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Entrar en un túnel ferroviario no es ocio: es una emergencia

Un suceso en Vilagarcía que obliga a mirar más allá del titular

Hay escenas que algunos siguen confundiendo con una travesura y que, en realidad, activan protocolos de alto riesgo. La entrada no autorizada de dos jóvenes en un túnel de la línea de alta velocidad a su paso por Vilagarcía, durante la tarde del domingo, no debe leerse como una anécdota local: es un recordatorio de hasta qué punto se ha normalizado acercarse a infraestructuras críticas sin medir consecuencias.

El episodio terminó con la interceptación de ambas personas al salir de la galería, en una actuación coordinada entre agentes municipales y el dispositivo de seguridad ferroviaria. No hubo que lamentar daños personales, y eso ya es una noticia en sí misma. Pero conviene preguntarse: ¿cuántas veces la suerte tapa un problema estructural que vuelve una y otra vez?

Cuando una vía de altas prestaciones se convierte en escenario de conductas imprudentes, no solo se compromete la vida de quien invade ese espacio. También quedan en juego la seguridad operativa de la red, la planificación del tráfico y la capacidad de respuesta de los servicios públicos. Lo que parece un acto individual termina siendo una cuestión de interés colectivo.

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El peligro real de una infraestructura diseñada para no ser transitada a pie

Un túnel ferroviario no es un pasillo, ni un atajo, ni un lugar para “probar suerte”. Es una zona técnica pensada exclusivamente para la circulación ferroviaria. En su interior, la visibilidad puede resultar engañosa, las distancias se perciben mal y la capacidad de reacción humana es mínima si se aproxima una circulación. Además, el entorno reduce opciones de escape y multiplica la sensación de desorientación.

A eso se suma un elemento que suele ignorarse: la velocidad de paso. En líneas modernas, el margen entre detectar un tren y poder apartarse puede ser insuficiente incluso para una persona en buena forma física. La combinación de ruido, corriente de aire y reverberación acústica complica todavía más cualquier decisión en segundos críticos.

“No estamos ante una falta menor de urbanidad. Entrar en un túnel ferroviario sin permiso puede derivar en una situación irreversible en muy poco tiempo”, resume un responsable de seguridad consultado por este periódico.

La percepción social del riesgo también ha cambiado. Las redes premian la imagen impactante, y algunos entornos industriales o ferroviarios se convierten en fondo para vídeos que buscan visibilidad digital. El problema es que la lógica del “contenido” no entiende de protocolos de circulación ni de distancias de frenado. La infraestructura, por su parte, no negocia con la imprudencia.

Más que una multa: coste público y tensión para todo el sistema

En casos como el de Vilagarcía, la respuesta administrativa suele traducirse en sanciones relevantes. Pero reducirlo todo a “se enfrentan a una multa” sería simplificar en exceso. Cada intrusión moviliza recursos humanos, obliga a verificar zonas sensibles y puede condicionar la explotación normal de la línea, con impacto potencial sobre usuarios que no tienen ninguna relación con el incidente.

También hay un coste menos visible: el desgaste de los equipos que atienden estas situaciones. Policía local, personal de seguridad ferroviaria y operadores técnicos dedican tiempo y medios a neutralizar una conducta evitable. En términos de política pública, esto implica desviar atención de otras urgencias y asumir una carga que, en origen, nace de una infracción clara.

Desde el punto de vista legal, la entrada en áreas restringidas de la red puede acarrear expedientes por incumplir la normativa de seguridad en infraestructuras estratégicas. Si además hay alteración del servicio o riesgo para terceros, la gravedad práctica del hecho se eleva. No hace falta dramatizar para admitir una evidencia: estas conductas no son “jueg

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Miguel Ángel Vázquez

Redactor especializado en economía y empresas. Cubre la actualidad económica de Galicia y España para Galicia Universal.

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