Un estudio del Barcelona Supercomputing Center atribuye al calentamiento superficial de los mares una contribución decisiva en la intensidad de la dana que azotó Valencia el 29 de octubre de 2024, aumentando las precipitaciones asociadas hasta un 40%. La investigación, publicada en la revista Weather and Climate Extremes y apoyada en simulaciones realizadas con el superordenador Marenostrum 5, concluye que tanto las temperaturas anómalas del Mediterráneo como las del Atlántico Norte jugaron un papel clave en la formación y la potencia del episodio. Los autores sostienen que la combinación de fuentes de vapor de agua locales y remotas amplificó la tormenta que provocó daños severos en la región.
El equipo científico implementó experimentos atmosféricos en alta resolución para aislar la influencia de distintos factores, entre ellos la temperatura de la superficie marina en las aguas que rodean la Península Ibérica y en áreas remotas del océano Atlántico. Según los responsables del trabajo, estas simulaciones permiten comparar escenarios con condiciones oceánicas observadas y contrafactuales en los que los mares no mostraban ese exceso de calor, de modo que se puede estimar la magnitud de la contribución del océano a las lluvias extremas. Los resultados colocan a este estudio entre los más detallados hasta la fecha sobre la interacción entre mares calientes y episodios convectivos intensos.
Los investigadores describen dos corrientes principales que alimentaron la dana. Una procedente de la cuenca oriental del Mediterráneo, entre Grecia y Turquía, que transitó hacia el oeste cargada de humedad y energía térmica; y otra que tuvo su origen en la franja entre Estados Unidos y Canadá, cruzó el Atlántico Norte, se desvió al oeste de las islas británicas y llegó a influir en la masa de aire que impactó sobre Valencia. Estas vías de aporte de humedad se vieron reforzadas por anomalías térmicas en la superficie marina, que en el Mediterráneo superaron los tres grados centígrados por encima de lo habitual en octubre de 2024.
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Conoce más →El efecto combinado de esas anomalías elevó la cantidad de precipitación generada por la dana en hasta un 40% respecto a un escenario con temperaturas marinas normales, según las estimaciones del estudio. Los autores subrayan que ese porcentaje no pretende explicar en solitario todos los factores del evento, sino cuantificar cuánto amplificó el calor oceánico la intensidad de las lluvias. El trabajo también pone de relieve la complejidad de atribuir episodios de lluvia extrema a causas únicas, frente a una realidad en la que múltiples procesos atmosféricos interactúan.
La dana del 29 de octubre fue una de las catástrofes naturales más severas registradas en España en años recientes, con consecuencias humanas y materiales profundas en la Comunidad Valenciana. La nueva investigación llega año y medio después del suceso, cuando las instituciones y la sociedad buscan respuestas para mejorar la prevención y la planificación frente a riesgos climáticos crecientes. Comprender hasta qué punto los océanos contribuyen a estos episodios es clave para afinar modelos previsionales y sistemas de alerta temprana.
El estudio se suma a un cuerpo creciente de trabajos que conectan el calentamiento de la superficie marina con una mayor frecuencia e intensidad de fenómenos extremos. Los autores insisten en que el calentamiento global no solo eleva temperaturas medias, sino que también modifica los patrones de circulación y el transporte de humedad a larga distancia, lo que puede convertir perturbaciones aisladas en eventos de gran magnitud cuando coinciden condiciones favorables.
En declaraciones recogidas por los investigadores, Ramiro Saurral, autor principal, destaca que el análisis demuestra cómo el estado térmico de océanos alejados puede influir de manera apreciable en la magnitud de una dana. Los responsables del trabajo reclaman fortalecer la observación sistemática de la temperatura superficial marina y su integración en modelos numéricos de alta resolución para mejorar la predicción de episodios extremos, una herramienta que consideran esencial para la gestión del riesgo.
La publicación también plantea implicaciones para la política climática y la planificación territorial: reducir la vulnerabilidad de infraestructuras y poblaciones pasa por incorporar escenarios que contemplen mares más cálidos y una mayor probabilidad de lluvias extremas. Los científicos piden ampliar las investigaciones para evaluar cómo variaciones en otras regiones oceánicas podrían condicionar fenómenos locales, y subrayan la necesidad de cooperación internacional en observación oceanográfica y modelización climática.
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