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Marián López Fernández‑Cao: la viguesa que convierte el arte en herramienta de cura y memoria

La trayectoria de Marián López Fernández‑Cao cruza el mundo académico, la pedagogía y las prácticas comunitarias. Nacida en Vigo en 1964, esta catedrática de la Universidad Complutense se ha consolidado como una de las voces más relevantes en el estudio del patrimonio artístico de las mujeres, en la incorporación de una mirada feminista a los museos y en el desarrollo de la arteterapia como recurso para abordar procesos traumáticos y de inclusión social. Su carrera combina investigación, docencia y proyectos aplicados que han dejado huella en Galicia y más allá.

Arteterapia, investigación y acción: el desarrollo de una carrera interdisciplinaria

Su biografía profesional no se entiende sin el cruce constante entre hacer y pensar. Tras formarse en Bellas Artes —primero en Bilbao y después en Madrid—, López Fernández‑Cao abrazó la investigación sobre la dimensión social del arte. Fue en la Complutense donde, según relata en distintas conversaciones, encontró el espacio para desarrollar líneas que hasta entonces eran marginales: la relación entre género y patrimonio, la visibilización de creadoras olvidadas y la potencialidad terapéutica de los procesos artísticos.

En 1991 culminó su doctorado, y apenas un año después puso en marcha, en 1992, un curso de doctorado sobre arte y feminismo —el primero de su tipo en las universidades españolas— que abrió puertas a una generación de investigadores y docentes. Ese empeño por articular teoría y práctica se reflejaría también en materiales didácticos innovadores para Primaria y Secundaria, destinados a transformar la enseñanza del arte desde edades tempranas.

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Paralelamente a la labor académica, su trabajo en arteterapia ha promovido proyectos pioneros que utilizan la creación artística como vía para afrontar situaciones de violencia, duelo o exclusión. No se trata de una mirada meramente instrumental: López Fernández‑Cao sostiene que el proceso creativo posee una capacidad singular para nombrar lo no verbalizable y reconstruir vínculos rotos, algo especialmente relevante en contextos locales marcados por la emigración, la precariedad y las crisis familiares.

La investigadora lidera equipos y redes de colaboración, impulsa asociaciones y no ceja en la búsqueda de nuevos formatos. Sus proyectos se han implementado en centros educativos, en entidades sociales y dentro del ámbito museístico, donde ha defendido la necesidad de políticas museológicas que incorporen perspectivas feministas y de memoria para hacer los espacios más inclusivos.

De Valdeorras a Berlín: formación, feminismo y un compromiso temprano con la cultura

La formación personal de López Fernández‑Cao explica buena parte de su mirada profesional. Viene de una familia con sensibilidad cultural: su madre, maestra, introdujo a las tres hermanas en la historia y en la figura de autoras como Emilia Pardo Bazán y Concepción Arenal, y en la obra de pintoras como Maruja Mallo. Su padre, vinculado a la fundación de Pescanova, se interesó también por la inversión en arte, lo que dejó en casa un paisaje donde la cultura era asunto cotidiano.

La niña de Valdeorras se formó en colegios de Vigo —Teresianas, Las Acacias, Maristas— y a los catorce ya tenía claro que quería estudiar Bellas Artes. La imposibilidad entonces de cursar la titulación en Galicia la llevó a Bilbao, ciudad en la que la universidad le ofreció un contacto temprano con el arte contemporáneo y con profesores que marcaron su inclinación por las prácticas conceptuales: nombres como Badiola, Juan Luis Moraza o Ángel Bados aparecen en su memoria formativa.

El periplo europeo añadió capas importantes: estancias en Múnich y Berlín ampliaron su cosmología intelectual, la introdujeron en movimientos pacifistas y le devolvieron una mirada crítica sobre el machismo académico que encontró al regresar a Madrid. Aquel choque con una facultad más tradicional y excluyente no la amedrentó; al contrario, reforzó su compromiso con el feminismo. Recuerda con admiración las charlas de Celia Amorós, cuyo magisterio contribuyó a formar a buena parte del feminismo español de las últimas décadas.

«Un profesor de dibujo llegó a decirme que tenía ‘la sensibilidad de una secretaria’», ha contado en alguna ocasión, señalando que aquellas ofensas no la detuvieron sino que le hicieron más consciente de la necesidad de transformar las instituciones.

Impacto, retos y próximos pasos: museos, políticas y memoria

El legado de López Fernández‑Cao es multidimensional. Por una parte, ha ayudado a recuperar y poner en valor obras y biografías de mujeres artistas hasta entonces invisibilizadas en colecciones y narrativas museísticas. Por otra, ha impulsado herramientas prácticas —guías, cursos, metodologías— para que profesores, conservadores y trabajadores sociales incorporen enfoques sensibles al género y a la salud emocional en su trabajo diario.

En Galicia, su figura tiene particular resonancia: representa a una investigadora que sale de la periferia geográfica para imponer una agenda intelectual que vuelve al territorio con proyectos tangibles. Los museos gallegos, algunos todavía en proceso de modernización expositiva y programática, encuentran en propuestas como las suyas una hoja de ruta para abrir vitrinas y discursos a públicos más diversos.

Quedan retos por delante. La investigación sobre patrimonio femenino sigue necesitando recursos para la identificación, catalogación y exposición de piezas; la arteterapia reclama reconocimiento institucional y estándares que garanticen su aplicación ética; y las políticas culturales deben financiar iniciativas que no se limiten a exhibir sino que transformen prácticas educativas y comunitarias. López Fernández‑Cao trabaja en todo eso: sigue coordinando proyectos, formando equipos y defendiendo la centralidad del cuidado en la cultura.

Mirando al futuro inmediato, su estrategia parece clara: consolidar redes locales y transnacionales que permitan que el arte cumpla su función social sin renunciar a la crítica. En una sociedad que olvida con facilidad, su apuesta por la memoria, la inclusión y la recuperación de las voces femeninas tiene el valor de devolver tejidos comunitarios y referentes culturales. Y en Vigo, donde comenzó todo, su trayectoria ya forma parte de la historia reciente: una viguesa que transformó la formación superior, la mediación museística y el uso terapéutico del arte.

La mezcla de memoria familiar —aquellas lecciones en el coche sobre Pardo Bazán— con la resistencia frente a un machismo académico y la experiencia europea de finales del siglo XX ha producido una trayectoria difícil de encajar en etiquetas. Quizá por eso su trabajo resulta tan fértil: porque no es solo teórico ni solo práctico; es, en palabras de quienes la conocen, una «preciosísima trenza» de saberes que cura, enseña y reclama justicia cultural.

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Carmen Dorado

Periodista especializada en cultura y sociedad gallega. Colaboradora habitual en medios digitales del noroeste peninsular.

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