Hay noticias que, por repetidas, deberían avergonzarnos como sociedad. Cada vez que un conductor de moto pierde la vida en una carretera comarcal, no estamos ante un hecho aislado: estamos viendo el resultado de una suma de decisiones aplazadas. El último fallecimiento registrado en el municipio de Riós, en una vía local y con impacto contra una barrera lateral, vuelve a abrir una pregunta incómoda: ¿cuánto más hay que esperar para adaptar de verdad la red secundaria a quienes viajan sobre dos ruedas?
El debate público suele durar poco: unas horas de conmoción, una fotografía del siniestro, un recuento de daños y silencio. Pero el interés general exige mirar más allá del suceso concreto. Porque cuando una persona muere en estas circunstancias, lo que está en juego no es solo la responsabilidad individual al volante, sino la calidad de una política vial que todavía piensa, en demasiadas ocasiones, en clave de turismo y camión, y no en clave de vulnerabilidad.
Una red secundaria con riesgo acumulado
Ourense, como buena parte del interior gallego, concentra una malla de carreteras provinciales y locales con trazados antiguos, arcenes irregulares y márgenes poco amables. Son vías que conectan aldeas, explotaciones agrarias y pequeños núcleos de población, y que soportan un tráfico mixto: vecinos, reparto, maquinaria y motoristas de paso o de ocio. Esa combinación, cuando no va acompañada de mantenimiento fino, eleva el riesgo.
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Conoce más →La salida de calzada sigue siendo uno de los escenarios más frecuentes en los siniestros graves de moto. A veces intervienen velocidad inadecuada para el estado de la vía, fatiga o visibilidad reducida; otras, influyen factores del firme, restos en la calzada, peraltes deficientes o señalización mejorable. Reducirlo todo a “error humano” es cómodo, pero incompleto. Una infraestructura mal preparada multiplica el daño de cualquier fallo.
El caso conocido este fin de semana en Riós, con resultado mortal tras una pérdida de control, encaja precisamente en ese patrón de riesgo que se repite en distintos puntos de Galicia: carreteras de ámbito local, sin grandes volúmenes de tráfico, donde la percepción de peligro es menor y, sin embargo, las consecuencias pueden ser letales.
El guardarraíl no puede seguir siendo una lotería
Las barreras metálicas nacieron para evitar males mayores en colisiones de vehículos de cuatro ruedas. El problema aparece cuando quien impacta es una persona motorista. En ese escenario, los postes y bordes de ciertos sistemas tradicionales pueden convertirse en elementos de altísima lesividad. Llevamos años hablando de ello, y aun así la implantación de protecciones específicas para motoristas avanza con lentitud desigual según tramos y administraciones.
No se trata de retirar todos los guardarraíles, sino de actualizarlos con criterios técnicos modernos en zonas de especial exposición: curvas cerradas, descensos, tramos con historial de salidas y vías con presencia habitual de motos. El argumento presupuestario pierde fuerza cuando se compara con el coste sanitario, social y familiar de cada fallecimiento.
“La discusión no es si sale caro actuar; la cuestión es cuánto estamos pagando por no hacerlo”, resume un técnico en seguridad vial consultado por este diario.
También conviene revisar cómo se priorizan las inversiones. La gran obra visible suele ganar terreno frente al mantenimiento preventivo, que da menos titulares pero salva más vidas. Pintura antideslizante en buen estado, limpieza de cunetas, reposición de señalización y corrección de pequeños defectos de trazado pueden marcar diferencias críticas para quien circula en moto.
Ni todo depende del casco ni todo se resuelve con sanciones
El casco es imprescindible y reduce de forma clara la gravedad de muchas lesiones, pero no es un escudo absoluto. En impactos violentos, influyen el tipo de golpe.
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