, instalaciones de procesado y hasta producción de hielo.

Aquel complejo fue símbolo de una Vigo industrial y marinera que prosperó a partir de los años cincuenta; sin embargo, el deterioro y el abandono convirtieron la nave en una imagen de ruina a comienzos del siglo XXI. Portela había contemplado inicialmente mantener la fachada como memoria del lugar, pero el mal estado del inmueble hizo imposible su conservación y la demolición fue total. No es la primera vez que la ciudad vive el conflicto entre memoria industrial y proyecto urbano: la pérdida de elementos como la fachada de Casa Mar dejó un poso de amargura para quienes preservan otra historia de la ría.

Hoy es difícil imaginar Beiramar sin aquella fábrica. La transformación urbanística que abrió la puerta al auditorio ha traído nuevos usos —comerciales, residenciales y de ocio— pero también cuestionamientos sobre qué se sacrificó en nombre de la modernización. En las conversaciones de barriada y en los cafés próximos al paseo se recuerda todavía la silueta de los muelles y la actividad en las cocheras de la flota.

Quince años después: balance, uso cultural y retos pendientes

Desde su inauguración, el auditorio ha cumplido varias de las funciones para las que fue concebido: acoger conciertos, congresos y actos institucionales, y ofrecer un foco cultural en el frente marítimo. La presencia de figuras como Luz Casal en la jornada de apertura puso de manifiesto la ambición de convertir el edificio en un escenario capaz de atraer grandes nombres y programaciones diversas.

No obstante, la pregunta que vuelve cada vez que se celebra un aniversario es si la infraestructura ha sido capaz de mantener el impulso esperado. A falta de cifras globales de actividad en estas páginas, lo que se percibe en la ciudad es una doble realidad: por un lado, la consolidación de un equipamiento que ya forma parte del mapa cultural vigues; por otro, la necesidad de continuidad en programación, mantenimiento e integración urbana para que el auditorio no quede como una pieza aislada en Beiramar.

La actuación también ha influido en el paisaje urbano. El auditorio, con sus grandes óculos orientados al monte O Castro y a la ría, reclama visualmente su papel. Pero la regeneración del frente marítimo no se reduce al edificio: requiere políticas de movilidad, espacios verdes, equipamientos complementarios y un tejido comercial que permita que las noches y los fines de semana queden vivificados más allá de los días de evento.

Al mirar hacia el futuro, la institución debe afrontar retos cotidianos: atraer una programación estable que no dependa únicamente de grandes citas, mantener la infraestructura y buscar sinergias con el puerto, las universidades y las industrias creativas locales. También es clave recuperar memoria y restituir, de alguna forma, la historia de Casa Mar en la narrativa pública del lugar, por ejemplo mediante exposiciones o placas conmemoriativas.

Quince años después, el Auditorio Mar de Vigo conserva la promesa de quien lo concibió: ser un faro, literal y simbólico, para una ciudad que observa la ría como motor económico y como paisaje identitario. La obra no terminó el día de su inauguración; empezó entonces una fase más ardua: encajar esa ambición en la vida diaria de Vigo. Si la infraestructura ha de seguir «iluminando la ciudad y toda la ría», como vaticinó Portela, hará falta que la política cultural y urbanística local apueste por mantener viva la luz.

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Carmen Dorado

Periodista especializada en cultura y sociedad gallega. Colaboradora habitual en medios digitales del noroeste peninsular.

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