Vigo vivió una tarde de contrastes. Lo que comenzó como una fiesta —con la bandera de Vigo ondeando y el eco de la Reconquista todavía en la garganta tras la gesta europea en Lyon— acabó en desconcierto en Balaídos. El Celta se puso 3-1 en la primera mitad con un notable rendimiento de su segunda unidad, pero pagó la resaca futbolística y acabó perdiendo por 3-4 frente al Deportivo Alavés este domingo.
Primeros 45: eficacia, brillo individual y el inicio del desgarro
El arranque local fue tan explosivo como prometedor. Precisamente el hombre que viene sosteniendo los últimos éxitos, Ferran Jutglà, se encargó de abrir el marcador en el minuto 19 tras un pase en profundidad de Javi Rodríguez. Ocho minutos después volvió a aparecer como asistente para que Hugo Álvarez fusilara desde el borde del área. La tarde se consumía entre cánticos y la sensación de que Balaídos vivía su momento: Jutglà redondeó la faena antes del descanso con una carrera de más de 30 metros y un disparo que devolvió los recuerdos de aquel fútbol directo y vertical que en ocasiones recuerda al Ronaldo de antaño.
Cuando Toni Martínez recortó en el tiempo de descuento de la primera mitad, el resultado parecía aún manejable: 3-2 y todo por decidir. Pero el gol visitante llegó con más rédito psicológico que puramente numérico. La grada ya celebraba la fiesta de la ciudad; en el césped comenzó a notarse un exceso de confianza, un síntoma que, a la postre, sería determinante.
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Conoce más →Giro táctico y la resaca que apagó el brillo
La segunda parte no tuvo parecido alguno con los primeros 45 minutos. Quique Sánchez Flores demostró su oficio con un ajuste táctico preciso: el Alavés salió más compacto, presionando cerca de la línea de pase y aprovechando las pérdidas del Celta en zonas peligrosas. Apenas cinco minutos después del inicio del periodo, Ángel Pérez mandó el balón a la red tras un error de Carlos Domínguez, que se frenó en el área en un momento inoportuno. Era el minuto 50 y la película cambiaba de color.
El devenir del encuentro se rompió aún más cuando, un cuarto de hora después, Toni Martínez volvió a mostrar su olfato para batir a Ionut Radu con un disparo desde fuera del área. Radu arrastraba molestias musculares y su día se complicó. Cuatro minutos después, Abde Debbach culminó la remontada con un remate raso al palo izquierdo. El marcador ya decía 3-4 y el semblante en la grada, que a primera hora de la tarde había celebrado la ciudad, se transformó en incredulidad.
En medio del torbellino hubo una acción que pudo cambiar el curso: en el minuto 52 el colegiado Miguel Sesma Espinosa anuló un gol de Javi Rodríguez por una acción en la que el delantero robó el balón tras un choque con Rebbach. El VAR, a la postre, no revirtió la decisión. Fue un episodio que, más allá de la interpretación, contribuyó a aumentar la tensión y la sensación de oportunidad perdida para los olívicos.
«Soy el principal responsable, me he equivocado en todo lo que he hecho en la segunda parte», reconoció después el entrenador en un gesto que, si bien honesto, reafirma la magnitud del traspié.
La lectura táctica es clara: la frescura con la que Celta había salido se evaporó. Fallos de concentración en las coberturas, controles imprecisos en el círculo central y cierta ausencia de liderazgo en la reconstrucción defensiva permitieron a un Alavés veterano imponer su plan. La entrada de Iago Aspas no cambió la dinámica; el capitán lo intentó desde la reanudación, pero ya no quedaba espacio para la remontada local.
Repercusiones: un golpe en la pelea por Europa y lecciones para lo que queda
La derrota duele no solo por el resultado, sino por el momento de la temporada. A las cinco de la tarde, antes del pitido inicial, el Celta figuraba en puestos de Champions; al cierre del choque se quedó sin el premio y con la tarea de recomponer sensaciones a falta de jornadas clave. En los despachos y en la grada se notará la inquietud: sumar tres puntos en Balaídos no es un trámite, sobre todo cuando el calendario aprieta y cada tropiezo puede ser definitivo.
Más allá del puesto en la tabla, hay cuestiones urgentes de resolver. La gestión de los minutos del portero, la comunicación en el eje defensivo y la reacción del equipo tras el descanso son aspectos que el cuerpo técnico deberá revisar. Claudio Giráldez, que ya asumió parte de la responsabilidad, tendrá que ajustar no solo la táctica sino la preparación física y mental para evitar recaídas en días de celebración colectiva.
«Nos quedamos con cara de tontos», admitió también Jutglà, esa expresión que resume bien la sensación de una hinchada que pasó de la euforia a la tristeza en menos de una hora.
En la ciudad, la jornada no será recordada por la Reconquista ni por el brillo de Lyon, sino por la imagen lastimosa de un equipo que no supo defender una renta cómoda. Aun así, esta derrota también ofrece enseñanzas: la plantilla ha demostrado capacidad goleadora y chispa, pero necesita consistencia para transformar la ambición en hechos. El calendario no perdona, y el Celta tendrá que recuperar la concentración de inmediato si quiere mantener viva la ilusión europea que hace pocas semanas parecía real.
Balaídos tardará en olvidar el contraste de hoy: la fiesta en las gradas, el triplete de aplausos al inicio y la desazón final. Quedan semanas por delante para ajustar piezas; la prueba de fuego será en los próximos desplazamientos, donde el equipo deberá mostrar que la resaca fue puntual y no síntoma de una tendencia peligrosa. El reto, para jugadores y cuerpo técnico, es claro: volver a ser equipo cuando la ciudad vuelve a celebrar.
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