Mona Fastvold presenta su tercer largometraje, El testamento de Ann Lee, que llega a los cines el 13 de marzo de 2026 con una propuesta visual y sonora que no pasa desapercibida. La película reconstruye la vida de la líder de los «shakers» del siglo XVIII y opta por un formato de musical experimental para narrar su convicción de ser la reencarnación de Cristo. Esta elección estética, rica en coreografías y momentos anacrónicos, busca transmitir un éxtasis religioso que divide al espectador entre la admiración por la puesta en escena y la sensación de vacío argumental. En su mezcla de solemnidad y provocación reside el núcleo del debate que suscita la cinta.
La figura histórica de Ann Lee sirve aquí de armazón para una narración que prioriza lo sensorial sobre lo histórico. La película recrea las visiones y el fervor de la fundadora de los shakers, una mujer que sufrió la pérdida de varios hijos y transformó su dolor en una doctrina comunitaria basada en la negación del cuerpo. Fastvold traduce esos conflictos en secuencias de canto y movimiento que combinan pasajes que remiten a lo tradicional con insertos contemporáneos, buscando una especie de trance colectivo que funcione como experiencia audiovisual.
Las coreografías, ejecutadas con una intensidad que roza lo corporalmente extremo, son el elemento más discutido del filme. Sus contorsiones y la puesta en escena de masas sugieren simultáneamente represión sexual y una histeria colectiva contenida por normas religiosas, y en varios momentos provocan una desconcertante mezcla de belleza y incomodidad. Esa tensión entre lo hipnótico y lo excesivo ocasiona que la película oscile entre la solemnidad y lo que algunos espectadores podrían leer como comedia involuntaria, una deriva que Fastvold no parece querer corregir.
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Conoce más →A lo largo del metraje la directora mantiene una actitud reverente frente a su protagonista, evitando matices que pudieran cuestionar con más contundencia la figura de Lee. La película parece reacia a explorar en profundidad los efectos de su liderazgo sobre la comunidad o a indagar si el carisma religioso convivía con rasgos de fanatismo perturbador. Esa decisión formal —tratar el material como un texto sagrado— deja fuera de plano un examen más crítico del legado, lo que empobrece la dimensión psicológica e histórica del relato.
En el centro de la propuesta brilla la interpretación de Amanda Seyfried, que asume el papel con una entrega física y emocional notable; su mirada y su intensidad escénica son, sin duda, el motor del filme. Junto a ella, un reparto que incluye a Thomasin McKenzie, Lewis Pullman y Tim Blake Nelson contribuye a sostener la estructura coral de la película, aunque ninguno desborde la presencia de la protagonista. La dirección de arte y la coreografía muestran ambición y rigor técnico, y hay momentos en los que la suma de estos elementos consigue verdaderas ráfagas de belleza cinematográfica.
Pese a esos aciertos formales, el balance crítico deviene contrapuesto: la película se percibe como estilística y reluciente pero, en opinión de varios analistas, espiritualmente y psicológicamente poco comprometida. La calificación de la cinta por parte de algunos críticos sitúa su propuesta en un término medio, valorando el riesgo estético pero penalizando la falta de profundidad en la reflexión. Es decir, El testamento de Ann Lee impresiona por su envoltorio pero deja con preguntas sin resolver sobre el contenido y la intención.
Como tercer filme de Fastvold, la película confirma a una autora dispuesta a experimentar con formas y tonos, en ocasiones ganando por audacia y perdiendo por reticencia analítica. Producida en 2025 y estrenada en 2026, la obra se inscribe en una línea de cine contemporáneo que privilegia la experiencia sensorial y el riesgo formal frente a la exposición didáctica de contextos históricos. Esa apuesta hará que el filme encuentre defensores entre quienes valoran la originalidad estética y detractores entre quienes esperan un acercamiento más crítico al pasado.
En definitiva, El testamento de Ann Lee es una película que merece verse por su capacidad para provocar y por la potente interpretación de su protagonista, pero que probablemente deje insatisfechos a quienes busquen un retrato más complejo y documentado del personaje y su tiempo. Es un espectáculo visual que funciona como experiencia pero que, al cerrarse sobre sí mismo, evita confluir con el debate histórico y moral que su material biográfico parecía invitar a abrir.
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