El 12 de marzo de 2026, en una reseña publicada en La Región de Ourense, el crítico Evelio Traba recuperó la novela Delphine de Vigan, «Las gratitudes» (Anagrama, 2019), para subrayar su sensibilidad hacia asuntos como el agradecimiento y el perdón. La pieza sitúa la novela como un relato íntimo sobre cómo los pequeños gestos ajenos configuran la vida de las personas y por qué conviene atender a esas deudas morales. Traba defiende que la obra, pese a su aparente sencillez, encierra una fuerza ética y narrativa que merece ser leída con calma y atención.
La trama arranca con el declive de Mishka Seld, una mujer mayor que, tras sufrir un episodio cerebrovascular, pierde parte de su autonomía y necesita cuidado en una residencia especializada. Mishka presenta alteraciones del lenguaje que la hacen sustituir palabras por otras próximas en sonido pero lejos en sentido, lo que complica su comunicación y subraya la fragilidad de su mundo interior. Ante esa situación, su vecina de siempre se convierte en su apoyo esencial y ayuda a gestionar la nueva fase de dependencia. Ese traslado de la vida autónoma a la dependencia marca el tono confesional y melancólico de la novela.
El motor narrativo es, sin embargo, una petición concreta: Mishka pide a Marie que publique un anuncio en busca de la pareja que la salvó de la deportación en 1942, un matrimonio que sólo recuerda por los nombres de Henri y Nicole y que vivía en La Ferté-sous-Jouarre. Esa búsqueda activa activa recuerdos, visitas y una red de personas que entrelazan pasado y presente sin grandes aspavientos. La resolución de esa indagación no recurre al efecto dramático sino a una conclusión serena y poderosa que el lector descubre al final del libro. La novela se desarrolla así como una serie de pequeñas revelaciones que construyen un desenlace de alto impacto emocional.
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Conoce más →La narración alterna las visitas de Marie —la vecina que protegió a Mishka en su infancia— con las sesiones de rehabilitación dirigidas por Jérôme Milloux, profesional que aporta un contrapunto técnico y humano al relato. Ese ir y venir entre la cotidianidad cuidada y los recuerdos traídos por la enfermedad conforma una estructura en la que cada episodio suma piezas a un puzzle íntimo. De Vigan prescinde de estridencias: su prosa busca la precisión y la ternura, hilando detalles domésticos con pasajes de gran carga moral. El ritmo mantiene una delicadeza que deja espacio para la reflexión del lector.
Aunque la novela se aproxima a episodios relacionados con el Holocausto, no pretende convertirse en un tratado sobre aquel horror; lo toca de refilón para situar la deuda de Mishka con quienes le salvaron la vida. El interés del libro radica en cómo se afrontan los cierres pendientes, la reparación de recuerdos y la posibilidad del perdón en la tercera edad. De Vigan centra su atención en la economía de los gestos: muchas vidas se sostienen por manos anónimas y favores pequeños que no están contabilizados, y la obra plantea cuánto deben a esos actos los protagonistas.
El crítico valora, además, la capacidad de la novela para convertir la bondad en una inteligencia práctica: no se trata de heroicidades grandilocuentes, sino de la persistencia en hacer bien lo cotidiano como forma de triunfo moral. La cercanía del estilo y la contención expresiva permiten que el lector perciba esos actos de bondad como victorias silenciosas que redimensionan las vidas de los personajes. Esa lectura ética es, según la reseña, lo que da a la novela su tono aleccionador sin caer en la moraleja evidente.
Publicada por Anagrama en 2019, «Las gratitudes» se presenta como una novela breve pero intensa que pone en primer plano la memoria, la deuda y el reconocimiento. Su estructura en pequeños islotes narrativos obliga al lector a recomponer el conjunto, a prestar atención a las interpolaciones y a aceptar que la resolución puede llegar desde la calma antes que desde la explosión dramática. La traducción y la edición han permitido que el texto conserve su pulso y su esmero en castellano.
Para quien busque una lectura que combine ternura y exigencia moral, la obra ofrece una experiencia que invita a cerrar capítulos personales y a reconsiderar las obligaciones afectivas hacia quienes nos han ayudado. «Las gratitudes» no promete respuestas fáciles; plantea, con sobriedad, que nuestra identidad está marcada por manos ajenas y que reconocer esa deuda puede ser, en sí mismo, un acto de liberación.
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