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La guerra en Irán desata los llamamientos a la movilización de líderes religiosos chiíes

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El pasado domingo, en marzo de 2026, el influyente ayatolá Al Sistani, radicado en Irak, emitió una fatua que instaba a la movilización popular en apoyo de Irán tras el asesinato del líder supremo iraní, Ali Jamenei, en los primeros compases de la ofensiva en un ataque atribuido a Israel. La proclamación pide a los fieles participar en concentraciones públicas y considera ese apoyo una obligación colectiva ante la crisis actual. La llamada se produce en un contexto ya muy tensionado por enfrentamientos regionales y por peticiones de revancha de otros clérigos chiíes, que en algunos casos han instado a la yihad. Analistas y autoridades temen que la exhortación pueda traducirse en presión social y en acciones más violentas si el conflicto se prolonga o escala.

La fatua de Al Sistani —que rara vez se pronuncia sobre conflictos entre Estados— ha sido interpretada por algunos como un movimiento de gran calado por su capacidad de convocatoria, aunque de tono relativamente comedido si se compara con llamamientos anteriores. En su respuesta a una pregunta teológica, el ayatolá subrayó la obligación colectiva de apoyar públicamente a Irán «durante la crisis actual» y remarcó que la decisión de participar recae en el individuo. Ese matiz ha sido leído como una invitación a la movilización cívica más que como una orden de tomar las armas, algo que, en la memoria colectiva iraquí, tuvo consecuencias muy concretas en el pasado.

El peso religioso de Al Sistani es enorme en el seno del chiismo: establecido en la ciudad santa de Nayaf, su autoridad moral y jurídica le convierte en uno de los principales referentes de los ‘marja’, los teólogos con potestad para emitir dictámenes religiosos. Para entender su influencia, investigadores como Marc Morató-Aragonés señalan que en la práctica representa lo más parecido a una figura central en el chiismo, comparable en términos de respeto a la figura que representa el Papa en el catolicismo, aunque sin la misma estructura jerárquica universal.

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En 2014, cuando la amenaza del Estado Islámico llegó a las puertas de Bagdad, Al Sistani sí lanzó un llamamiento a las armas que llevó a cientos de miles de iraquíes a enrolarse en las Fuerzas de Movilización Popular para combatir a los yihadistas suníes. Aquella movilización demostró cómo una exhortación religiosa puede traducirse en una respuesta rápida y masiva sobre el terreno. En esta ocasión, la diferencia reside en que no se ha pedido de forma explícita el alistamiento en grupos armados, lo que para muchos observadores modera la lectura inmediata del pronunciamiento.

Mientras tanto, en Irán varios líderes clericales han ido más allá y han hecho llamamientos abiertamente beligerantes, promoviendo la idea de una yihad para «vengar» la muerte de Ali Jamenei. Las protestas provocadas por el magnicidio se han producido en diversos países con comunidades chiíes, aunque por ahora la mayoría de esas concentraciones han sido contenidas por las fuerzas de seguridad o han discurrido sin grandes incidentes. No obstante, la posibilidad de que surjan ataques aislados o que grupos radicalizados intenten aprovechar la tensión no puede descartarse.

Expertos en política y seguridad advierten de que la movilización social impulsada por autoridades religiosas puede complicar los esfuerzos militares de Estados Unidos e Israel en la región y dar lugar a una escalada indirecta del conflicto. Según el profesor Nader Hashemi, la orden de figuras respetadas para la resistencia y la movilización podría traducirse en una mayor actividad de milicias prochiíes y en ataques dirigidos contra objetivos occidentales, lo que colocaría a Washington y Tel Aviv en una situación más delicada.

La comunidad chií mundial reúne entre 130 y 190 millones de personas repartidas desde el subcontinente indio hasta África occidental, lo que explica la capacidad de ciertas llamadas religiosas de generar reacciones transfronterizas. Sin embargo, la respuesta concreta a la fatua dependerá en gran medida de las dinámicas internas de cada país, de la mano que ejerzan sus gobiernos sobre las movilizaciones y de la existencia de redes organizadas que puedan convertir el respaldo simbólico en acciones coordinadas.

En Irak, el llamamiento de Al Sistani ha sido recibido con especial atención por su peso institucional y por la memoria de movilizaciones previas. Fuentes sobre el terreno señalan que, por ahora, la respuesta popular ha sido mayoritariamente de carácter testimonial y de protestas en las plazas, pero advierten que el escenario podría cambiar si se producen nuevas incursiones militares, una invasión regional o atentados que radicalicen a parte de la población.

El conflicto que se ha desencadenado a raíz del asesinato de Ali Jamenei mantiene a Oriente Próximo en una fase de alta tensión y observación internacional. Los llamamientos de autoridades religiosas como Al Sistani subrayan la dimensión religiosa y social de la crisis y elevan el riesgo de que una guerra entre Estados derive en episodios de violencia irregular. Pese a la contención momentánea de las protestas, diplomáticos y analistas coinciden en que la situación sigue siendo frágil y que las próximas semanas serán decisivas para determinar si las exhortaciones religiosas se limitan a movilizaciones simbólicas o desembocan en una escalada más peligrosa.

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Redacción

Periodista de Galicia Universal.