Un monje enclaustrado en San Vicente do Monte, con la pluma como única arma, cambió para siempre la forma en que Galicia y España entendieron el saber. El padre Feijoo, figura central de la Ilustración, combatió supersticiones y prejuicios desde la celda de un monasterio, abriendo las ventanas al aire fresco de la razón. Su vida y obra siguen resonando en la cultura gallega, como recordatorio de que la búsqueda de la verdad nunca es tarea simple ni cómoda.
Pocas veces un religioso gallego ha dejado una huella tan profunda en la historia intelectual peninsular. Feijoo no fue solo un hombre de fe: fue, sobre todo, un hombre que preguntaba. Y en el siglo XVIII, preguntar equivalía casi a desafiar el orden establecido.
Un monje en tiempos de cambio
Nacido en el corazón de Galicia a finales del siglo XVII, Feijoo ingresó joven en la orden benedictina. La villa de Casdemiro, cercana a Celanova, lo vio partir hacia un mundo de libros y silencios. Ya en el monasterio de San Vicente do Monte, en Oviedo, encontró el espacio y el tiempo para dedicarse a lo que más le atraía: pensar, escribir, discutir.
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Conoce más →Quien crea que la vida monacal era tranquila se equivoca. Aquellos años, marcados por guerras, pestes y crisis, no daban tregua. Sin embargo, a diferencia de otros religiosos de su época, Feijoo no se conformó con repetir dogmas. Al contrario, desde su celda, insistía en examinar cada creencia a la luz de la razón y del método científico incipiente. Un alto cargo de la Universidad de Santiago resume así su legado: «No aceptaba nada porque sí. Todo tenía que ser demostrado».
Conviene recordar que en Compostela, durante su juventud, ya se respiraba cierto aire de renovación. Los llamados «novatores», un pequeño grupo de intelectuales, comenzaban a cuestionar la tradición y a buscar respuestas en la ciencia, la observación y el debate. Feijoo se unió a ese movimiento, aunque nunca renunció a su fe. Lo suyo era una fe razonada, no ciega.
Contra la superstición, la palabra
En pleno siglo XVIII, Galicia era tierra de meigas, milagros y leyendas. Bastaba caminar por la Rúa do Franco al anochecer para escuchar relatos de apariciones y conjuros. Feijoo, sin embargo, no tenía miedo a las historias de brujas ni a las críticas de los más conservadores. Armado de paciencia, se dedicó a desmontar mitos y a denunciar fraudes.
Su herramienta principal fue la palabra. A través de ensayos, cartas y tratados, fue minando las bases de una sociedad anclada en la superstición. «Demasiado tiempo hemos creído sin preguntar», dejó escrito en uno de sus textos más célebres, según recuerdan fuentes académicas. El eco de sus argumentos llegó hasta Madrid, y algunos de sus libros fueron incluso discutidos en la corte borbónica.
Las cifras hablan por sí solas: durante su vida publicó más de una docena de volúmenes, traducidos posteriormente a varios idiomas. Buena parte de su producción se centra en desmontar falsos milagros, remedios mágicos y creencias infundadas sobre el origen de las enfermedades. No es menor el dato de que, por ello, fue objeto de críticas e incluso amenazas, especialmente desde ambientes tradicionales.
El legado vivo de un ilustrado gallego
No solo de crítica vivió Feijoo. Su pensamiento, impregnado de espíritu práctico, propuso mejoras concretas en educación, sanidad y administración pública. Basta con mirar los archivos de la Real Academia Galega para encontrar referencias a sus propuestas para la reforma universitaria o la mejora de la formación médica.
A nadie se le escapa que el contexto era hostil. Los siglos XVII y XVIII fueron testigos de una pugna sorda entre modernidad y tradición, ciencia y creencia. Feijoo, sin embargo, eligió el camino más difícil: el del diálogo. Nunca insultó ni ridiculizó, pero tampoco cedió ante la presión.
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