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Netanyahu insiste en que una ofensiva terrestre es imprescindible para derribar al régimen iraní

Israel y su primer ministro, Binyamín Netanyahu, han intensificado el tono en una guerra que ya entra en su cuarta semana. Este jueves, Netanyahu defendió ante la prensa extranjera que un «componente terrestre» es imprescindible para precipitar el colapso del régimen iraní, pese a las reticencias expresadas públicamente por el presidente de Estados Unidos, Donald Trump. La escalada incluye ataques contra infraestructuras energéticas —como el golpe israelí al yacimiento compartido de Pars Sur— y la respuesta iraní con misiles que alcanzaron refinerías en Oriente Próximo y el norte de Israel.

La ofensiva terrestre reclamada por Netanyahu

Netanyahu, que aseguró que Israel «actuó solo» en el ataque al yacimiento de gas, subrayó que la campaña aérea no basta para «crear las condiciones necesarias para un cambio de régimen». No detalló cómo sería esa ofensiva ni la envergadura de unas fuerzas terrestres, pero remarcó que el régimen iraní estaría en su punto más débil con «grietas» visibles. En su relato, tras 20 días de enfrentamientos Irán ha perdido capacidades clave: según el primer ministro, ya no puede enriquecer uranio ni fabricar misiles balísticos de forma efectiva.

Las palabras del primer ministro llegan en un momento en que la coordinación entre Tel Aviv y Washington se ha mostrado más tensa que en otros episodios de la relación bilateral. Trump ha manifestado que «no voy a desplegar tropas en ningún sitio», aunque sus declaraciones anteriores apuntaron a que no temería hacerlo si fuera necesario. Esa ambivalencia complica la lectura estratégica: un despliegue estadounidense cambiaría radicalmente la dinámica del conflicto; su ausencia, en cambio, abriría la puerta a que Israel asumiera sola operaciones de mayor riesgo.

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«Israel actuó solo», afirmó Netanyahu, al tiempo que Trump aseguró que «no voy a desplegar tropas en ningún sitio».

En el terreno, el Gobierno israelí sostiene que sus fuerzas han creado un «corredor de seguridad» en el sur del Líbano para frenar a Hezbolá, y advierte de que hay «planes para el futuro» respecto a ese vecino. La presencia de unidades israelíes en territorio libanés y los combates puntuales en la frontera mantienen la tensión alta, mientras miles de civiles del sur de Israel siguen recibiendo órdenes de evacuación forzosa.

Antecedentes y escalada reciente

La secuencia de los últimos días explica el aumento de la retórica: el primer episodio significativo fue el ataque contra el yacimiento de gas de Pars Sur, que Irán explota junto a Qatar y que constituye una parte importante de sus exportaciones energéticas. La represalia iraní alcanzó infraestructuras en Kuwait, con impacto sobre la refinería de Mina Al Ahmadi y varios incendios registrados, aunque sin víctimas personales confirmadas.

Ya en el frente doméstico israelí, la mañana del jueves trajo otro capítulo: misiles iraníes alcanzaron la refinería de petróleo de Bazan en la ciudad norteña de Haifa. El ministro de Energía, Eli Cohen, restó gravedad a los daños infraestructurales, afirmando que no hubo «daños significativos a las infraestructuras», aunque la amenaza sobre instalaciones críticas energéticas añade una nueva capa de riesgo para la región y para los mercados internacionales de hidrocarburos.

Esta escalada militar tiene eco más allá del Golfo y el Levante: puertos europeos con lazos comerciales en la cuenca mediterránea —entre ellos algunos gallegos tradicionales como Vigo o Ferrol— siguen con atención la evolución por su impacto potencial en el precio del combustible y las cadenas logísticas. En Galicia hay una memoria reciente de despliegues militares lejanos y de cómo las alianzas internacionales pueden exigir esfuerzos complicados; esa sensibilidad condiciona la lectura política y social de lo que ocurre ahora.

Repercusiones y próximos pasos

El equilibrio entre acción y contención marca los próximos días. Si Washington decide mantenerse fuera de un despliegue terrestre, Israel tendrá que valorar hasta qué punto asume una operación por su cuenta y el coste político y militar que eso conllevaría. En Israel, Netanyahu se apoya en la idea de eliminar capacidades iraníes de enriquecimiento y producción de misiles, algo que, según su diagnóstico, justificaría pasos más audaces.

Para la comunidad internacional, el desafío consiste en evitar una expansión del conflicto que implique movimientos masivos de tropas y la multiplicación de teatros de combate. Naciones aliadas y organizaciones regionales observan si las acciones se limitarán a golpes selectivos contra capacidades militares o si, por el contrario, se transformarán en una campaña prolongada con objetivo de cambio de régimen, tal como plantea Netanyahu.

A falta de confirmación oficial sobre planes concretos, el riesgo principal es el de una escalada inadvertida: cada ataque a instalaciones estratégicas —energéticas, logísticas o militares— eleva la probabilidad de reacciones desproporcionadas. Analistas consultados esta semana en foros internacionales coinciden en que un cambio de régimen en Irán sería un proceso impredecible, con consecuencias en la seguridad regional y en los movimientos de grupos como Hezbolá en el Líbano o milicias aliadas en otros países.

En Galicia, como en otras partes de España y Europa, la lectura pública alterna entre la preocupación por las implicaciones económicas y el temor a una deriva que podría prolongar la crisis. Los próximos días serán clave para medir si la diplomacia logra frenar la tentación de un compromiso terrestre o si, por el contrario, la combinación de cálculos militares y políticas internas empuja a los actores a un escenario más arriesgado. Sea cual sea la decisión, las consecuencias no se limitarán a las fronteras de Oriente Próximo.

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Pablo Rivas

Periodista deportivo con amplia experiencia en la cobertura del fútbol y deporte gallego. Redactor de la sección de Deportes.

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