Evelio Traba, en un artículo publicado el 10 de marzo de 2026 en La Región con sede en Ourense, alerta sobre la creciente dependencia a los dispositivos digitales y reclama una reducción urgente de la sobreestimulación electrónica para recuperar la atención y el sentido vital. El columnista sitúa el problema en el hogar y en la escuela y señala que la penetración de las redes sociales y las notificaciones genera ansiedad crónica y pérdida de capacidad de concentración. La pieza parte de la constatación de que los móviles han dejado de ser meras herramientas para convertirse en elementos centrales de la identidad, especialmente entre los jóvenes. El autor advierte que esa relación asimilada con la tecnología está erosionando recursos psicológicos básicos y reclama medidas individuales y colectivas.
Traba remite a la literatura distópica clásica para subrayar su tesis: obras como 1984, Un mundo feliz y Fahrenheit 451 dejan de ser futuros hipotéticos y se convierten en espejos incómodos del presente. En ese contexto evoca las predicciones de Aldous Huxley sobre una sociedad donde el consumo y el entretenimiento servían para domesticar voluntades, una idea que, según el articulista, encuentra hoy correspondencias en los mecanismos de la economía de la atención. Lejos de una lectura melodramática, Traba plantea que la evidencia empírica —observaciones cotidianas y testimonios— muestra cómo el bombardeo permanente de estímulos altera ritmos mentales y emocionales.
El texto enfatiza el papel de los teléfonos inteligentes como una suerte de prótesis identitaria que acompaña cada gesto y decisión. Para muchos adolescentes, explica el autor, el teléfono ya no es solo una herramienta de comunicación sino un repositorio de validación social; su ausencia puede provocar reacciones físicas y emocionales intensas. Ese vínculo con el artefacto, añade, convierte la búsqueda de sentido en un consumo de recompensas inmediatas y perpetúa la sensación de estar perdiéndose algo, una experiencia que alimenta la ansiedad y puede favorecer episodios depresivos.
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Conoce más →Como ejemplo de la tensión social asociada a este fenómeno, Traba cita la iniciativa Off February, que propuso en febrero prescindir durante 28 días de las aplicaciones de redes sociales. La campaña, muy difundida en España, evidenció la dificultad real para desprenderse del flujo constante de notificaciones: muchos participantes abandonaron el reto al cabo de pocas horas o días, y en varios casos la propuesta terminó operando como una prueba de resistencia más que como una reparación del sentido. El autor interpreta este resultado como un síntoma de la urgencia con la que se busca significado, y no simplemente una competición virtual más.
En términos de salud mental, el columnista advierte sobre la normalización de la sobreestimulación y sus efectos acumulativos. Señala que, además de la ansiedad, hay un gradual deterioro de la atención sostenida y de la capacidad para el pensamiento profundo, funciones necesarias para la creatividad y la deliberación. Traba evoca casos concretos de jóvenes que experimentan crisis de pánico o taquicardias ante la pérdida temporal de contacto con sus dispositivos, y subraya que estas reacciones no deben relativizarse como anécdotas sino atenderse como señales clínicas y sociales.
La propuesta del autor no pasa por renegar de la tecnología, sino por recuperar prácticas de higiene mental que permitan reconstituir ritmos de autorregulación. Reducir el tiempo de pantalla, promover espacios de conversación cara a cara y volver a valorar el intercambio de palabras y gestos sin mediadores digitales son, según Traba, medidas necesarias para rescatar funciones cognitivas deterioradas. En su opinión, la desconexión consciente debería ser entendida como una herramienta preventiva, comparable al descanso físico o a una dieta equilibrada.
Traba también apunta a la responsabilidad colectiva: familias, centros educativos y administraciones públicas tienen un papel en la configuración de entornos que favorezcan la atención y el encuentro presencial. Plantea que las políticas públicas y las prácticas escolares deberían incorporar criterios concretos para reducir la exposición innecesaria a pantallas y para enseñar habilidades de autorregulación frente a las plataformas diseñadas para captar la atención. No se trata de demonizar dispositivos, sino de regular el contexto en el que operan.
En su cierre, el articulista insiste en que fuera de la pantalla existe una vida «cruda y preciosamente real» que reclama ser mirada sin filtros ni algoritmos, y que la recuperación de esa experiencia pasa por gestos cotidianos y por una voluntad social de frenar la espiral de la sobreestimulación. La advertencia es sencilla y urgente: para preservar la salud mental y la capacidad de atención colectiva hace falta menos brillo electrónico y más encuentros humanos sin mediación. Ese, concluye Traba, es el primer paso para empezar a evadirse del hechizo digital.
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