Un equipo de ingenieros de Australia ha presentado en marzo de 2026 una técnica para transmitir datos que se mimetizan con el brillo térmico del entorno, de modo que la propia existencia de la comunicación resulta difícil de detectar. Investigadores de la Universidad de Nueva Gales del Sur y de la Universidad de Monash han desarrollado prototipos en los que una forma de luminiscencia negativa permite que una señal se mezcle con la radiación infrarroja ambiental, lo que podría ser crucial para comunicaciones sensibles en defensa, banca y protección de la privacidad. La demostración, realizada en laboratorio, combina nuevos emisores —conocidos como diodos termorradiativos— y receptores diseñados para extraer mensajes que a simple vista parecen ruido térmico. Los autores sostienen que ese camuflaje de la transferencia de información añade una capa antes incluso del cifrado convencional.
La técnica se explica en un trabajo publicado en la revista Light: Science & Applications y firmado por varios investigadores del equipo; entre ellos figura el autor principal Michael P. Nielsen. Según el estudio, la clave reside en aprovechar la llamada luminiscencia negativa: un fenómeno por el cual un dispositivo puede alternar entre estados que emiten menos radiación que su entorno y estados normales, creando patrones que solo un receptor específico puede desentrañar. En los experimentos de laboratorio los prototipos alcanzaron velocidades del orden de 100 kilobytes por segundo con el equipo actual, y los autores apuntan a que con mejoras en materiales y diseño la tasa podría escalar a megabits o incluso gigabits por segundo.
Los ensayos se hicieron con semiconductores como el telururo de cadmio y compuestos de mercurio, materiales que facilitan la modulación en el infrarrojo medio pero plantean problemas por su toxicidad. Por esa razón el grupo ya investiga alternativas menos dañinas y evalúa el uso de materiales de alta conductividad, como el grafeno, para mejorar la eficiencia y la potencia de emisión. La necesidad de cambiar la materia prima responde tanto a criterios de rendimiento como a exigencias prácticas para una posible producción a mayor escala y para cumplir normas ambientales y de seguridad.
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Conoce más →El funcionamiento es sencillo en concepto: un emisor termorradiativo «apaga» o reduce su emisión respecto al fondo térmico y luego la restablece siguiendo un patrón que codifica información. Para un observador no preparado, la secuencia se confunde con el ruido térmico y no sobresale en cámaras infrarrojas convencionales, lo que hace la transmisión difícil de detectar. Solo un receptor con diseño y sincronización adecuados puede recuperar la señal útil; ese requisito de exclusividad es lo que convierte la técnica en una suerte de esteganografía térmica.
Los autores subrayan que esta aproximación no pretende sustituir la criptografía clásica, sino complementarla: mientras que el cifrado protege el contenido del mensaje, la luminiscencia negativa busca ocultar la propia presencia del flujo de información. Esa doble capa podría ser atractiva para fuerzas armadas, servicios de inteligencia o entidades financieras que manejan operaciones de alto riesgo, según los investigadores. Al mismo tiempo, los expertos alertan sobre el lado oscuro de la tecnología, que podría ser explotada por actores maliciosos para comunicaciones clandestinas.
La publicación incluye una referencia DOI y detalles experimentales que permiten reproducir el experimento en condiciones controladas: Balancing positive and negative luminescence for thermoradiative signatureless communications, Michael P. Nielsen et al., Light: Science & Applications (2026), DOI: https://doi.org/10.1038/s41377-025-02119-y. La documentación técnica describe los criterios de diseño de los diodos, las frecuencias empleadas en el infrarrojo medio y las pruebas de transmisión y recuperación de datos en un entorno de laboratorio controlado.
Fuentes académicas contactadas por este periódico valoran la innovación como un avance importante en la física aplicada y en seguridad de las comunicaciones, pero subrayan la distancia entre un prototipo y un despliegue operativo. La transición a sistemas comerciales requerirá resolver problemas de escalabilidad, robustez ante interferencias y seguridad del receptor, además de abordar las implicaciones regulatorias y éticas. También habrá que evaluar la detectabilidad frente a sensores avanzados y técnicas de vigilancia cada vez más sofisticadas.
En Galicia, donde la sociedad y las instituciones públicas muestran interés creciente por la ciberseguridad, este tipo de desarrollos reabre el debate sobre las herramientas disponibles para proteger información crítica y la necesidad de marcos normativos que regulen nuevas formas de comunicación indetectable. Mientras los investigadores australianos trabajan en optimizar materiales y aumentar las tasas de transferencia, la comunidad tecnológica europea seguirá atenta a las prestaciones y riesgos de lo que algunos describen ya como la próxima frontera del camuflaje informativo.
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