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La NASA vigila una sonda de 600 kg con riesgo de reentrada: probabilidad de impacto de 1 entre 4.200

La NASA vigila una sonda de 600 kg con riesgo de reentrada: probabilidad de impacto de 1 entre 4.200

La agencia espacial estadounidense ha confirmado que la sonda Van Allen Probe A, lanzada en 2012 y de unos 600 kilos, se encuentra en una trayectoria que la llevará a reentrar en la atmósfera terrestre en las próximas horas, con la posibilidad de que fragmentos alcancen la superficie. Los modelos actuales sugieren que buena parte de la estructura se desintegrará por el calor del reingreso, pero el tamaño del vehículo hace plausible que piezas pesadas sobrevivan. El seguimiento se intensifica ahora mismo desde centros de control y observatorios internacionales para acotar la ventana de caída y reducir la incertidumbre sobre el lugar de impacto. La NASA ha calificado el riesgo de causar daño a personas como bajo, situándolo en torno a 1 entre 4.200, aunque insiste en que no es nulo.

Los cálculos de reentrada combinan observaciones radárica y ópticas con modelos atmosféricos que cambian con la densidad y la actividad solar. Esa variabilidad es la que mantiene una franja amplia de posibles puntos de llegada a la atmósfera; hasta que los coeficientes de arrastre y el estado real de la estructura no se confirmen, los pronósticos solo pueden estrecharse a corto plazo. Fuentes de la propia agencia explican que ofrecerán estimaciones más precisas a medida que la sonda pierda altura y se integren nuevas pasadas de seguimiento. Por ahora, la previsión temporal habla de horas, no de días, lo que obliga a una vigilancia continuada.

En su comunicado público, la NASA ha recordado que los cuerpos de este tamaño tienen mayor probabilidad de dejar restos que alcancen tierra firme frente a objetos más pequeños que se consumen por completo. La agencia mantiene protocolos establecidos para estos casos, que incluyen la coordinación con autoridades civiles y centros de monitoreo internacional para evaluar zonas de riesgo. Aunque las probabilidades de daño a la población son remotas, los equipos técnicos no descartan la caída de piezas aisladas en áreas habitadas, por lo que se trabaja en la obtención de una elipse de reentrada más ajustada. Cualquier actualización relevante se trasladará a las autoridades pertinentes y, si procede, a la ciudadanía.

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La Van Allen Probe A formaba parte de una misión para estudiar los cinturones de radiación que rodean la Tierra y fue lanzada en 2012 con la misión de recopilar datos sobre las partículas cargadas que afectan al campo magnético. Tras años de funcionamiento y tras completar sus objetivos científicos, la nave quedó fuera de servicio y sin un plan de desorbitación activo, una circunstancia que hoy explica por qué sigue en órbita como un objeto inerte. Su masa y su arquitectura la convierten en uno de esos restos orbitales cuya reentrada puede generar incertidumbre sobre la supervivencia de ciertos elementos. Los expertos llevan tiempo advirtiendo que la falta de medidas de final de vida para muchas misiones aumenta la probabilidad de eventos como el actual.

El divulgador y especialista en basura espacial Joan Anton Català Amigó describe a estos artefactos como «satélites zombis» que persisten en órbita sin control. Català apunta que la ausencia de una maniobra controlada de desorbitación multiplica la posibilidad de que fragmentos sustanciales lleguen al suelo, aunque subraya que la estadística sigue siendo favorable respecto a causar víctimas. El experto pide que se aceleren las medidas de mitigación y que las nuevas misiones incluyan desde su diseño opciones viables para garantizar una reentrada segura. También recuerda que la percepción pública del riesgo suele ser mayor que el riesgo real, lo que exige transparencia y comunicación clara por parte de las agencias.

El episodio se enmarca en un problema creciente: la acumulación de chatarra orbital que, según estimaciones de la comunidad científica, deposita en la atmósfera semanalmente la masa equivalente a un coche y cada varios meses fragmentos comparables a un autobús. La mayoría de esos residuos termina en el océano o sobre zonas despobladas, pero en ocasiones han alcanzado áreas habitadas con daños materiales. En 2025 se registró la caída de un fragmento pesado en las cercanías de una aldea en Kenia y, en otra ocasión reciente, restos impactaron en la cubierta de una vivienda en Florida, sin causar víctimas pero dejando patente el potencial riesgo.

El incidente vuelve a poner sobre la mesa la necesidad de normas más estrictas para la gestión de la vida útil de las naves y la responsabilidad de las agencias y empresas que lanzan vehículos al espacio. Algunas propuestas públicas y privadas pasan por sistemas de remolque orbital, propulsión de desorbitación o diseños que favorezcan la combustión total en la atmósfera. Mientras tanto, las misiones actuales y futuras están obligadas por protocolos de seguimiento y notificación que intentan minimizar impactos inesperados y proteger a la población.

Por el momento, la prioridad de los controladores es afinar la trayectoria a partir de las próximas mediciones y determinar el área de reentrada con la mayor precisión posible. La NASA y otros observatorios internacionales continúan actualizando la información y coordinándose con organismos locales donde pudiera haber un riesgo, aunque la previsión oficial mantiene la probabilidad de daño humano en torno a 1 entre 4.200. Se recomienda prudencia ante la difusión de rumores y esperar los comunicados oficiales conforme se acerque la ventana de reentrada.

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Redacción

Periodista de Galicia Universal.