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Voluntarios que acompañan a mayores en Santiago para combatir la soledad en urgencias y durante ingresos

Un pequeño grupo de vecinos de Santiago ha convertido en rutina una tarea discreta y necesaria: acompañar a personas mayores de residencias que llegan solas al hospital. Encabezada por Romina Molina y con la ayuda de la hermana Lourdes Hernández, la iniciativa —nacida alrededor de la parroquia de San Fernando bajo el respaldo del párroco José María Pintos— lleva casi dos años ofreciendo compañía, trámites y cuidado básico en momentos críticos dentro del Complexo Hospitalario de Santiago y consultas externas.

El acompañamiento en primera persona

La idea surgió de forma espontánea, recuerdan sus promotores, cuando un aviso por teléfono alertó sobre una mujer mayor ingresada que no tenía a nadie. Aquella llamada fue la chispa: a partir de ahí se organizó un protocolo de actuación para atender casos similares y, con el visto bueno de las residencias, empezar a intervenir con coordinación previa. No se trata de una actividad parroquial en sentido estricto, subrayan sus impulsores, pero el contacto desde la iglesia facilitó el puente con centros geriátricos y les dio visibilidad.

Desde junio de 2024 este grupo Voluntariado de Acompañamiento Hospitalario consiguió formar a doce voluntarios, aunque en la práctica ahora son alrededor de siete quienes pueden salir de forma habitual. El abanico humano es amplio: hay gente joven, profesionales jubilados, personas de mediana edad de perfiles muy distintos que comparten tiempo y disposición. Su trabajo comienza cuando una residencia notifica la necesidad: no pueden entrar al hospital sin esa llamada previa, y a partir de ahí realizan traslados a urgencias, acompañan en ingresos y se encargan de que la persona llegue a consultas médicas con la calma y la dignidad que merece.

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En cifras aproximadas, el grupo suma cerca de diez traslados a urgencias, siete ingresos hospitalarios y alrededor de cuarenta consultas médicas acompañadas desde que empezaron. Aun así, la limitada disponibilidad les obliga a trampear decisiones difíciles; según relatan, han tenido que dejar sin atender hasta siete solicitudes por falta de manos. Esa realidad plantea la pregunta que ronda a quienes mantienen la iniciativa: ¿cómo sostener un servicio que la red pública no cubre y la demanda multiplica?

Un problema con raíces profundas en Galicia

La soledad no deseada entre las personas mayores no es una anécdota en esta comunidad. Galicia, con una población envejecida y una dispersión territorial que tensiona los cuidados, ve cómo el círculo de apoyo social de muchos residentes se reduce con el paso del tiempo. No es la primera vez que las parroquias y organizaciones vecinales llenan huecos que las políticas públicas todavía no alcanzan: la implicación de la iglesia de San Fernando en este caso es un ejemplo contemporáneo de una tradición local que mezcla lo comunitario con lo asistencial.

En el entramado hospitalario, las urgencias y las consultas externas pueden resultar intimidantes para quien llega sin acompañamiento: mover historiales, explicar síntomas, ayudar a comer o simplemente sostener una mano durante la espera son tareas que marcan la diferencia entre un ingreso traumático y uno humanizado. Los responsables del proyecto señalan que, si una sola habitación puede exhibir dos pacientes sin acompañante, la magnitud del fenómeno en el conjunto del hospital es mucho mayor de lo que parece a primera vista.

Repercusiones y pasos siguientes

Mantener el servicio exige más que buena voluntad. Los voluntarios subrayan la necesidad de formación específica —gestión emocional, protocolos sanitarios básicos, conocimientos sobre la movilidad y la administración hospitalaria— y el establecimiento de acuerdos formales con residencias y con el propio centro sanitario. Un convenio con el Concello de Santiago y la implicación del Servizo Galego de Saúde facilitaría la logística y la seguridad jurídica, argumentan, aunque por ahora la apuesta ha sido perfectamente voluntaria y sostenida con recursos propios y apoyo comunitario.

La experiencia acumulada permite también pensar en replicabilidad. Con un protocolo claro y una red amplia de voluntariado se pueden reducir los casos no atendidos y crear un dispositivo de respuesta similar en otros concellos gallegos donde la situación de las residencias y la falta de acompañamiento afecta con la misma crudeza. Pero, para eso, hace falta reforzar la llamada a la sociedad civil: más personas con tiempo y compromiso, así como entidades que aporten formación y respaldo institucional.

Quienes coordinan la iniciativa insisten en que no se trata solo de resolver trámites administrativos: la presencia humana modifica el curso de una jornada hospitalaria y dignifica el proceso de enfermedad o recuperación. Ese valor intangible, difícil de medir con estadísticas, es el que impulsa a Romina Molina y al reducido grupo que ahora mismo mantiene la red. A falta de un apoyo más estructurado, pedirán en las próximas semanas mayor visibilidad en los canales municipales y conversaciones con las residencias para ampliar la base de voluntarios.

Al final, la lección es simple pero potente: los rostros que reciben un ingreso al hospital o esperan en una consulta no son números. La labor de acompañamiento demuestra que, en una ciudad como Santiago que conserva memoria colectiva y redes parroquiales, los gestos cotidianos siguen siendo la mejor medicina contra la soledad no deseada. Si la sociedad quiere que esto deje de ser un parche, deberá comprometerse a sostenerlo con recursos y organización. Mientras tanto, un puñado de vecinos continúa ejerciendo esa compasión activa que muchas veces marca la diferencia entre llegar solo y llegar acompañado.

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Carmen Dorado

Periodista especializada en cultura y sociedad gallega. Colaboradora habitual en medios digitales del noroeste peninsular.

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