Juan José Millás publicó el 12 de marzo de 2026 en Faro de Vigo una columna en la que sostiene que, en la vida pública y privada, la ausencia de la «verdad» rígida puede ser una ventaja. El artículo parte de un debate radiofónico reciente y plantea que quienes no se sienten obligados a tener siempre la razón disfrutan de una mayor libertad para cambiar de opinión y evitar confrontaciones. Millás argumenta que el afán por poseer la certeza convierte las ideas en bienes que hay que proteger y que eso genera tensiones constantes en la convivencia democrática. La reflexión enlaza con una observación de una investigadora sobre la conveniencia de no casarse con las propias convicciones.
El eje del texto recorre la idea de que reclamar la razón equivale hoy a defender una propiedad: exige pruebas, documentación y una vigilancia permanente contra quienes disputan ese terreno. El columnista describe la dinámica como una especie de hipoteca moral: quien se proclama dueño de la verdad vive en alerta, temeroso de perderla en cualquier discusión. Esta metáfora sirve para explicar por qué el debate público se endurece y por qué la política y la opinión suelen polarizarse con facilidad. La imagen funciona como una advertencia sobre los costes de la seguridad dogmática.
Frente a esa defensa acalorada de lo propio, Millás sitúa la figura del que no tiene razón y, por tanto, se desplaza con menos carga. Esa persona no necesita justificar cada afirmación, no está obligada a demostrar constantemente el origen de sus argumentos y puede rectificar sin que la rectificación se convierta en un escándalo. Esa ligereza, escribe, supone una ventaja práctica: permite conversar y corregir sin que la discusión derive en una disputa por la titularidad de la verdad. La duda, según el autor, cumple la función de airear las certezas acumuladas.
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Conoce más →En la columna se recoge además el testimonio de Florence Gaub, directora de Investigación del Colegio de Defensa de la OTAN, quien en una entrevista reciente reconoció que ha aprendido a «no casarse» con las ideas y a soltarlas cuando dejan de ser útiles. Su consejo aparece como una lección profesional que trasciende el ámbito militar y político: dejar atrás convicciones inútiles facilita la adaptación a escenarios cambiantes. Gaub participa así en la reflexión sobre la flexibilidad intelectual como virtud frente a la rigidez doctrinal.
El autor introduce también una referencia cultural y filosófica: Kant, a quien presenta irónicamente como afortunado, porque tuvo la oportunidad de formular críticas y sistemas en un contexto que permitió su difusión y conservación. Millás sugiere que la razón no siempre es un descubrimiento sólido y definitivo, sino a veces un golpe de suerte, comparable a encontrar una moneda en la acera. Esa comparación sirve para relativizar la idea de pertenencia absoluta a la verdad y para recordar que las convicciones pueden ser circunstanciales.
El comentario periodístico no se queda en la reflexión abstracta y analiza el efecto práctico de esta actitud en los debates actuales: la exigencia de escrutar cada afirmación con minuciosidad transforma la discusión en un combate. El artículo señala que esa dinámica alimenta el espectáculo político, donde el objetivo pasa a ser mantener y blindar una posición en vez de explorar matices o reconocer errores. Para Millás, esa teatralización perjudica la convivencia y empobrece la calidad del discurso público.
Asimismo, el texto plantea una propuesta implícita: la conveniencia de asumir parcialidades y adoptar una postura más tolerante con la incertidumbre. Defender una idea no debería significar encerrarse en ella con la amenaza de que cualquier cambio sea etiquetado como incoherencia. La posibilidad de revisar criterios y de convivir con la duda, insiste el autor, facilita el diálogo y reduce la agresividad retórica que conduce a la polarización.
En su cierre, Millás aboga por una actitud intelectual más suelta, que permita a las opiniones volar sin reclamarlas como propiedades inalienables. La invitación a ventilar las certezas, a no petrificarlas, busca recuperar la conversación como mecanismo de aprendizaje colectivo. En una época marcada por la prisa y la crispación, el columnista propone la modestia intelectual como herramienta para mantener la convivencia y convertir la discrepancia en oportunidad de entendimiento.
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